Belleza, verdad y bien, los tres grandes anhelos el corazón humano

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Para Aristóteles  la belleza no tiene relación con lo que es agradable a la percepción de nuestros sentidos porque eso es únicamente objeto de contemplación y no de deseo. Lo bello debe agradarnos porque es bueno en sí mismo, es decir existe una relación intrínseca entre el bien y la belleza: lo bueno tiene que ser bello.

Con la aparición del cristianismo, la visión antropocéntrica del arte clásico grecorromano poco a poco se va convirtiendo en una visión teocéntrica, dónde Dios, y no el hombre, es el centro del universo.

“El hombre lleva en sí mismo una sed de infinito, una nostalgia de eternidad, una búsqueda de belleza, un deseo de amor, una necesidad de luz y de verdad, que lo impulsan hacía el Absoluto, el hombre lleva en sí mismo el deseo de Dios”. Benedicto XVI (2011)
Estas palabras nos recuerdan a la belleza que define Platón en su obra, esa que nos impulsa hacia pensamientos más elevados, pero ahora bajo el tamiz del cristianismo, esos pensamientos elevados son reconocidos como el deseo de ese Dios creador que se vuelve accesible al hombre como Padre.

La belleza pues, puede convertirse en un camino que nos acerque a Dios, un camino alejado del desengaño y la sordidez, un guía el amor de Dios padre que ha creado un mundo armónico como reflejo de su alegría creadora.
El cristianismo entiende la belleza como un eco del Creador, como expresa poéticamente Jean-Marie Couturier: “Aquella voz misteriosa de la belleza que incita a nuestro corazón, es eco de otra voz y de otro corazón”

Por lo tanto, la belleza está ligada al deseo del bien que nace de Dios, que está grabado por Él en nuestro corazón para guiarnos de vuelta al Padre, pero no se queda ahí, sino que aparece otro término de gran significancia y que, juntos, forman un trinomio inseparable dentro de la doctrina cristiana: Belleza, Bien y Verdad.

El hombre con su apertura a la verdad y a la belleza, con su sentido del bien moral, con su libertad y la voz de su conciencia, con su aspiración al infinito y a la dicha, el hombre se interroga sobre la existencia de Dios. En todo esto se perciben signos de su alma espiritual. La semilla de eternidad que lleva en sí, al ser irreductible a la sola materia, su alma, no puede tener origen más que en Dios.

Una vez que nos abrimos a la verdad y a la belleza es mucho más sencillo encontrar la senda que nos acerque al bien. 

El corazón humano tien una necesidad imperiosa de belleza verdad y bien. El arte cristiano a lo largo de sus más de dos mil años de antigüedad lo ha plasmado de forma maravillosay como es lógico ha ido evolucionando y transformándose siguiendo las pautas de cada época, evolucionando para dar respuesta a las necesidades e inquietudes  de los seres humanos en cada momento.

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