Todo cambia con el paso del tiempo. También, la forma de ejercer la solidaridad
Hace años, su principal quehacer era la atención a enfermos, generalmente en hospitales, a los que acudían personas de buen corazón, no adscritas ni encuadradas en organización alguna, que iban a escucharles y darles el consuelo de su compañía.
También había organizaciones que, además, se ocupaban de sus necesidades materiales, especialmente cuando el enfermo, curaba la enfermedad o acababa sus días en su domicilio.
En esos casos, eran generalmente mujeres las que, con su intuición y delicadeza femeninas, mejor detectaban las necesidades y ponían la ternura que precisaba su atención.
Con el correr de los años, las necesidades se incrementaron, las situaciones carenciales multiplicaron su número y también su diversificación en función de sus causas, así como la variedad de personas, sujetos de esta atención.
Este crecimiento ha provocado otro: el de personas dispuestas a colaborar, en su mayoría mujeres que, para una atención más ordenada de las necesidades emergentes, se encuadran en organizaciones que necesitan cada día, más ayudas materiales y personales.
Es, en ese aspecto, en el que más se notan las ausencias de hombres. Hombres que quieran y estén dispuestos a realizar tareas en las que ellos, hasta ahora, por razón de su trabajo profesional, son más duchos que algunas mujeres. Así, la solicitud de subvenciones; atender secretarías; manejar ordenadores; introducirse en Internet o realizar gestiones ante instituciones, son actividades ahora imprescindibles en cualquier ONG, que podrían ser realizadas con éxito por ellos.
Su ausencia incrementa el trabajo de las mujeres, que han de hacer compatibles esas gestiones, y las hacen, con la atención humanitaria y directa a las personas que la necesitan. Ante esta apremiante necesidad, seguro, que habrá varones, más y menos jóvenes, que se animen a poner su hombro.