La ciencia, un camino hacia Dios

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El objeto de mi libro Le crépuscule du matérialisme [El crepúsculo del materialismo] es resaltar una idea formulada en el siglo XIX por Louis Pasteur, a saber, que “poca ciencia aleja de Dios, mucha ciencia acerca a Él”. La misma idea fue recuperada recientemente por el físico estadounidense Stephen Bar, quien opina que las “revoluciones” científicas del siglo XX “nos han conducido a una concepción del universo, del ser humano y de nuestro lugar en el universo que está más en conformidad con las ideas judías y cristianas tradicionales que con el materialismo y el ateísmo”.

Fuente: Richard Bastien- La Nef

Desde las Luces se han esforzado por convencernos de que no hay más razón que la científica. Se llega incluso a negar la posibilidad de una razón metafísica y a afirmar la incompatibilidad entre ciencia y fe cristiana. Según Bertrand Russell (1872-1970), tenemos que resignarnos a “construir nuestra vida sobre el sólido basamento de la desesperación”, al ser toda creencia religiosa una superstición.

Para defender hoy la fe es necesario, por un lado, explicar cómo se ha llegado a pretender que la ciencia y la fe son incompatibles, y por otro, a mostrar cómo el cristianismo, lejos de haber perjudicado el desarrollo de la ciencia, lo ha sostenido y animado.

Primera fase:

Destacar el hecho de que el viejo contencioso entre la ciencia y la religión no reposa en modo alguno sobre consideraciones científicas o teológicas, sino sobre un conflicto que enfrenta a los partidarios de un rechazo apriorístico, y por consiguiente dogmático, de lo sobrenatural, y a los partidarios de un pensamiento racional abierto a lo sobrenatural. Podría pues hablarse de un conflicto entre naturalistas dogmáticos y sobrenaturalistas racionales.

Esa distinción es fruto de un prejuicio ideológico: reposa sobre el testimonio de las personas concernidas. Así, el biólogo estadounidense Richard C. Lewontin explica que, para los naturalistas, “la cuestión no es que los métodos y las instituciones de la ciencia nos obliguen de alguna manera a aceptar una explicación material del mundo fenoménico, sino que, por el contrario, nuestra adhesión apriorística a las causas materiales nos obliga a crear un sistema de análisis y un conjunto de conceptos que producen explicaciones materiales”.

El filósofo norteamericano Thomas Nagel no piensa algo distinto cuando afirma que “el temor a la religión” pesa gravemente sobre el pensamiento de sus colegas naturalistas, hasta el punto de que ese temor “tiene consecuencias importantes y a menudo perniciosas sobre la vida intelectual moderna”. Podrían multiplicarse las citas hasta el infinito.

Pero no es solo la confesión de los naturalistas la que nos autoriza a denunciar la supuesta incompatibilidad entre ciencia y religión. Están también los datos sociológicos. Por ejemplo, según un estudio del Pew Research Center realizado en 1996, el 40% de los científicos estadounidenses declaraba creer en un Dios personal y un 45% declaraba no creer. Y lo que es más sorprendente, cuanto más joven era el científico, más dispuesto estaba a creer en un Dios personal.

Segunda fase:

Recordar la aportación del cristianismo al desarrollo de la ciencia.

Contrariamente a las ideas asumidas, las raíces remotas de la ciencia moderna no se plantaron en el siglo XVII, sino en el terreno fértil del viejo mundo grecorromano y del Occidente medieval cristiano. Como muy bien ha explicado el historiador estadounidense de las ciencias Edward Grant, cuatro factores permitieron a la Europa medieval preparar el camino a la revolución científica del siglo XVII:

a) la traducción al latín de los textos científicos griegos y árabes en los siglos XII y XIII;

b) la creación por la Iglesia católica, en esa misma época, de las universidades, que se apresuraron a utilizar las traducciones latinas como punto de partida para un estudio de las ciencias naturales;

c) la adaptación de la tradición cristiana a la enseñanza de las ciencias;

d) la transformación de la filosofía aristotélica.

Lejos de haber retardado o detenido el desarrollo del pensamiento científico, la Iglesia católica fue uno de sus potentes vehículos. La ciencia no incluye ninguna verdad que pueda por principio ser contraria a la fe en Dios. Solo una falsa filosofía de las ciencias puede serle contraria. En la medida en la que ilumine la belleza y la integridad de su Creación, la ciencia no puede sino fortalecer nuestra relación con Dios.

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