La nueva identidad digital

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Todos tenemos identidad digital desde el mismo momento en que tenemos identidad personal. No hace falta contar nada en internet, aunque también, sino vivir en el mundo de hoy: desde un registro en un diario online hasta el acceso a un puesto de trabajo, pasando por participar en un concurso local de relato, una carrera popular o aparecer en un anuncio en un boletín oficial, sin olvidar tener una amistad que narra vuestra vida en directo en Facebook, Instagram, Twitter, YouTube o WhatsApp. Todo está en la nube (o casi).

Y en esa lluvia de datos digitales que inundan la red compartimos espacio personas, máquinas e inteligencias artificiales. Sí, a la misma altura. Sin distinción. Existen lavadoras que envían tuits cuando finalizan su programa, plantas que avisan de cuándo regarlas, bots que atienden a la clientela en redes sociales, barbies conectadas, robots japoneses para no vivir en soledad… Curiosamente somos capaces de distinguir las cuentas oficiales en medios sociales a través de insignias, pero no tenemos modo alguno de reconocer a un ser humano entre cuentas de robots (que se lo pregunten a quienes discutieron con @senorobot en Twitter). ¿Será que no interesa?

Quizá ahora no podamos prever la relevancia de estas decisiones, pero viendo cómo se instaura un baremo social en China que, en parte, tiene en cuenta el valor de su ciudadanía por lo que narra en internet —sí, al más puro estilo Black Mirror—, quizá llegue a importarnos. ¿Se imagina no poder subir a un avión por un comentario que hizo en Twitter? Y, pensando que cada vez comienzan más relaciones de pareja (o se rompen) en redes sociales de contactos, ¿qué pasaría si descubre que la persona que le gusta resulta no ser humana? O peor, ¿y si hubiera fallecido? Existe un concepto llamado “eternidad aumentada” que facilita que alguien pueda seguir con su existencia digital después de morir, gracias a la inteligencia artificial. Esto es, la IA aprende a comentar, a escribir y a postear en redes sociales según lo hace la persona y sigue publicando cuando ya no está en nuestro mundo. ¡Y la población internauta sin saberlo! Sin duda, hará falta también un identificador de que esas cuentas son robots, en este caso, de individuos que fueron reales.

En otro campo que se abre ante nosotros, aunque ahora suene lejano, convendría dejar claras las diferentes identidades cuando empecemos a cobrar nuestro trabajo a través de criptomonedas. ¿No podría decirse que nuestra nómina es, en cierta manera, dinero virtual? Hablando de salarios, ¿cobrarán también los robots?, ¿pagarán impuestos?, ¿necesitarán estar dados de alta en la Seguridad Social? Son cuestiones que ya se plantean en la Comisión Europea, pero, por favor, preguntémonos también cómo nos identificamos máquinas y humanos, humanos y máquinas en la red. Los aspectos relacionados con la seguridad de datos, que son muchos, se los dejo a los profesionales especialistas en la materia.

¿Qué podemos hacer los ciudadanos, mientras tanto, con todo esto? Pues, básicamente, lo de siempre: vivir. El respeto y la empatía son las normas fundamentales para relacionarnos dentro y fuera de la red. Por su parte, la transparencia facilita la convivencia. En resumen, se trata de proteger nuestra intimidad y la de los demás con coherencia: «Haz a los demás lo que te gustaría que te hicieran a ti».

¡Ay! Se nos escapa la realidad entre los dedos, entre esas teclas con las que podemos crear mundos. Me encantan los dispositivos tecnológicos y me encantan los seres humanos. Convivo con ambos y creo firmemente que la conectividad nos ayuda en nuestra vida, puede seguir contribuyendo a la revolución educativa y transformará aún más la vida laboral. Aunque, eso sí, todavía, solo me gustan los abrazos humanos.

Diana González- Nuestro tiempo

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