Adicciones inadvertidas

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Quien nunca haya experimentado el irresistible afán de hacer zapping durante horas y horas, o de engancharse a los videojuegos durante larguísimas sesiones, incapaz de sustraerse a ellos, no sabe aún de las seducciones y sortilegios de la pantalla. Ahí siempre están ocurriendo cosas, muchas más que en nuestra propia vida, y es tal la hipnosis que puede llegar a producirnos que acabemos quemándonos como insectos alrededor de una bombilla. No nos libera del agobio ni de la rutina, pero al menos los convierte en una amable tibieza y nos narcotiza un poco.

Con la multiplicidad de canales de televisión, los receptores portátiles, las consolas de bolsillo e incluso las asombrosas prestaciones de los teléfonos móviles, todo esto puede acabar siendo cada vez más fácilmente una profesión a jornada completa. Su magia nos retiene, despliega auténticos alardes de ingenio para atraer nuestra atención, es como una promesa permanente de diversión, que suplanta todo lo demás, que hace que todo lo que no sea ella se torne inútil, fastidioso.

Cuando se lleva ya unas cuantas horas ante la pantalla, la mente flota de un objeto a otro, seducida or mil ocurrencias que la captan sin retenerla, en un delicioso mariposeo que nos transforma en vagabundos, de un programa a otro, de un canal a otro, de un juego a otro. Así es esta patología: nos enganchamos porque está ahí, tan disponible y atractiva, y una vez enganchados a ella somos capaces de tragarnos cualquier cosa con una indulgencia sin límites. Y al despertar de esa lenta hemorragia de uno mismo por los ojos, con la cabeza saturada de imágenes, música, efectos especiales e impresiones deslumbrantes, se experimenta una curiosa sensación de soledad y estragamiento, junto a una seria dificultad para aceptar la realidad de la que habíamos logrado evadirnos por un tiempo.

Sin embargo, hasta el más adicto sabe bien que después le espera la vida real, y ése es su gran drama. Por eso a este consumismo no le reprochamos sólo su simpleza o su superficialidad, sino sobre todo el incumplimiento de sus promesas, el no hacerse cargo totalmente de nosotros, el dejarnos en la estacada en el último momento.

Pero por muy errónea y decepcionante que resulte tantas veces, quizá volvemos a esta hipnosis como a la pendiente más fácil. A pesar del hastío final, bien conocido de otras veces, el adicto vuelve a caer, incapaz de desengancharse. Por eso, para algunos, el mayor acto de valor —a veces sobrehumano—, es apagar la pantalla que absorbe por completo su mente.

Quizá sea éste un buen ejemplo de las decepcionantes consecuencias del exceso de comodidad o de afán por consumir, de la falta de dominio de uno mismo. Quizá es que pretendemos la cuadratura del círculo: ser personas acomodadas, adormecidas por las comodidades y, al tiempo, personas activas, implicadas, despiertas. No cabe duda de que el desahogo material es un gran progreso de la historia, pero tiene sus efectos perversos contra los que es preciso alertarse. Y parece que prevenirse contra el exceso de comodidad es como un tabú que pocos se atreven a tocar. El exceso de confort tiende a arrinconar los ideales y a reducir considerablemente el ámbito de nuestras preocupaciones.

El peligro del consumismo no es tanto el despilfarro como la voracidad que se apodera del individuo y lo reduce a su merced. Su glotonería tiende a engullir ideales, creencias, ética, cultura, historia, e incluso a su propia crítica: y ésa es la ironía suprema del consumismo, hacernos creer que ha desaparecido cuando no hay ámbito que no contamine.

¿La solución? Mantener a raya esa avidez, proteger los espacios que veamos que intenta acaparar en nuestra vida. Y en aquellos otros en que ya nos ha ganado mucho terreno, pensar que nuestra cercanía al abismo de la adicción —sea grave o leve— puede al menos habernos ayudado a advertir sus riesgos y así comprender la necesidad de frenar esa carrera.

Alfonso Aguiló

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