Día mundial contra el dolor

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hospital-de-paliativosEl pasado día 17 se celebró el día mundial contra el dolor y el 8 de este mismo mes el día mundial de los cuidados paliativos.

“El dolor sólo puede afrontarse, y ser derrotado, si es atendido. Negado y temido, crece” . Esta cita, de un conocido escritor del siglo XIX, tiene más vigencia que nunca en esta sociedad en la que nos encontramos en este momento, en pleno siglo XXI.

Porque cada día es mayor el número de personas dependientes, ancianas o que sufren enfermedades en fase avanzada sin expectativas de curación. Para estos casos, en los que aliviar, escuchar y acompañar es la opción más efectiva, existen los Cuidados Paliativos , un modo muy especial de atender a los pacientes y a sus familias. Es digno de citar la labor magnífica que se realiza en el hospital centro de cuidados Laguna en Madrid.

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Lo cierto es que los Cuidados Paliativos pueden erradicar, en el 100% de los casos, el dolor y los síntomas complejos a través de tratamientos especializados. Los Cuidados Paliativos surgen para asistir a las personas con atención profesional y cuidado personal; para dar una respuesta a su sufrimiento. Al del paciente y al de las familias; porque las enfermedades en fase avanzada no sólo las “padece” el enfermo; también los cuidadores. Son “los otros pacientes” .

¿Pero, por qué hay sufrimiento? ¿No podría ser la vida sin dolor: sin enfermedad, sin violencias, sin desgracias, sin temores…? ¿Por qué hay dolor –sufrimiento– en nuestra vida?

En cualquier caso, prevenir el sufrimiento y saber acerca de él, como el hecho de estar sano, requiere mucho trabajo. Hay personas que, por necesidad, obsesión o capricho, asumen esa tarea como un trabajo consciente, y se afanan por “estar en forma”, por cultivar el cuerpo y la psique, o alguna de sus cualidades: el bronceado, el músculo, la silueta, el corazón, la ausencia de colesterol en las arterias, de arrugas en la piel, etc. Es un tarea muchas veces ciertamente trabajosa, y casi siempre una forma más de sufrimiento. Un sufrimiento que se puede llevar muy bien, que se comprende, y que parece razonable aunque cueste, porque se suele apreciar pronto el fruto de ese trabajo. Por eso se trata de un sufrimiento que casi no lo es, pues la quintaesencia del sufrimiento es la falta de sentido en el dolor humano: sufre de verdad el que no sabe por qué. Esto sucede, por ejemplo, cuando el dolor es muy intenso y prolongado o sin esperanza de mejora y sin una visión trascendente de la propia existencia.

Parte de la cultura actualmente dominante incluye pensar que el hombre es capaz de casi todo o que lo será con el tiempo. Con esta mentalidad el dolor humano es inadmisible, si se considera como algo establecido e inseparable de nuestra condición. Estamos en una cultura en la que el sufrir tiene mala prensa, en la que dolor es hoy un dis-valor. Algo de verdad hay en ello, porque a lo que el hombre aspira es a la felicidad. Sólo que la felicidad no es lo mismo que el placer. La felicidad es amor y entrega. Con esa otra mentalidad, muy difundida, que identifica felicidad y placer, se tiende a evitar a toda costa lo molesto. Esa tendencia puede llegar a organizar la vida. El hombre, entonces, se hace débil, cada vez menos resistente al dolor. A alguien así el dolor le puede, pues la experiencia demuestra que el sufrimiento es imposible de erradicar.

Combatir el dolor está justificado “in casu”, pero no “in genere”, por la razón decisiva de que los dolores concretos obedecen a causas contingentes y caen dentro del radio de acción de los medios humanos. Pero la raíz del dolor como tal es honda y está sustraída a la acción humana (Polo, 1996), ya que se relaciona con la comprensión de la vida como don y como ocasión de amar.

Con mucha frecuencia tenemos grandes ideales pero son costosos, reclaman cierta dosis de sufrimiento. Hay que tener, entonces, un motivo verdaderamente ideal, una razón por la que me vale la pena pasar por “eso que no me apetece”: tener paciencia, poner más empeño, renunciar a los propios derechos… Esta actitud es lo que llamamos sacrificio. Mediante el sacrificio buscamos, sufriendo, algo superior. Por eso es cierto lo que decía Nietzsche –que a veces llevaba razón–: cuando un hombre tiene un por qué vivir, soporta cualquier cómo (Frank, 2005).

Es como decir que le vale la pena sufrir; porque, aunque el sufrimiento siempre cuesta, gracias a que soy capaz de sufrir, finalmente logro más de lo que pierdo.

Es lo de todos los días: el sacrificio del estudiante por sus calificaciones, el del atleta que se entrena para mejorar su marca, el del enfermo que acepta el tratamiento por su salud, o el cristiano que quiere mejorar su amor a Dios y se propone para ello unos minutos diarios de oración.

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