La soledad interior

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La soledad, realidad dolorosa y amarga, es, desde luego, contraria a la naturaleza humana, pues el individuo -hombre o mujer- se caracteriza por estar abierto a los otros. Ya desde las primeras páginas de la Escritura Sagrada se fija perentoriamente esta verdad, expuesta de modo bello y profundo con palabras del Creador: «No es bueno que el hombre esté solo; voy a hacerle una ayuda adecuada para él. Y el Creador forma el ser humano en la dualidad fundamental de hombre y mujer, núcleo originario de la sociabilidad. Notemos que, antes de la creación de la mujer, Adán, rodeado de los astros y de gran variedad de animales y plantas, se encontraba en una situación de aislamiento que sólo se rompe cuando tiene junto a sí a alguien igual que él.

La persona está llamada a convivir, a compartir su caminar -sus alegrías, sus penas, su ajetreo diario- con otros semejantes. La criatura descubre su sentido y su plenitud en el desenvolverse en compañía: en la familia, en la amistad, en la participación en el trabajo y en las demás tareas que se llevan a cabo junto a otros.

Por eso, sólo el amor -no el deseo egoísta, sino el amor de benevolencia: el querer el bien para otro- arranca al hombre de la soledad. No basta la simple cercanía, ni la mera conversación rutinaria y superficial, ni la colaboración puramente técnica en proyectos o empresas comunes. El amor, en sus diversas formas –conyugal, paterno, materno, filial, fraterno, de amistad-, es requisito necesario para no sentirse solo.

Pero debemos añadir algo más, para proseguir con nuestra reflexión sobre la soledad. No cabe ignorar -la literatura universal y la experiencia de cada uno lo atestiguan- que, por muy conseguida que esté la comunicación entre los hombres, incumbe siempre una amenaza de aislamiento.

Sucede con frecuencia, por ejemplo, que el amor -de suyo recíproco- no se ve correspondido, o no alcanza el grado de intensidad que se desearía, y surge entonces una sombra de amargura que nubla incluso lo ya alcanzado. En otros momentos, la comunicación entre personas dista mucho de ser perfecta. Aunque los demás nos ofrezcan sinceramente compañía en los momentos de dolor

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