Amy Coney Barrett, juez del supremo realmente independiente

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Amy Coney Barrett y su familia

Debido a la imagen deformada que nos están transmitiendo muchos medios de comunicación en España, a veces, pensamos que en los Estados Unidos la independencia judicial brilla por su ausencia. Nada más lejos de la verdad. Coney Barrett, la juez del supremo nombrada por Trump ha demostrado su profesionalidad e independencia en la primera ocasión en que ha tenido que tomar una decición importante.

La crucificaron por ir a misa los domingos y fiestas de guardar, por haber tenido un hijo con síndrome de Down, al que supuestamente utiliza para manifestar su rechazo al aborto, y por haber adoptado a dos niños haitianos que los profetas del igualitarismo consideran “accesorios” propios de “colonizadores blancos”. Cuando, a toda prisa, Donald Trump la metió en el Tribunal Supremo, la industria del progreso global aprovechó la maniobra para descalificar a la magistrada en función de su compasión, su fe y sus principios.

Pocas cacerías han sido tan infames como la que hace un par de meses sufrió Barrett, llamada a suceder Ruth Bader Ginsburg en el Supremo de Estados Unidos, pues aseguraban que ejercería como aliada segura de Trump para prevaricar y alterar el resultado de las elecciones.

Barrett, junto a los otros dos jueces designados por Trump, firmaron el pasado viernes día 11 de diciembre, el auto que desestima el intento de Texas, cuyo fiscal actuaba a instancias deTrump, de revertir la elección de Joe Biden. Quienes crucificaron a Barrett por ser católica están hoy callados como muertos. Y es que presissamente su creencias son el motor de un trabajo realizado con la máxima perfección posible y la garantía de su profesionalidad e insobornable independencia.

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