Las opiniones de Chesterton sobre el control de natalidad

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En Inglaterra, patria de Malthus, su llamada al control de la natalidad fue especialmente escuchada y defendida por el movimiento feminista. Se trata de un buen ejemplo, dice Chesterton, de que la historia de la humanidad está llena de ideas que se han vuelto locas. Y añade que, con la lógica del birth control, bastaría con cortar cabezas para ahorrarse peluqueros y dentistas.

La misma expresión «control de la natalidad» le parece una cortina de humo para ocultar la verdad: que el control normal y real de la natalidad ha de ser el control de uno mismo. Por entonces, la sociedad capitalista occidental entendía por control lo contrario: que la gente no tuviera control alguno, siempre que pudiera esquivar las consecuencias de su conducta sexual. Por tanto, el nuevo control era el nombre que se daba a los métodos que permiten robar el placer que pertenece a un proceso natural, mientras se frustra de manera violenta y antinatural el proceso.

Chesterton compara esa conducta con la del epicúreo romano que tomaba vomitivos para poder engullir a diario cinco o seis comilonas. Y señala que cualquier persona con sentido común ha de advertir que ese tipo de hábitos van a ser malos para la propia salud y para el propio carácter. En otros tiempos, los seres humanos sabían estas cosas. Hoy, advierte Chesterton, realizamos el esfuerzo persistente y malsano de conseguir placer sin pagar por él: tengamos los placeres de los conquistadores sin los sufrimientos de los soldados. Y añade categóricamente que esto no funciona así, pues hay una emoción que solo es conocida por el soldado que defiende su bandera, por el asceta en su alumbramiento espiritual, por el amante que entrega su libertad. Y es esa disciplina la que hace del compromiso algo verdaderamente valioso.

A Chesterton le asombra la insinuación de que pueda haber algo mezquino en poner como objetivo del matrimonio el nacimiento de un niño. Piensa, por el contrario, que ese gran milagro natural es la parte más creativa, más imaginativa y más desinteresada de todo el proceso. Pues dar vida a un nuevo ser, a una isla de conciencia, de experiencia y de alegría, es un acto inmensamente más grande y divino que el mismo amor entre hombre y mujer. Y mucho más grande que una satisfacción física momentánea. Si pensamos que dar la vida a otra persona no es algo noble, Chesterton nos pregunta por qué va a ser más noble la pura indulgencia con el placer.

Cuando el escritor Alan Herbert defendió en Inglaterra el control de la natalidad, Chesterton lamentó que hubiera caído en la trampa del tópico de moda: el que considera el mayor poder creativo del ser humano –más asombroso que cualquier obra de arte– como si fuera una tarea ingrata y baja, demasiado degradante para ser el fin del matrimonio. «Hay, por supuesto, otros fines que pueden gozar los que no alcanzan el primero, pero soy incapaz de ver por qué los hijos no constituyen el primer fin y el más grande».

Al considerar el rechazo feminista del matrimonio y la familia, Chesterton aboga por el respeto a las relaciones humanas naturales. En la medida en que los hijos son niños, siempre serán «súbditos» de alguien. Y es evidente que la mejor distribución de los súbditos es la natural, «bajo sus príncipes naturales», que normalmente sienten por ellos lo que nadie más sentirá: un amor incondicional. Admite que hay razones para criticar la vida en familia y razones para elogiar la vida en un hotel, pero le sorprende que se pueda sugerir que la ruptura de un hogar supone una liberación. Lejos de ver en ese cambio una ganancia de libertad, piensa que tal ruptura representa exactamente lo contrario. Como todo lo humano, la familia no es perfecta, pero es simple cuestión de aritmética ver que logra la mejor forma de organizar libremente al mayor número de personas, pues hay muchos más padres que profesores, policías o políticos. Y, si consideramos a los padres como príncipes independientes, y a los hijos sencillamente como súbditos, esa distribución natural da la mayor cantidad de libertad al mayor número de súbditos. Por eso, «quienes hablan contra la familia son poco inteligentes: no saben lo que hacen, porque no saben lo que deshacen».

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