Del homicidio “por compasión” al suicidio asistido

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La eutanasia comenzó a abrirse camino alegando sentimientos de compasión respecto al enfermo terminal abrumado por sus dolores y que no quiere seguir viviendo. En la actualidad, señala en Avvenire (15-05-13) Francesco D’Agostino, presidente del Comité Nacional de Bioética de Italia, se observa un cambio de mentalidad respecto a su justificación. Los casos de eutanasia “por piedad” son cada vez más excepcionales, pues la medicina paliativa ha conseguido liberar al enfermo terminal de los sufrimientos más agudos e insoportables, para garantizar una muerte digna.

Fuente: Avvenire

Ahora el homicidio “piadoso” ha sido sustituido por otra fórmula eutanásica, el suicidio asistido. “El puesto de la piedad, como motivo emocional de la acción eutanásica, ha sido ocupado por una motivación que no tiene nada de compasiva ni de emotiva, sino que es fríamente racional: el respeto, hasta el límite de la sumisión, ante la voluntad suicida del paciente. Detrás de la eutanasia por compasión está el fantasma del sufrimiento del paciente. Detrás de la eutanasia como suicidio asistido, existe el espectro de un pretendido nuevo derecho humano a la autodeterminación, un derecho supremo, incuestionable”.

D’Agostino cita los casos de un ex senador octogenario que solicitó y obtuvo la eutanasia en Holanda, sin tener ninguna enfermedad mortal ni especialmente dolorosa. Un caso parecido se repite actualmente en Suiza. Una señora anciana de Zurich, sin tener ninguna enfermedad terminal, ha solicitado el suicidio asistido. Suiza no tiene una ley específica de eutanasia; pero desde hace años se siguen pautas de su Academia de Medicina, que consideran éticamente aceptable – y legalmente no punible- el favorecer la asistencia al suicidio.

Como los tribunales suizos no concedieron la citada petición, el caso ha llegado ante la Corte Europea de Derechos Humanos. Su sentencia declara que Suiza carece de una ley sobre la eutanasia que establezca criterios para practicarla, lo cual viola el derecho al respeto a la vida privada, reconocido en el artículo 8º del Convenio Europeo de Derechos Humanos.

Aunque la sentencia no es definitiva, revela hacia dónde se encamina el Tribunal. D’Agostino considera que esta sentencia supone “burocratizar el final de la vida humana, olvidando toda la lógica de la compasión, centrándose en determinar con precisión métodos y procedimientos para garantizar a las personas que su deseo de morir se considere definitivo y plenamente respetado”.

El sentimentalismo puede llevar al abuso de matar a una persona que sufre. Pero en el extremo opuesto se sitúa una normativa deshumanizada, que no acompaña y protege a la persona anciana o terminal en su situación de gran vulnerabilidad física y psicológica. La vida, afirma D’Agostino, “no se puede reducir a la pura dinámica biológica, sino que tiene un carácter espiritual y personal. El nacimiento, la educación, la construcción de una familia, el cuidado de los enfermos y ancianos, y sobre todo la muerte, no son dimensiones públicas, sino privadas. Por tanto, es conveniente confiarlas a la lógica cálida de la veneración, del respeto, de las tradiciones religiosas y de los valores; y no a una fría burocracia normativa. Es necesario que algunos jueces europeos vuelvan a abrir los ojos: hay que partir del mundo de la vida, y no de las normas si no se quiere deshumanizar nuestro nacer y nuestro morir, invocando unos disparatados derechos humanos”.

 

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