Historia falseada: los pueblos bárbaros no invadieron el imperio romano ni causaron su caída.

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Todavía en muchos libros se refleja una determinada concepción de lo que sucedió al caer el Imperio romano de occidente, en la que se afirma como seguro  que fueron las invasiones germánicas  las que determinaron su caída. Sin embargo dichas tribus germanas bárbaras fueron insignificantes en numero comparadas con la potencia y población romana. Es por tanto imaginaria y una completa falsificación de la historia. la existencia de una nación germana , vigorosa, joven y virtuosa que pugnó con  la civilización mediterránea, sobre la que triunfó y gobernó como conquistadora.

Es  una derivación más de la leyenda negra contra la civilización católica en general, con la pretensión de privarla de su mérito de ser la causa y el verdadero origen de la civilización europea posterior, pues se asegura por algunos que la civilización  decaía por causa del catolicismo hacia el final del Imperio romano, como dando a entender la coincidencia  de lo que era en su origen bárbaro  lo que es ahora la Europa alemana protestante.

Pero, ¿Qué fue la caída del Imperio romano? . Lo que está claro es que no hubo conquista de pueblos mediterráneos decadentes por bárbaros vigorosos. La realidad es que muchos bárbaros ya vivían en calidad de esclavos dentro del Imperio número y otro número menor habían sido reclutados a la fuerza o voluntariamente para el servicio militar del Imperio. Los que penetraban en el Imperio como merodeadores, aprovechando la debilidad del gobierno central, próximo a su fin, en realidad fueron una cantidad menor aún y no representaban ningún peligro de conquista.

Por otro lado los bárbaros no fueron germanos. Estaban constituidos por varias razas, que, si juzgamos por el lenguaje, eran: unos, de la germana; otros, de la eslava; algunos mongoles; otros, bereberes; otros, de las viejas razas, los pictos, por ejemplo, y los individuos oscuros del extremo norte y oeste. No tenían ese respeto sorprendente por la mujer, como el que hubiera podido engendrar el ideal caballeresco. No formaban sociedades libres, sino de dueños de esclavos. No deseaban, no intentaban ni soñaban con la destrucción del poder imperial; esa desgracia -que fue gradual y nunca total-,  no se debió en absoluto a los bárbaros, y sobrevino a pesar de ellos y no por sus esfuerzos conscientes. No eran numerosos; por el contrario, se agrupaban en puñados de hombres aun cuando aparecían en las fronteras como invasores y salteadores triunfantes. Cuando venían en gran número, eran eliminados. No introdujeron nuevas instituciones ni nuevas ideas.

El romance aparece siglos después, y aparece precisamente en conexión con aquellos distritos por los cuales se había hecho sentir menos el paso de los pocos teutones, eslavos y otros bárbaros. No hay ligazón entre la sociedad bárbara y el feudalismo de la Edad Media: no hay rastros de tal ligazón. Por el contrario, existe una secuencia histórica muy definida y demarcada entre la civilización romana y el sistema feudal que organizó la sociedad medieval. Un conde por ejemplo había sido originariamente un “comes”, o compañero del emperador pasando más tarde a ser un gobernador o virrey del emperador y posteriormente de los reyes al que se le concedía potestad sobre un territorio.

En una palabra: el cese gradual de la autoridad imperial en la Europa del oeste, la caída del poder y la costumbre impuestos por una organización unida, con asiento en Roma, para señalar, definir y administrar las vidas humanas, fue una revolución interna; no vino del exterior. Fue un cambio interno, ni remotamente parecido a una conquista externa, y mucho menos a una conquista bárbara. Lo que sucedió fue que la civilización romana, habiendo llegado a muy vieja, no pudo mantener por más tiempo el método  vigoroso y universal del gobierno local subordinado al central, que había sido suyo durante cuatrocientos o quinientos tos años. El mecanismo impositivo fue debilitándose gradualmente; también se debilitó la acción burocrática central; los grandes, en las localidades, comenzaron a adquirir cierta independencia y varios militares beneficiados por el lento (y enorme) cambio ocuparon los palacios locales de la administración romana, y se aseguraron para sí los ingresos que los restos de las disposiciones impositivas romanas les aseguraban. Esto es lo que sucedió, y es todo lo que sucedió.

Con el objeto de entender lo ocurrido debemos, ante todo, recordar claramente el hecho de que la estructura sobre la que reposó unida nuestra civilización en sus primeros cinco siglos fue el ejército romano. Con ello no quiero significar que el número de soldados fuese muy elevado en comparación con la población civil, sino que el órgano vital en el estado, lo que realmente tenía importancia, la institución a cuyo alrededor giraba el pensamiento humano, y que se juzgaba como fundamento de todo lo demás, era la institución militar.  Para establecer un fuerte centro de autoridad, la persona indicada y necesaria para ejercer tal autoridad (en un estado constituido como el romano) era el comandante en jefe del ejército es decir el emperador. La palabra latina “imperator”, no significa otra cosa que “comandante en jefe”.

Los oficiales del ejército,  llamados (por el origen de su reclutamiento) godos, del este y el oeste, formaban parte de ese  ejército romano como tropas auxiliares y en modo alguno se les pasaba por la cabeza invasión de ningún tipo pues tenían asumido el orden romano que luchaban por mantener. El mismo saqueo de Roma por parte de Alarico, no fue más que fruto de una rencilla o venganza del propio Alarico que era oficial del ejército romano, al no conseguir ser nombrado general.

Cuando el ejército perdió cohesión y el poder central de Roma se debilitó, las distintas provincias romanas fueron adquiriendo cada vez más autonomía, tanto impositiva como militar. Así por ejemplo los visigodos, conservando escrupulosamente el orden jurídico romano constituyeron en Hispania una provincia con vida propia. Lo mismo ocurrió en la Galia.

Fue precisamente el catolicismo y la iglesia, con su estructura jerárquica, la que contribuyó de forma decisiva al mantenimiento del orden y la civilización romana en esos momentos y en los siglos posteriores. 

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