Luchar de verdad por nuestra civilización

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En los recientes atentados terroristas de Cataluña, los manifestantes corearon la frase “yo no tengo miedo”. La marcha, a pesar de sus lamentables tintes separatistas y las vejaciones al Rey y al Presidente del Gobierno, mostró, frente al terror de los fanáticos, su apuesta por la paz, la libertad, la tolerancia y en contra de la islamofobia.

Sin embargo, si no miedo, si deberíamos tener al menos recelo, porque sus autores han crecido en nuestra sociedad pero no han asimilado nuestros valores. No eran guerrilleros venidos de países lejanos y de otras culturas dispuestos a combatir lo que representamos, sino que eran jóvenes de nuestro entorno que no vacilaron en asesinar a sus conciudadanos en nombre de una religión que, supuestamente, exhorta la paz, la caridad y la bondad entre los seres humanos. Esto debería preocuparnos, y mucho.

El problema es que hay una nueva religión que se está extendiendo peligrosamente. Es un islam reaccionario que niega la propia diversidad, que fomenta el odio hacia el no musulmán y que quiere establecerse en todas y cada una de las esferas del individuo. Es ideología, no espiritualidad. Es proyecto político más que religión. ¿Cuándo empezaremos un debate más profundo sobre los peligros de esta ideología totalitaria sin que nadie reaccione a la defensiva acusando de islamofobia?
Esto no se soluciona cerrando los ojos ante la posibilidad real de que a nuestros jóvenes alguien les pueda convencer de que por el simple hecho de creer en lo que creen tienen derecho a acabar con la vida de quienes no son como ellos. Al menos deberíamos tener el resquemor de que nuestra tolerancia sea aprovechada por el terror para captar a sus agentes del odio y la muerte; nuestra libertad para incubar su semilla de maldad, intolerancia y fanatismo; y nuestra solidaridad para obtener recursos para fijar sus demenciales objetivos homicidas.

Desde luego, algo hacemos mal cuando nuestros valores no convencen a los asesinos de lo erróneo de sus actos y de la perversión de sus ideales. Algo falla cuando cualquier lunático es capaz de mentalizar a unos chavales de que se inmolen, mientras matan a inocentes, en nombre de no se sabe qué guerra santa que pretenden librar en nuestros países.
Es esencial preguntarse por los procesos que llevan a un adolescente inmigrante de segunda generación a convertirse en un asesino. Analizar los mecanismos de radicalización. Ver quién siembra el odio hacia todo el que piensa diferente. Dónde lo hace. Y es que la libertad religiosa no puede ser un paraguas que ampare a quienes pretenden destruir la sociedad que les acoge.

Confundir prudencia con valentía es temeridad y la línea que lo separa muy arriesgada. De tal forma que no sería descabellado que nos pueda asaltar la duda de si Mohamed, que habitualmente me cobra en la frutería de mi barrio, es o no un terrorista, o su compañero de piso, o su padre o su hijo. Como diría José Mota, lo normal es que no, pero y si sí. Es una reacción naturalmente humana.
Además de recelo, deberíamos tener también rabia hacia aquellos que quieren borrar nuestras tradiciones, nuestra fe bimilenaria y se dejan llevar constantemente por lo políticamente correcto, aunque sea eso lo que nos esté llevando a una sociedad carente de valores, superficial, vacía y egoísta. Igualmente de quienes después de cada atentado activan los mismos eslóganes vacíos: “Hay que seguir adelante”; “Somos más fuertes”; “Normalidad”, como si al final la única ofensiva que nos quedase a los ciudadanos es consolarse contraatacando con ositos de peluche, velas, flores, vigilias y hashtags en Twitter.

El islam radical es la mayor amenaza contra Europa, y la sociedad europea está obligada a defenderse con la utilización de todos los medios legales que la democracia pone en sus manos. Ya está bien de engañarnos con la corrección política, con el consenso y con la impostada unidad. No hay nada que envalentone más al yihadismo radical que la debilidad de nuestras narcotizadas sociedades occidentales. Se trata de proteger la vida y la libertad del hombre corriente que quiere vivir sin miedo.

Luchamos contra el calentamiento global, la malaria, el hambre en África y por un mundo de igualdad global, pero parece que no estamos dispuestos a luchar, de verdad, por nuestra civilización.

Emilio Montero Herrero

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