Sexo: educar o taparse los ojos

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El constante bombardeo de impactos sexuales que tenemos en nuestra sociedad produce que la educación en la sexualidad sea más difícil de lo que podría parecer a simple vista.

Cada vez estoy más convencido de que la manera más eficaz de educar es que los padres vivamos con delicadeza, respeto y naturalidad, todo lo relacionado con el sexo. Los hijos lo verán, y eso constituye una base muy grande a la hora de educar.

Lógicamente, habrá que hablar de ello con los hijos, con la misma delicadeza, respeto y naturalidad con que nosotros procuramos vivirla. Añadiendo, además, la claridad. No podemos ser tan ñoños e ingenuos para creer que vamos a asustarles. Lo saben todo, y probablemente más que nosotros o, por lo menos, más torcido que nosotros. Pero no quería referirme ahora tanto a la explicación y educación en la sexualidad a nuestros hijos, sino a la concepción que tienen algunos padres sobre en qué consiste educar en la sexualidad.

No es un secreto que muchos matrimonios de nuestro tiempo, ante la dificultad que entraña -o ante la falta de autoridad, de voluntad, o de interés- convierten esta educación en una “huida”. No educan, pero como tienen miedo, miran al bolso de las hijas y a los bolsillos de los hijos con la esperanza de encontrar la píldora o un preservativo.

“Yo no sé qué hacer con ellos -cómo educar- y, en vez de hablar serenamente, de informarme, de formarme, exigirme, lo que hago es huir.”

“Mi único objetivo en este campo es que no me causen problemas, que yo no sufra por la sexualidad de mis hijos”

Y esta actitud, ¿no es un sufrimiento? Me pregunto yo.

En vez de educar, lo único que se intenta es prever ciertas consecuencias. Evitar el sufrimiento y no atacar el problema de fondo. Los motivos no son los mejores, y el daño ya está hecho. En alguna ocasión al hablar con estas personas, les planteado con palabras similares a estas, el siguiente razonamiento:

“Los hijos, que llevan una cámara de vídeo dentro en la cabeza, están grabando tus intenciones. Con esa actitud, los estás maleducando y quizá haciéndolos infelices, porque el final de esa situación es el sufrimiento, la soledad, el ser utilizados —sobre todo ellas— como objetos de placer. En muchos casos, estás impidiendo que puedan ser queridos como personas en el futuro. A lo más, sólo admirados como cuerpos.”

El asunto es serio y si hay que empezar de cero, se empieza. Tenemos que ser consecuentes, así ayudaremos a nuestros hijos y nos evitaremos muchos sentimientos de culpa, ¡ánimo!

Jose María Contreras

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