Dad al César lo que es del César…

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 Dad César lo que es del César, enseña el Maestro, lo que le corresponde (tributos, obediencia a las leyes justas…), pero no más de ello, porque el Estado no tiene una potestad y un dominio absolutos. Como ciudadanos normales, todos tenemos el deber de aportar a la vida pública el concurso material y personal requerido por el bien común. Pero también las autoridades están gravemente obligadas a comportarse con equidad y justicia en la distribución de cargas y beneficios, a servir al bien común sin buscar el provecho personal, a legislar y gobernar con el más pleno respeto a la ley natural y a los derechos de la persona: a la vida desde el momento de su concepción, el primero de todos los derechos; protección a la familia, origen de toda sociedad; libertad religiosa; derecho de los padres a la educación de los hijos…

Porque legislaciones injustas , que creen conflictos y tensiones entre los ciudadanos o vayan encaminadas a romper la unidad de las naciones y la convivencia, son impropias de un gobernante y por ello debemos reaccionar contra semejantes normas legales.
 
Por nuestra parte los ciudadanos hemos de cumplir con exactitud los deberes para con la sociedad, para con el Estado, para con la empresa en la que trabajamos etc , como colaboradores leales en la promoción del bien común. Y esta fidelidad nace a la vez de nuestra conciencia, pues esas prestaciones deben ser también para nosotros un camino de honradez personal: el pago de los impuestos justos, el ejercicio responsable del voto, la colaboración en las iniciativas que lleven a una mejora de la ciudad o del pueblo, la intervención en la política si a eso nos sentimos llamados…

El Maestro avisó claramente que deben respetarse también los derechos superiores, pues la actividad del hombre no se reduce a lo que cae bajo el ámbito de la ordenación social o política. Existe en él una dimensión trascendente, que informa todas las tareas que lleva a cabo y que constituye su máxima dignidad. Por eso, sin que nadie le preguntara, añadió el Señor: “Dad… a Dios lo que es de Dios”.

Cuando trabajamos  en la vida pública, en la enseñanza, en cualquier empeño cultural…, no se puede guardar nuestra  actuación moral para mejor ocasión, por el contrario, hemos de convertir el mundo, con frecuencia el pequeño mundo en el que se desarrolla nuestra vida, en un lugar más humano y habitable, donde los hombres encuentren con más facilidad el camino de lo que permanece, de lo que trasciende su propia actuación. Y lo ponemos en práctica con la honradez en todos los negocios, la cual atrae a todos hacia el amor de la verdad y del bien y nos esforzamos en llenar de magnanimidad  nuestra actividad doméstica, social y profesional.

Señalaba el Cardenal Luciani, más tarde Juan Pablo I: “En esta sociedad se ha creado un enorme vacío moral y religioso. Todos parecen espasmódicamente lanzados hacia conquistas materiales: ganar, invertir, rodearse de nuevas comodidades, pasarlo bien (…)”.

Una sociedad sin valores morales y religiosos está abocada a una creciente agresividad y también a una progresiva deshumanización, como por desgracia estamos observando en nuestros días. No hemos de conformarnos con que sea así. Está en nuestras manos evitarlo con nuestra honrada vida diaria en cada una de las actividades que tenemos entre manos.

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