El gran valor de la amistad

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Nacemos para amar y ser amados, y esa doble necesidad la experimentamos todos, desde el rey más encumbrado hasta el último mendigo. Shakespeare pone este arranque de sinceridad nada menos que en boca del rey Ricardo II: Permaneced cubiertos, súbditos míos. No os burléis de la carne y de la sangre con vuestros solemnes respetos. Mandad a paseo la reverencia, la tradición, el protocolo y la etiqueta. Hasta ahora os habéis engañado respecto a mí. Vivo de pan como vosotros, y como vosotros tengo necesidades, experimento el dolor, no puedo pasar sin amigos. Estando así esclavizado, ¿cómo podéis decirme que soy rey?

Si el afecto es la primera forma de amar, la amistad es la segunda, un paso más, un salto de calidad. Entre los clásicos que mejor han escrito sobre ella destacan Homero, Platón, Aristóteles, Cicerón, Séneca y san Agustín. La primera literatura occidental, desde que Homero saca a pasear a Ulises por Troya y el Egeo, ya elogia esa relación que presta al encuentro entre los seres humanos un colorido especial. Con una cronología similar a la homérica, la Biblia nos relata múltiples historias reales de amistades entrañables.

Entre los griegos, hay en la vida de Sócrates hechos y dichos vigorosos, pero él mismo nos dice que la amistad es el centro de su vida, y que, alimentada por la cultura común, proporciona experiencias inolvidables. Para Sócrates, el placer de contemplar a fondo los hombres y las cosas está cercano a la felicidad, y el arte de vivir consiste en descubrir a las personas –siempre pocas– que pueden compartir ese placer. Un siglo más tarde, Aristóteles afirmará que la amistad, además de algo hermoso, es lo más necesario en la vida. Todo lector de su Ética a Nicómaco se siente sorprendido y cautivado por la atención y la elegancia con que el autor describe ese sentimiento. Después de él, casi todo lo que se ha dicho sobre la amistad parece que llega tarde, pues ha sido analizado a fondo en esas páginas esenciales de la cultura griega. En cualquier tratamiento de la amistad aparecen varios rasgos comunes:  Se trata de una relación entrañable y libre, recíproca y exigente,  desinteresada y benéfica, que nace de inclinación natural  y se alimenta del convivir compartiendo.

Así, en la pobreza y en las demás desgracias consideramos a los amigos como el único refugio. Y, en cualquier situación, tener amigos íntimos es una verdadera suerte. Recordando sus años universitarios, Lewis comenta que, en un grupo de íntimos, esa apreciación es a veces tan grande que cada uno se siente poca cosa ante los demás, y se pregunta qué pinta él allí, entre los mejores. Dice Eurípides que, cuando Dios da bienes, no hay necesidad de amigos. Pero nadie querría poseer todas las riquezas y estar solo, pues el hombre es animal social, y por naturaleza necesita convivir. Incluso la persona más intratable necesita algún amigo sobre el que vomitar el veneno de su aspereza, observa Séneca. Lewis precisa que la necesidad de la amistad no es biológica, pues no tiene valor de supervivencia; más bien es una de esas cosas que le dan valor a la supervivencia. Así explica Fernando Savater el efecto benéfico de la amistad: No creo que hayamos nacido para las cosas, sino para los semejantes. La verdadera satisfacción, la alegría vital, tiene que ser algún tipo de relación con nuestros semejantes: una relación creativa, una relación amorosa, una relación solidaria. Todo eso da un sentido a la vida. La posesión de cosas, por muy bonitas, por muy caras, por muy interesantes que sean, nunca puede satisfacer absolutamente al ser humano. No puedo dar una definición concreta de la alegría, pero lo que sea hay que buscarlo en la proximidad, la relación, el intercambio, incluso en la polémica con los semejantes, no en la posesión de objetos. La relación amistosa es fruto del convivir compartiendo. Solo los que no tienen nada no pueden compartir nada. Solo los que no van a ninguna parte no pueden tener compañeros de ruta.

Aristóteles plasma esta idea en una inesperada descripción costumbrista: Amistad es, en efecto, convivir, y desear para el amigo lo mismo que para sí. Y aquello en lo que ponemos el atractivo de la vida es lo que deseamos compartir. Por eso, unos beben juntos, otros disfrutan con el mismo juego, o practican el mismo deporte, o salen de caza, o charlan sobre Filosofía.

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