El programa de la vida

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La naturaleza está sujeta a leyes, y esas leyes se pueden expresar por relaciones aritméticas. Sin embargo, hay una ley que la ciencia no consigue atrapar entre fórmulas, un programa que no se deja copiar: el programa de la vida. Unos versos de Juan Ramón Jiménez expresan muy bien esa dolorosa ignorancia: “¡Quién, quién, naturaleza, levantando tu gran cuerpo desnudo, como las piedras, cuando niños, se encontrara debajo tu secreto pequeño e infinito!”

Por el momento, solo hemos sido capaces de poner un nombre poético a ese “secreto pequeño e infinito”: alma. Una palabra que ya aparece varias veces en los poemas homéricos, como nombre de algo impreciso, más o menos contrapuesto al cuerpo: soma y psiqué. Los presocráticos, de Tales a Demócrito, proponen distintas concepciones acerca de la psiqué humana, pero solo desde Platón adquirirá precisión formal este problema. En el Fedón, Platón pone en boca de Sócrates varias tesis fundamentales sobre este aspecto: Que la realidad del hombre consiste en la unión de dos elementos reales, alma y cuerpo. Que el alma representa lo divino, anterior al cuerpo e inmortal. Que el cuerpo es mortal e impuro, cárcel y tumba del alma. Que el destino del cuerpo es muerte y corrupción, pero el del alma es perdurar después de la muerte. Que el destino de las almas no es igual para todas: recibirán premios o castigos, según hayan sido sus obras en este mundo. Que, si la vida ha sido virtuosa, la muerte es más deseable que temible, sin que eso justifique el suicidio.

Hoy, la biología molecular nos dice que el cuerpo de un mamífero está compuesto por billones de células. Y cada célula está formada por millones de moléculas. Si hubiera que levantar ese rascacielos biológico ensamblando una molécula por segundo, sería necesario hacer trabajar en paralelo a billones de empresas constructoras durante muchos miles de años. Por eso se puede afirmar que un embrión, al desplegar tal actividad en el tiempo récord de semanas o meses, es un portentoso arquitecto. Una larga tradición filosófica argumenta que el trabajo simultáneo y coordinado de esos billones de astilleros monocelulares solo es posible si hay un “centro de control” que sincronice desde el principio todos los astilleros, retenga en su memoria lo que han hecho y sepa lo que todavía queda por hacer. De lo contrario, todo el proceso vital sería abortado en su mismo inicio. Para cualquier ser vivo, el “centro de control” es el principio activo que unifica los muchísimos millones de programas que trabajan en equipo. Desde hace muchos siglos se le ha llamado psiqué.

Y, como retener el pasado y poseer el futuro implica estar por encima del espacio y del tiempo, la inmaterialidad aparece como un rasgo esencial de lo psíquico. Quizá nunca sepamos qué es exactamente el alma, pero tampoco podremos dudar de su existencia. Oír que alguien llama a la puerta no es identificar al que llama. “Alma”, la palabra con la que designamos la causa de la vida, es precisamente el nombre que ponemos a un desconocido cuya existencia no ofrece duda. Se podría objetar que no es razonable defender algo invisible; que lo obligado sería, más bien, rechazar lo que no se puede ver. Pero la verdad es que lo invisible, por el hecho de serlo, no tiene por qué ser irreal. Cuenta el psiquiatra vienés Viktor Frankl que un alumno de Medicina le preguntó en qué quedaba la realidad del alma, siendo esta totalmente invisible. El profesor confirmó que no era posible ver un alma mediante disección o exploración microscópica, pero preguntó a su vez por qué razón iba a exigir esa prueba. Por amor a la verdad, contestó el joven. Entonces le llevé al terreno que yo quería. Solo necesité preguntarle si cosas como el amor a la verdad podían hacerse visibles por vía microscópica. Aquel muchacho comprendió que lo invisible, lo anímico, no puede encontrarse mediante el microscopio, pero que es un presupuesto para trabajar con él.

En este tema, citar a un médico parece garantía de honestidad, y lo agradecen los alumnos de ciencias. ¿Por qué no presentar ahora a Laín Entralgo, un médico español esencialmente humanista? En su libro “Alma, cuerpo, persona”, comenta la siguiente anécdota: Un positivista ramplón —varios hubo en el siglo XIX— dijo a don Federico Rubio, positivista también, pero más avisado: “Nunca en mis vivisecciones y en mis experimentos me he topado con algo a que pudiera llamar alma”. A lo cual respondió el gran cirujano: “Tampoco yo he podido trasvasar a cucharadas eso que llaman oxígeno”. No; lo que llamamos alma no puede ser objeto de percepción directa.

Entonces, ¿qué es lo que en realidad nombra la palabra alma? Dos respuestas veo. En tanto que realidad inmaterial, dice la primera, el alma no puede ser directamente percibida, pero varias de las actividades del hombre —su pensamiento, el ejercicio de su libertad, etc.— obligan a admitir su existencia real y a considerarla principio constitutivo de la total realidad del hombre. Ella es lo que en cada uno de nosotros realmente vive, quiere, entiende, ama, etc. “Si se trata del alma —decía Mayans en su Rethorica—, se debe observar que en cuanto anima se llama alma; en cuanto entiende, entendimiento; en cuanto recuerda, memoria, y en cuanto discurre o juzga, juicio”.

Mucho antes, y más radicalmente, había afirmado Platón que el pensamiento es un silencioso diálogo del alma consigo misma. Finalmente Jiménez Lozano, ese humanista castellano, que imagina el alma como una estancia donde “pasan cosas de mucho secreto”, relacionadas con tres realidades fundantes: el amor, la muerte y Dios. Se lamentaba el escritor del saqueo actual del alma por parte de políticos y vendedores varios. Saqueo con expulsión de las tres realidades mencionadas, únicas que pueden habitar el “yo” sin ensuciarlo o matarlo.

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