Benedicto XVI cumple 90 años

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Benedicto XVI cumple 90 años. A la trilogía de libros-entrevista al cardenal Ratzinger, primero, y Papa Benedicto XVI después, Peter Seewald añade ahora el cuarto y –todo lo hace pensar– último. Se titula Ultime conversazioni y reúne los diálogos que el periodista y escritor alemán ha tenido con el Papa emérito a lo largo de la pasada primavera en el monasterio Mater Ecclesiae, en la parte alta de los jardines del Vaticano, donde Benedicto XVI transcurre sus días rezando, preparando la homilía de la misa del domingo y recibiendo visitas muy seleccionadas.


“Un libro extraordinario por muchas razones –afirma Luigi Accattoli, veterano vaticanista del Corriere della Sera– no solo porque nunca se había visto un Papa que hace balance de su pontificado, sino también por la extraordinaria libertad con la que Benedicto XVI habla de su sucesor y se compara con él, reconoce sus propios límites y defiende el trabajo realizado, negando haber padecido presiones para que renunciase y explicando que disolvió un grupo gay que existía en el Vaticano”.

En el silencio y en la oración

En la introducción, Seewald hace un retrato muy directo del Papa emérito: “Benedicto XVI no calza los mocasines rojos, sino simplemente unas sandalias, como un monje. Pocos saben que desde hace años está ciego del ojo izquierdo; después perdió también la audición. Está más delgado, y en conjunto su persona ha adquirido una dulzura nueva. Es fascinante ver que el pensador original, el filósofo de Dios, el primer hombre que puede lucir el título de Papa emérito, prosigue su camino, allí donde la razón por sí sola no basta, hacia el corazón de la fe, en el silencio y en la oración”.

Seewald pasa revista a la vida de Joseph Ratzinger, a su producción teológica y sintetiza así el núcleo de su diagnóstico sobre el mundo actual: “El verdadero problema –dice Ratzinger– en este momento de la historia es que Dios ha desaparecido del horizonte de los hombres”. “Y cuando se apaga la luz procedente de Dios”, la humanidad cae en una desorientación “cuyos efectos destructivos se manifiestan cada vez más” (Benedicto XVI, Carta a los Obispos de la Iglesia Católica sobre la remisión de la excomunión a los obispos consagrados por Mons. Lefebvre, 2009).

“Mi misión era mostrar qué significa la fe en el mundo de hoy, poner de nuevo en evidencia la centralidad de la fe en Dios, dar a los hombres el valor de creer”
Y sobre la situación de la Iglesia, dice Seewald, el Papa Benedicto XVI tiene las ideas muy claras: el problema no consiste en la disminución de los fieles y de las vocaciones, “sino en la pérdida de la fe”. La causa de la crisis “es el apagarse de la conciencia cristiana, es la tibieza en la oración y en la práctica religiosa, es descuidar la misión evangelizadora. La auténtica reforma es una cuestión de despertar interior, de un corazón ardiente. La prioridad absoluta es anunciar lo que se puede saber y creer con certeza de Cristo”. Se trata – dijo el Papa el 7 de mayo de 2005 en la toma de posesión en la Basílica de Letrán– “de que la Palabra de Dios siga estando presente en su grandeza y resonando en su pureza, frente a todos los intentos de adaptarla o aguarla”.

Fe y razón

El libro tiene tres partes: “Las campanas de Roma”, “Historia de un Siervo”, “El Papa de Jesús”. En la primera se aborda enseguida el contenido que el Papa Ratzinger quería dar a su pontificado: “Yo no podía abordar asuntos a largo plazo. Era consciente de que mi misión era otra: tratar de mostrar qué significa la fe en el mundo de hoy, poner de nuevo en evidencia la centralidad de la fe en Dios o dar a los hombres el valor de creer, el valor de vivir de modo concreto la fe en este mundo. Fe y razón son los valores en los que he reconocido mi misión y para los cuales la duración del pontificado no tenía importancia”.

Benedicto explica a Seewald que no consigue dedicarse totalmente a la meditación y la oración, porque la faltan las fuerzas: “No me encuentro lo suficientemente fuerte interiormente para dedicarme con constancia a las cosas divinas y espirituales”, aunque sí tiene mucha más libertad interior, “y esto es un gran valor”. También porque recibe muchas visitas: “Me parece positivo intercambiar opiniones con las personas que dirigen hoy la Iglesia o tienen un papel en mi vida”. Pero no piensa escribir ningún nuevo libro, y aunque a veces anota algunas reflexiones, las destruirá “porque son demasiado personales”.

Lo que sí hace es preparar durante la semana la homilía para la misa dominical a la que asisten las personas que le acompañan. “¿Escribe homilías para cuatro, cinco personas?”, le pregunta el periodista. “¿Por qué no? Asistan tres o veinte o mil personas, la Palabra de Dios siempre tiene que llegar al hombre”.

La renuncia

Sobre la renuncia al primado, Benedicto XVI dice que la decisión fue definitiva “durante el verano de 2012, más o menos en agosto. Yo no estaba muy bien. El viaje a México y Cuba me supuso un gran cansancio. También mi médico me dijo que no debería volver a atravesar el Atlántico”. Y la Jornada Mundial de la Juventud de Río se adelantó a 2013: “Para mí era claro que tendría que dimitir con tiempo suficiente para que el nuevo Papa fuese a Río”.

Nueva frescura

En el libro, el Papa Benedicto XVI habla de su sucesor –“hay una nueva frescura en la Iglesia, una nueva alegría, un nuevo carisma que se dirige a los hombres; es una cosa muy hermosa”–, de su familia (respondiendo incluso a preguntas casi impertinentes de Seewald), de su carrera profesional como teólogo, que estuvo a punto de irse a pique. En efecto, en el examen a cátedra, el profesor Schmaus le hizo reescribir la tesis doctoral y luego, después de la lección magistral, discutir con el relator de la tesis, el profesor Söhngen. Por fortuna, al final obtuvo el puesto. Y de esa aventura, el joven Ratzinger sacó una conclusión: las humillaciones son necesarias.

Pero quizá lo más importante del libro viene cuando, a propósito de su trilogía sobre Jesucristo, Peter Seewald le pregunta si nunca ha tenido dudas de fe: “La pregunta ‘¿realmente todo esto tiene un fundamento?’ –responde Benedicto– se vuelve a presentar en todos los hombres, pero yo he tenido tantas experiencias concretas de fe, experiencias de la presencia de Dios, que tengo suficientes armas para superar esos momentos”. ¿Y cuando era joven, cuando era un estudiante? “Entonces mucho menos todavía. La Iglesia estaba tan viva, todo era tan fácil y directo, auténtico y sin sombras. No, solo después, cuando el mundo se ha hecho añicos y el cristianismo, la misma Iglesia, parecía haber perdido su identidad. Sin embargo, mi fe era firme, gracias a Dios”.

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