El debate de los vientres de alquiler

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Parece razonable pensar que la Ideología de Género no podría durar tanto tiempo sin una finalidad económica detrás; no sería sostenible. Pero, ¿de qué manera la ideología de género encubre un negocio?  Pues muy simple, llevando el proceso de atracción, unión y procreación hacia la industria. Así de sencillo.

Para ello deben conseguir que no se diferencien los sexos y que no se atraigan, y con ello que se mantenga la vida sexual disociada de la procreación.

El siguiente paso es entretener a los jóvenes en una vida hedonista y consumidora para que se les pase el período de gestar y procrear. Se les pasará la edad y entonces recurrirán a la fecundación in vitro, embriones por aquí y por allá, etc.

Pero el paso final de este plan es que el niño se pueda comprar. Y este es el gran negocio que está detrás de todo esto. Los padres desesperados por problemas de fecundidad, las uniones homosexuales con el deseo innato de descendencia, etc. serán la gran clientela de esta industria.

Así de fácil es lo que está gestándose en el mundo de la reproducción. Su “competencia desleal” serán los servicios públicos de adopción, que lo hacen gratis.

El uso de órganos de una persona para fabricar y parir al hijo de otra es algo intrínsecamente inadmisible, porque consiste en tratar a un ser humano como una máquina o como un animal de cría. En un rebaño las hembras sirven para producir las crías en interés del criador.

Lo que se pretende es que las mujeres sirvan de hembras reproductoras porque se les remunera por ello. Dondequiera que se da esta práctica hay siempre un mercado, nunca es gratuito. De todas formas, es equivocado entrar al debate de los vientres alquiler en si debe ser gratuito o no. La cuestión es más profunda y afecta a todos los actores, sobre todo al bebé que ha sido concebido y del que apenas se habla. Solo imaginar la explicación que den sus padres sobre cómo vino al mundo, se me ponen los pelos de punta: “pagamos a una mujer para que fueras concebido; no pagamos a una mujer, sino que le pedimos el favor de concebirte; tu madre gestante no es tu madre, tampoco tu madre es la que te llevó en su seno, el semen de tu padre no es el de tu padre sino de un donante…” ¿Y en el caso de que a los padres no les guste el niño? Y si la madre se niega a entregar el niño que ha gestado, ¿está robando un niño?

Hace unos meses, en Italia, un grupo de feministas elaboraron un manifiesto con ideas como que “la madre legal es la que ha dado a luz y no la firmante de un contrato ni la que ha puesto el óvulo”, o que “en la maternidad subrogada no hay dones ni donantes, sino solo negocio y actividades lucrativas promovidas por el deseo de paternidad de personas del primer mundo. Este sistema necesita mujeres como medios de producción, de modo que el embarazo y el parto se conviertan en un oficio y los bebés en productos con un valor de cambio”. Más claro no se puede decir. Ya era hora de que las feministas clamen con sinceridad por la dignidad de la mujer.

En estos momentos España debate la legalización de los vientres de alquiler, un tema que deja al descubierto numerosos interrogantes sobre las carencias éticas, biológicas y legales de una práctica cada vez más extendida en el primer mundo; un desafío moral que va más allá de satisfacer el deseo de ser padres, sino que pasa por toda una mercantilización de lo más íntimo y privativo de la mujer: su capacidad de engendrar y la maternidad, y también la comercialización de su hijo. Un verdadero atentado contra la integridad de la mujer y del hijo.

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