Crimen y castigo

Filed under General, Sociedad

En el desarrollo del ateísmo moderno, el superhombre concebido por Nietzsche, responsable de la muerte de Dios y personificación de la autonomía moral absoluta, constituye una pieza fundamental, una referencia obligada. Cuando nace Nietzsche, el superhombre estaba en el ambiente.

En 1865 había aparecido en la escena literaria rusa Rodian Raskolnikov, protagonista de Crimen y castigo, decidido a demostrar a hachazos su superhombría. Dostoievski nos lo presenta como un joven estudiante de Derecho obsesionado por demostrarse a sí mismo que pertenece a una clase de hombres superiores, dueños absolutos de su conducta, por encima de toda obligación moral. Raskolnikov elige una definitiva prueba de superioridad: cometer fríamente un asesinato y conceder a esa acción la misma relevancia que se otorga a un estornudo o a un paseo. Dicho y hecho: una vieja usurera y su hermana caen bajo el hacha del homicida. Él mismo dirá que «no era un ser humano lo que destruía, sino un principio». Y asegura no tener remordimiento alguno por tal acción: ¿Mi crimen? ¿Qué crimen? ¿Es un crimen matar a un parásito vil y nocivo? No puedo concebir que sea más glorioso bombardear una ciudad sitiada que matar a hachazos. Ahora comprendo menos que nunca que pueda llamarse crimen a mi acción. Tengo la conciencia tranquila.

Lo cierto es que la vida de Raskolnikov se va tornando desequilibrada, sufre episodios de enajenación mental y acaba en la cárcel. Y mientras cumple condena en Siberia, tendrá una pesadilla imborrable: sueña que el mundo es azotado por una peste rarísima. Unos microbios transmiten la extraña locura de hacer creer al contagiado que se halla en posesión absoluta de la verdad. Con ello surgen discusiones interminables, pues nadie considera que debe ceder, y se hacen imposibles las relaciones familiares y sociales: el mundo se convierte en un insoportable manicomio. En dicho sueño, los hombres afectados aparecen como auténticos locos, pues sus juicios son absolutamente subjetivos e inamovibles, y no responden a la realidad de las cosas. Así descubre Raskolnikov que su obsesión por justificar el crimen es parecida a la conducta de los locos soñados. Y así nos dice Dostoievski, con una finura insuperable, que más allá de la moral y de la conciencia solo se encuentra el abismo de la locura.

Esta es la pregunta decisiva que Dostoievski formula de forma implícita al lector de Crimen y castigo: ¿Qué hacemos con un superhombre mentalmente desequilibrado? ¿Merece la pena pagar por el superhombre el precio de un psicópata? Pero la novela no termina así. Hay un remedio para la ceguera patológica del protagonista. Cuando aún le quedaban siete años de condena se enamora de Sonia, una chica muy joven, con un pasado turbio y un corazón de oro. Antes de ir a la cárcel, Sonia le había echado en cara inútilmente su crimen: —Has derramado sangre. —¿No lo hace así todo el mundo? –respondió él con furia–. ¿No se ha vertido siempre la sangre a torrentes desde que hay hombres sobre la tierra? Y esos hombres que han empapado la tierra con la sangre de sus semejantes han ocupado el Capitolio y han sido aclamados por la humanidad. Raskolnikov, preso en Siberia, puede ver a Sonia.

El día que siente por primera vez su amor por ella empieza a pensar que ella tiene razón. No mediaron argumentos, no hubo más discusión, no hizo falta la lógica. Simplemente, notó que todo le parecía «inexistente, como si se hubiera desvanecido su mismo crimen y su condena en la cárcel. Sentía la vida real, y esta vida había expulsado los razonamientos». En estas palabras, Dostoievski desvela sutilmente una de las claves de la psicología humana: algo tan natural como el amor corrige a la razón y desbarata las razonadas sinrazones del superhombre. Rodian Raskolnikov sabía que a toda palabra se puede oponer otra, pero no encontró palabras que pudieran medirse con Sonia. La verdad de Sonia es su propia vida. Era casi una chiquilla y había tenido que venderse para sostener a su familia miserable, pero parece que su estatura moral se agiganta en medio de esas circunstancias. Su victoria no es intelectual, no se apoya en razonamientos, sino en la belleza de una conducta heroica y un corazón –a pesar de todo– limpio. «Era evidente que toda aquella vergüenza solo la rozaba a ella. Ni una sola gota de la verdadera corrupción había manchado su corazón, y allí estaba ante él, completamente pura».

Sonia es profundamente cristiana y, cuando Raskolnikov le pregunta, con ironía, antes de ir a Siberia, por qué reza y qué hace Dios por ella, Sonia le mira con dureza, le ordena callar y, bajando los ojos, le responde con palabras inmensas: «¿Que sería de mí sin Dios? Lo hace todo por mí». Tenía Sonia un Nuevo Testamento y quiso Raskolnikov que le leyera el pasaje de Lázaro en el que Cristo demostró su poder sobre la muerte. El lector de Crimen y castigo asiste entonces a una escena inolvidable que Dostoievski remata con estas palabras: La lucecilla que desde hacía rato se apagaba en el candil alumbraba vagamente, en aquella mísera habitación, a un asesino y a una prostituta extrañamente reunidos para leer el libro eterno.

Decía Platón que, si el semblante de la virtud pudiera verse, enamoraría a todos. Eso fue lo que vio Raskolnikov en Sonia, una grandeza de corazón que le permitía compartir los destinos de los demás y olvidarse por completo de sí misma. En la última página de Crimen y castigo vemos a Raskolnikov acostado por la noche, envuelto en su manta y pensando en Sonia. Debajo de la almohada tenía el Nuevo Testamento. Cogió el libro mecánicamente. Era de Sonia, el mismo en que ella había leído la resurrección de Lázaro. Al principio de su vida de presidiario temió que la muchacha le molestara continuamente hablándole de religión, pero observó con gran extrañeza que no era así. Nunca le mencionó las Escrituras. Él mismo le había pedido el libro cuando estaba enfermo, y ella lo dejó a su lado silenciosamente. No lo había abierto. Tampoco lo abrió entonces, pero un pensamiento se agitaba en su alma: «¿Es posible que su fe no sea también la mía? ¿Puedo tener otras creencias que las suyas?».

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *