Malditos libros

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Hubo una vez un pirómano que se atrevió a sentenciar: «Los libros hablan de gente que no ha existido nunca, y las personas que los leen quedan hastiadas de su propia vida». Por eso, él y su brigada de incendiarios los quemaban sin piedad. Malditos libros. Sucedía en Fahrenheit 451, la novela de Ray Bradbury, marciano crónico.

La historia, publicada a finales de los años cuarenta, era profética. Las televisiones ocupaban las paredes de casa y exhibían culebrones venezolanos mientras una música necia flotaba en el aire. Sin piedad. Las noticias eran una sucesión de majaderías y en las calles los coches perseguían a los peatones. En ese mundo tan parecido al nuestro, los bomberos encarcelaban a los disidentes que leían libros. Era el justo castigo por esconder un material capaz de envenenar toda una vida. Tóxico como el cianuro.

Sin embargo, bien mirado, tenemos que darle la razón al pulcro jefe de bomberos. Porque las personas que leen son unas insatisfechas. Ahí queda eso. Todos los lectores que conozco sufren el Mal de Quijano, la enfermedad de aquel hidalgo manchego: duermen poco, tienen alucinaciones —sobre todo, cuando ven los informativos— y van mundo adelante buscando a otros como ellos. Para charlar o recomendarse libros, aunque siempre sin prestarlos; los libros son orgullosos: si se van no vuelven nunca.

Con todo, el pirómano jefe no mentía: los fanáticos de las letras somos unos descreídos de nuestra propia vida. Nos sabemos infelices y, sin embargo, no nos importa. Por eso leemos. Para disfrutar de una personalidad múltiple y viajar sin movernos de casa. Es una dolencia del alma que busca remansarse en un buen sillón, con los pies en alto y la tarde de caída, justo cuando el sol hace las maletas para emigrar a Cuba.

Con todo, no pensemos que el amor a los libros es una enfermedad cualquiera. Nada de eso. Por lo general, adquiere tintes de chifladura traviesa o de tortura insólita, de ahí que los lectores profesionales puedan agruparse según sus delirios. Están los del turno nocturno, esos que se aplican en la cama antes de dormir, como si buscaran un guion para sus sueños. Otros son más ordenados y prefieren la vigilia, sentados de mañana en cualquier terraza mientras apuran un café solo o, incluso, un carajillo. Después tenemos una peligrosa mutación: los obsesivos, que son enfermos a carta cabal. Se reconocen bien porque siempre andan con un libro bajo el brazo, ya estén en la gélida pescadería o en las tinieblas de un cine. Ahí el libro es un objeto inútil, pero solo en apariencia. Porque… ¿qué ocurriría si de repente se estropea el proyector y suspenden la película? Entonces, un ejemplar a mano es el perfecto bálsamo para las penas, un billete al país de las maravillas, un salvavidas para un náufrago de sí mismo. Hay que estar prevenidos.

Leer, en definitiva, es un instinto pernicioso. Una deformación que nos lleva a acumular historias como el epicúreo colecciona amantes: la última siempre será la mejor. Sin embargo, en nuestra soledad deseamos que, detrás de la que creíamos única, llegue otra aventura, otro misterio, otra andanza en la que perderse para no salir.

Por eso la lectura es una malversación de tiempo y dinero. Tiempo que se roba y dinero que se gasta mientras nos dejamos la piel en la gatera de la vida. Ahora bien, como la calidad es la tía millonaria de la cantidad, puede que un buen día se porte y se muera y nos deje en herencia una novela sublime o un ensayo lúcido o un poema íntimo (de cualquiera de los dos García-Máiquez, de Cotta, de Insausti) que son variantes sagradas de los alimentos, solo que más nutritivos.

Por eso, amigos míos, leamos. Con atropello, con pasión, con el exceso de los dementes. En esto de la literatura, el derroche siempre será una buena noticia.

De manera que adiós. Hay en el fuego varios libros que salvar (y ninguno —Vade retro, Satana— es electrónico).

@Ignacio_Uría

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