El redactor de cierre

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El director hubiera podido decirle: mira, este es un puesto que nadie quiere, resulta duro quedarse cada noche hasta las tres de la madrugada y permanecer solo a partir de las doce o la una que es cuando se van los redactores más rezagados. Pero le dijo: “lo estás haciendo muy bien en tu sección; sin embargo he
pensado que a partir de ahora asumas una función muy importante en todo periódico: la de redactor de cierre. Si no confiara en ti no te encargaría una labor de tanta responsabilidad.

El redactor ya tenía bastante, pero el director continuó: “El cierre bien hecho es fundamental. No sólo se trata de quedarse de guardia por si llegan noticias de última hora, sino de corregir algún posible error que pueda detectarse antes de que el diario entre en máquinas. Y, sobre todo, hacer cualquier modificación sin
que se pierda el correo. El periódico debe salir a su hora, esto es fundamental”.

“Es fundamental” solía decir el director para poner énfasis en alguna cosa y aún lo repitió otra vez cuando añadió: “por ello necesitamos que la persona que se que de la última en la Redacción tenga criterio, sepa qué debe hacer en todo momento, porque no tiene a quien consultar. De todos modos –dijo- si algún día hay algo muy especial ya sabes que puedes llamarme a la hora que sea; aunque procura no llamarme”. ¿De acuerdo Nicodemo?”

Su sino era estar en solitario. También con el nombre que le pusieron le ocurría esto: Nicodemo. No conocía a nadie que se llamara así, ni siquiera lo había encontrado en los libros, excepto aquel personaje secundario del Evangelio, doctor de la ley, principal entre los judíos, que “iba a Jesús de noche”.
El periodista también estaba en minoría en la Redacción en su condición de católico practicante. Había heredado la fe de sus padres, la abandonó poco antes de echarse novia, pero después la reencontró y procuró ponerle fundamentos para consolidarla y poder dar razón de ella. Eso sí, era enemigo de todo fanatismo. El ambiente periodístico, fundado en la actualidad cambiante y en el compañerismo, le alejó de dos tentaciones aborrecibles: considerarse él mismo alguna cosa y creerse guardián de la verdad.

Es más, sentía una especial inclinación a dejarse contradecir por quienes pensaban distinto. No sólo estimaba esta actitud más enriquecedora, sino incluso más divertida. Sabía que a los ojos de un incrédulo un creyente en un ser algo loco y que la mejor consideración que puede recibir es la de ser considerado inofensivo.

Se tenía por cristiano de base, y aún más que de base de sótano, y era consciente de que cada día aprendía algo de sus compañeros y del diálogo interior con Dios en la oración. Solía destinar a esta conversación sin palabras un rato, ya de madrugada, cuando había revisado las últimas páginas y aguardaba hasta las tres, como le había ordenado el director, por si se producía alguna noticia de alcance.

Las informaciones más temidas, pero por otra parte preferidas, eran las que llegaban a partir de dos de la madrugada. Si eran importantes, las editaba a toda velocidad y sabía que al día siguiente el director le felicitaría y el redactor-jefe, siempre tan exigente, le diría como de pasada: “Bueno, bueno, no está mal”.
Disfrutaba pensando que la competencia tendría que “comerse” la noticia porque entraba en máquinas antes. Aunque algo le decía que disfrutar de los males ajenos no es muy cristiano, estaba convencido de que esta regla tiene una excepción en el periodismo.

El redactor Nicodemo, como su patrono celestial, iba a Jesús de noche. Su oración comenzaba en la propia Redacción, que ya se había quedado desierta, mirando una imagen de la Virgen que tenía en la cartera, junto a una foto de su novia, y seguía reflexionando en cómo había transcurrido el día y leyendo algún párrafo de la Biblia. Tenía el libro en el cajón y lo manejaba de un modo curioso.

Metía la uña en el tomo y lo abría por cualquier página, que es la que solía leer. Primero temía que este sistema fuera poco respetuoso, pero venció su escrúpulo al leer un día que San Agustín, al menos antes de convertirse, también lo empleaba.
Otras veces simplemente se acercaba a la ventana y miraba a la calle vacía, iluminada por las farolas, cruzada por los peatones más rezagados y algunos taxis. Pensaba en la mayoría de gente que estaba durmiendo, en su familia, en algún amigo enfermo o en apuros, en un pie de foto que no se acordó de cambiar, en la Virgen María, en que debía repasar el texto de la esquela llegada por fax…

Las distracciones involuntarias las reputaba también oración y se acordaba de que C. S. Lewis, uno de sus escritores preferidos, contó que un sacerdote le dijo que el compartimiento de un tren es un lugar extraordinariamente bueno para rezar, pues en él hay la cantidad justa de distracción. Cuando le pidió explicaciones, le respondió que el silencio y la soledad completos “nos dejan más abiertos a las distracciones que vienen de dentro”.

Sea como sea, la sala de Redacción que, a la espera de la llegada del servicio de la limpieza parecía un desordenado y silencioso campo de batalla después de la guerra, era a esta hora un buen lugar para levantar los pensamientos a Dios, actividad que incluso prolongaba, casi sin darse cuenta, cuando salía del periódico camino de su casa. Iba andando, saludaba a un pobre borracho con el que coincidía en horarios y, mirando al cielo, le venían a la memoria unas palabras del Apocalipsis: “…una mujer vestida de Sol, la Luna bajo sus pies y, en la cabeza,una corona de doce estrellas”.

Algunos días salía con el periódico bajo el brazo y contemplaba la portada pensando en cómo impactaría en los lectores. No eran tantos como él hubiera deseado. Parece mentira, pero algunas personas no echan en falta el diario. No leerlo incluso ha sido visto, irónicamente como una suerte. El periodista británico
Malcom Muggeridge escribió sobre su biografiada Teresa de Calcuta: “Tiene la inestimable ventaja de no ver nunca la televisión, de no oír la radio y de no leer los periódicos, por lo que posee una clara visión de lo que sucede en el mundo”.Por otra parte, es evidente que Dios –como ha escrito André Frossard, redactor jefe de Le Figaro y académico francés,- no necesita estar suscrito a un periódico para saber que ha sucedido. La prueba de que el hombre está hecho a su imagen y semejanza es que tampoco los necesita, a juzgar por las bajas tiradas de nuestros periódicos. Sin embargo, piensa Nicodemo de camino hacia su casa, aunque Dios no necesita que los periodistas le cuenten qué ocurre, desea que sus criaturas le hablen.

Aquel que ha dicho que son sus delicias “estar con los hijos de los hombres” ha de gustar de dialogar con ellos.Partiendo de lo cual el periodista, cristiano de sótano, se atreve a alzar sus ojos y preguntar a su Dios: “¿Señor, puede ser útil que en estas horas nocturnas un periodista de cierre reflexione sobre verdades elevadas y tome incluso algunas notas?

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