Corazón grande

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A veces nos extrañamos cuando vemos en otros manifestaciones tan claras y patentes de egoísmo como son: el afán de poseer (llámese “consumismo”); el culto al cuerpo; la queja fácil ante el mínimo dolor o contrariedad; y en las que vemos reflejadas esa ausencia de solidaridad o de pensar en los demás.

El que nos extrañen o nos produzcan cierta violencia interior, puede estar originado en que esas conductas de  “otros” son fiel reflejo de las nuestras, al menos algunas, es verdad que no vamos a tener cada uno todas las actitudes insolidarias y todas a la vez… ¡qué agobio!

A poco que nos conozcamos, a nosotros mismos y la naturaleza humana, veremos que tenemos una gran capacidad de dar y un corazón muy grande para abrirlo hacia las necesidades ajenas, no faltan muestras de ello. Pero, al mismo tiempo, la sociedad y el mundo en el que nos movemos (que no nos engañemos formamos y Deformamos todos) nos hace guiños para ir por otros derroteros. Por ejemplo: si tengo un piso en la ciudad, por qué no tener otro en la sierra o en la playa; este coche que ya tiene 6 años está un poco pasado de moda, vamos a por el último modelo; obtengo en mi negocio un beneficio del 25% por qué no ir hacia el 50%… caiga quien caiga, etc.

Y como consecuencia, no es que “a priori” uno diga: “me trae al fresco el sufrimiento ajeno, la escasez de medios dignos de vida que padece, los malos tratos sufridos, las situaciones de guerra o hambruna”, la soledad de los que tenemos al lado… Sí, sí que nos importa, pero como nuestra cabeza y nuestro corazón ya están llenos de nuestras propias… digamos “necesidades”, así no vemos las del resto del planeta, ni siquiera las más cercanas.

Las personas que dedican algunas horas de su día o de su semana a iniciativas solidarias, su primera respuesta es: “recibo más de lo que doy”.

Ya sea aquella mujer, con osteoporosis desde muy temprana edad, que después de sus horas de trabajo retribuido y de atender su familia, dedica muchas horas a tantas personas con su mismo problema, que se da cuenta de que sus dolores, o limitaciones por la enfermedad, siempre son menos que los de otros; o aquellas otras (diferencio sexo porque suelen ser mayoría) que dedican una gran parte de su vida a cuidar a sus ascendientes enfermos, ancianos o a afectados por Alzheimer, y que no quejándose ni dejando a un lado el problema, realizan la mayor de las actividades solidarias para la sociedad en la que viven, sabiendo entrever, por encima del cansancio, ese cariño y agradecimiento que reciben de los enfermos.

Tu corazón no es más pequeño, ¡ensánchalo!

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