Cicerón y “las paradojas de los estoicos”

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En este excelente libro, Cicerón extrae de la doctrina de los estoicos algunas cosas que le sirven para defender ideas que él considera verdaderas sobre la vida de los hombres. El sentido que le quiere dar Cicerón a la palabra paradoja es el de verdades algo chocantes que están un poco al margen de la opinión común, lo que hoy llamaríamos lo “políticamente correcto”

En la primera paradoja considera que los placeres, las riquezas o el poder no son buenos y dignos de ser codiciados pues incitan a poseer más y las personas son atormentadas también por el miedo a perderlos, por eso es bueno añorar la prudencia de los sobrios. Cicerón nos avisa que a esas cosas se les llama bienes, pero eso no implica que los que los poseen sean buenos. El placer no es un bien en sí mismo, ni es algo bueno ya que aparta la mente de su sitio, del lugar que le corresponde, sin embargo, vivir bien y feliz es vivir con rectitud y honradez. Sólo es objetivamente un bien lo que es recto honrado y virtuoso. Para avalar sus tesis quiere dejar claro que los padres del mundo romano no inventaron el sistema romano guiándose por la avaricia de las riquezas o el goce de los placeres.

En la segunda paradoja desarrolla las energías que esconde la virtud. Desprecia el azar y la fortuna como fuerzas que dirigen la vida de los hombres y defiende que la lucha personal por adquirir la virtud da la felicidad. Según Cicerón la muerte es terrible para quienes pierden todo al perder la vida, no para aquellos cuya gloria no puede morir.

A la persona que se cree feliz por su prosperidad material, en realidad le acosan las penalidades, pues le atormentan las pasiones y no le satisface lo que tiene pues tiene miedo a perderlo.  Además, le acosa la intranquilidad porque le aguijonea la conciencia por sus males malos actos. Ningún malvado puede sentirse bien.

En la paradoja tres afirma que las culpas por los pecados de los hombres no se miden por los efectos que producen, sino por el hecho de que son vicios en los que el ser ha traspasado los límites.

El hombre virtuoso es el que lo es siempre, en toda ocasión. Virtud es la forma de actuar que está de acuerdo con la razón y es constante. Lo recto y lo bueno es lo mejor que se puede encontrar en nuestro vivir cotidiano.

Cicerón intuye de algún modo la grandeza de la santidad personal ya que en las Causas de los Santos se realiza un examen de la heroicidad de las virtudes del santo y su constancia a lo largo de su vida.

Las maldades del espíritu se llaman acertadamente vicios y estos por el simple hecho de serlo son todos igualmente perversos. Por eso lo que más aleja a los hombres de la maldad es caer en la cuenta de la gravedad de cualquier delito sin establecer gradación en estos, pues toda pasión desordenada es mala en sí misma.

Cicerón da un paso más al establecer que hay leyes divinas inmutables, pues nos dice que en esta vida debemos considerar que lo que no es conveniente es porque es una prohibición divina y por ello, por no estar permitido por dicha ley, es un crimen incluso en cosas pequeñas. No nos podemos justificar pensando que nuestras faltas parecen más pequeñas o más leves pues ambas perturban la razón y el orden y en eso está su gravedad.

En su paradoja cuarta nos dice que el ánimo del sabio es como una fortaleza con murallas y no puede ser vencido, aunque se le expulse de la ciudad.  Se refería a Roma de la que él fue expulsado. Sabio es el que tiene grandes proyectos de bien, que no se fía de la suerte y que valora las virtudes.

En su quinta paradoja Cicerón quita legitimidad a los militares que le han desterrado indicando que no se valora a un general simplemente porque manda, cuando es incapaz de refrenar sus pasiones y deseos y no contiene su ira y su avaricia. Si no deja de someterse al deshonor y la bajeza de esos vicios no debe ser tenido por general ni siquiera como hombre libre.  Sólo el sabio es verdaderamente libre, pues la libertad es poder vivir siguiendo lo recto porque uno quiere, por propia voluntad y gozándose en la obligación. No se deben cumplir las leyes por miedo sino porque son saludables.

Los malvados, por tanto, son esclavos pues su espíritu es sumiso, está envilecido y carece de arbitrio. Todos los frívolos y ambiciosos y por tanto los malos son esclavos, según Cicerón. Quien no se atreve a rechazarse nada a sí mismo es un indigno esclavo, aunque su familia sea de alta alcurnia.  Hay muchos ricos insensatos que son verdaderos esclavos no libres a pesar de ser los principales de la ciudad. No puede, por tanto, ser jefe, quien la razón y los hechos demuestran que no es libre.

Finalmente, en la paradoja sexta Cicerón desarrolla más las virtudes de la sobriedad y el desprendimiento de los bienes, pues según él, el rico auténtico es quien posee lo suficiente como para estar satisfecho, viviendo holgadamente pero que no busca ni apetece ni desea y ansía nada más. El que es aficionado a negocios poco honrados y no los ve como vergonzosos, el que engaña, demanda, anda buscando satisfacciones continuamente o está al acecho de testamentos de amigos o los falsifica, no es una persona satisfecha sino moralmente necesitada.

No se mide la riqueza por un arca llena de cosas pues si estás vacío no eres rico. El valor de un hombre se mide por su conformidad y desprendimiento respecto a las riquezas. Nos hace, además, unas preguntas ¿qué es más importante el dinero o la sobriedad del que la rechaza o la generosidad del que reparte su herencia con su hermano? ¿a quién le falta o a quien le sobra.? ¿el que no tiene o el que abunda?  ¿el que cuanto más posee más necesita o el que se sostiene por sus propios medios?

Y concluye Cicerón: que cada cual se contente con lo que tiene. Esta es la riqueza mayor y más segura.  La virtud no puede robarse ni se pierde en un incendio. Quiénes poseen virtudes son los únicos ricos pues solo ellos poseen cosas fructíferas y duraderas y solo ellos están satisfechos con lo suyo, no desean nada, no necesitan nada y nada echan de menos.

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