El enigma de la vida

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¿Cómo empezó la explosión de vida?

“De todos los misterios de la ciencia, quizá el origen de la vida sea el más importante y el más difícil, sin solución a la vista”. Son palabras del bioquímico Franklin Harold, en su libro The way of the cell. ¿Por qué esa dificultad? Porque “se pretende descubrir algo que sucedió en un pasado extraordinariamente remoto, en circunstancias difícilmente imaginables. Por eso, conviene repetir que sabemos muy poco con certeza”.

En cualquier caso, suponemos que la vida surgió una sola vez, pues desde su origen está constituida por los mismos “ladrillos”: aminoácidos y nucleótidos, dos tipos de compuestos sumamente complejos, inverosímiles, prácticamente irrepetibles, unidos respectivamente en larguísimas cadenas de proteínas y ácidos nucleicos. El ácido desoxirribonucleico (ADN) almacena información genética y la transmite a las proteínas, que se encargan de las reacciones bioquímicas propias del ser vivo. Pero la existencia de ambos compuestos plantea un problema que parece insoluble, pues no puede haber proteínas si no hay previamente ADN, ni ADN sin la existencia previa de proteínas.

¿Se ha logrado sintetizar vida?

1953 fue un annus mirabilis, marcado por la coronación de la reina Isabel II y del Everest, la muerte de Stalin, el descubrimiento de la estructura del ADN y el espectacular experimento de Stanley Miller. Miller imaginó el origen de la vida y lo intentó reproducir en un experimento. En dos matraces conectados introdujo agua y la mezcla de gases que suponía en la primitiva atmósfera terrestre: metano, amoniaco y sulfuro de hidrógeno. Calentó los matraces y simuló con descargas eléctricas las tormentas de la Tierra recién formada. A los pocos días, el agua se había convertido en un caldo de aminoácidos, análogos a los que constituyen los seres vivos. “Si Dios no lo hizo de este modo, desperdició una buena opción”, comentó Harold Urey, premio Nobel y supervisor del experimento. La prensa de la época hizo creer que solo hacía falta agitar un poco los matraces para que de ellos saliese, arrastrándose, la vida. El tiempo ha demostrado que el asunto no era tan simple. Hoy no estamos más cerca de sintetizar vida, y estamos mucho más lejos de pensar que podemos hacerlo. Aunque se ha intentado repetidamente, utilizando los componentes básicos, nadie ha sido capaz de sintetizar una protocélula viva, y sin esta prueba de principio las explicaciones tienden a quedarse raquíticas. En 1998, en declaraciones a La Vanguardia, Miller reconocía que “no sabemos cómo era exactamente la Tierra hace 4.000 millones de años, así que nunca tendremos pruebas directas de si las cosas ocurrieron de uno u otro modo”.

Estudios recientes han demostrado que la atmósfera primitiva no era reductora, como pensaban Miller, Haldane y Oparin. Era, por el contrario, oxidante: rica en CO2, monóxido de carbono, nitrógeno y agua, composición que más bien habría impedido la formación del idílico océano prebiótico. A pesar de estos desalentadores resultados, los medios de comunicación recuerdan a la opinión pública, de forma periódica, que la Tierra es insignificante en la inmensidad del universo, y que la probabilidad de que exista vida en otros planetas es alta. En este sentido, algunos científicos piensan que en nuestra galaxia se dan las condiciones necesarias para que haya al menos mil planetas con vida. Esas condiciones son: Una estrella similar al sol, que proporcione energía y sea centro de un sistema planetario con órbitas regulares. Planetas con masa suficiente para que su gravedad retenga el agua y la atmósfera. Un disolvente universal como el agua. Giro de rotación para diferenciar la noche y el día. A esto añaden que en el espacio se encuentran las moléculas necesarias para desarrollar la vida, y que en los meteoritos se han detectado aminoácidos con la misma estructura que las proteínas de la Tierra.

Todo este planteamiento es muy interesante, pero olvida algo tan fundamental como que la existencia de seres vivos -inteligentes o no-, no es un problema de condiciones sino de causas. Y estos conceptos no son equivalentes: las condiciones no causan, simplemente posibilitan la acción de las causas. Las causas intervienen directa y activamente en la producción de los efectos. Las condiciones intervienen de forma indirecta y pasiva. Cuando abro esta ventana oigo las voces y los ruidos de la calle, pero la ventana no es la causa de esos sonidos sino la condición de que se oigan o no se oigan dentro de mi habitación. De igual manera, las condiciones para que exista vida no son las causas de la vida. Si esperamos que un montón de ladrillos formen por sí solos un rascacielos, nuestra espera será eterna. Si esperamos que un conjunto de elementos químicos puedan formar por sí solos una sola célula viva, estamos esperando algo todavía más increíble que la autoconstrucción del rascacielos.

Ello es así porque la producción de cualquier cosa requiere una idea previa. Esa idea es tan necesaria como los materiales que se van a emplear. Cuando se ignora ese carácter extrínseco y necesario de la causa inteligente, cualquier explicación de la realidad queda reducida a las causas materiales y a las condiciones: es decir, queda falseada. Los intentos de producir vida mediante la mezcla de sustancias químicas parecen equivocados e ingenuos. El experimento de Miller no funciona porque confunde las condiciones con las causas, sin entender que el problema del origen de la vida equivale al problema del origen de la información codificada en el ADN.

José Ramón Ayllón

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