Europa ante sí misma

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El invierno demográfico europeo coincide con la explosión de natalidad en África, donde viven cuatrocientos millones de menores de quince años sobre una población total de 1 200 millones. El dato se recoge en el último informe de la ONU sobre perspectivas de población mundial, que prevé que en 2050 los africanos serán más de 2 500 millones (uno de cada cuatro habitantes), de los que 125 millones vivirán en Europa y unos diez millones en España.

Este asombroso crecimiento se debe a tres factores: los altos índices de fertilidad, la mayor esperanza de vida y el progresivo abandono de la pobreza extrema. Buenas noticias para África, pero con una consecuencia inesperada, como es el aumento de la emigración hacia Europa de los que tienen medios para abandonar sus países o capacidad de endeudarse para pagar a las mafias.

Esto no oculta que su llegada ocurre en circunstancias familiares y económicas dramáticas, con niños o embarazadas y explotados por los traficantes de personas. Eligen Europa no solo por la proximidad geográfica o porque huyan de las guerras, sino porque existe una seguridad social y una red educativa gratuita de la que disfrutarán aunque su contribución sea pequeña. Por este motivo no emigran a otros países en los que podrían integrarse mejor, como Arabia Saudí o los Emiratos Árabes.

Resulta indudable que existe una obligación ética de acoger al que llega, en particular a los refugiados, pero esto no impide reconocer el fracaso del actual modelo multicultural. Después de décadas y miles de millones de euros, quizá sea el momento de intentar algo diferente, ya que un migrante no se convierte en europeo por el hecho de llegar a Europa.

¿Ha llegado la hora de apostar por la asimilación en la cultura europea, cristiana e ilustrada al mismo tiempo? Esto resulta más sencillo con los migrantes latinoamericanos, que al fin y al cabo son occidentales, o los asiáticos, que tienen una vivencia pacífica de su cultura. El caso musulmán es diferente, ya que su religión impregna todos los aspectos de la vida, particularmente, la dimensión pública. Ahora bien, todos deben cumplir los principios democráticos y respetar la legislación (igualdad hombre-mujer, libertad de expresión, etcétera). En síntesis, se pide a los que llegan lo mismo que se exige a los que están, hayan o no nacido en Europa.

La multiculturalidad más agresiva se opone a la integración porque supuestamente obligaría a abandonar la cultura propia. Sin embargo, cada uno puede mantenerla siempre que no afecte a las bases sociales existentes. De otro modo, cuanto más se tolere la falta de adaptación, más atractivo será venir para otros, que disfrutarán así lo mejor de ambos mundos: el bienestar europeo y la conservación de su estilo de vida aunque choque con el occidental. El respeto absoluto a la diversidad (lingüística, social, jurídica) provoca la formación de guetos, como sucede en Francia o Países Bajos.

¿Debería Europa legislar sobre expresiones religiosas o culturales ajenas a la tradición europea, sea laica o religiosa? Algunos países ya lo hacen, como Suiza, donde la construcción de minaretes abrió un intenso debate en 2009. Al final, se celebró un referéndum y el 58 por ciento de los votantes apoyó la prohibición, que además se incluyó en un artículo de su Constitución.

Antonio Suetta es el obispo de Ventimiglia-Sanremo. En Italia lo conocen como «el obispo sin fronteras» y el papa Francisco lo ha puesto como ejemplo por su acogida de inmigrantes. Esto no ha impedido a Suetta alertar hace unas semanas del «riesgo de que algunas realidades “solidarias” puedan utilizar el fenómeno migratorio para otros fines: empobrecer África para dejarla a merced de las multinacionales o favorecer una disolución de la identidad europea».

Europa no ayuda a los inmigrantes acogiéndolos de manera indiscriminada porque así favorece a las mafias y a aquellos que las ayudan. Y, lo que es peor, de este modo se desangra a las sociedades de origen, que pierden a las personas que podrían sacarlas adelante.

Ignacio Uría (@Ignacio_Uria)

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