Dios y política

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ANA VELASCO VIDAL-ABARCA -ABC

Hace pocos días, Santiago Abascal, representante de varios millones de personas en el Congreso de los Diputados, intervino en la tribuna de oradores y, por primera vez en mucho tiempo, en esa Cámara se escuchó mencionar a Dios y pedirle ayuda. Y aunque habría a quien le pareciese un anacronismo, otros agradecieron profundamente sus palabras. Por fin, en un país de profundas raíces cristianas, un representante político se había atrevido a expresar en público lo que tantos sentían y querían escuchar.

Que se mencione a Dios en el Congreso es un soplo de libertad y ayuda a derribar el muro cada vez más grueso que se pretende levantar para evitar cualquier tipo de manifestación religiosa en las instituciones, como si fuese una prohibición tácita, como si la fe no se debiera mostrar ante el mundo, como si los que creen, los que se sienten reconfortados por su fe tuvieran que volver a las catacumbas.

Llama la atención, por ejemplo, que en la mayoría de los medios de comunicación se aluda constantemente a la labor de los psicólogos –muy importante, por supuesto– pero se obvie absolutamente el encomiable esfuerzo que hacen los sacerdotes y religiosos por estar cerca de los que sufren, entregando sus vidas al servicio de todos, creyentes o no. Y en la tragedia que nos está golpeando tan brutalmente, son precisamente los mayores los que reclaman más ese apoyo vital que en muchos casos no están recibiendo. Por eso fue un gesto de valentía y de empatía, que sobrevoló la censura impuesta por unos y aceptada por otros, que en el Congreso se recordase a Dios en nombre de los millones de españoles que en estos terribles momentos de zozobra, de dolor y de muerte, más que nunca, necesitan apoyarse en Él.

No somos menos demócratas por permitir que los hombres y las mujeres que representan políticamente a los ciudadanos defiendan que se pueda vivir la fe en libertad y en cualquier lugar, no solo en el ámbito privado. Al contrario. En Estados Unidos, una de las democracias más sólidas del mundo, todos los años el Congreso celebra el Día Nacional de Oración, que alienta a los estadounidenses a orar en ese día. Aquí, en cambio, algo así se consideraría sacrílego, valga la contradicción, porque se ha erradicado por completo a la religión de lo público.
Sin embargo, la realidad es que en España hay millones de católicos que en las trágicas circunstancias que estamos atravesando rezan y piden a Dios que nos ayude a superarlas.

Ojalá, con su ayuda y con grandeza de espíritu, esfuerzo, rigor, trabajo, entrega y generosidad, logremos entre todos vencer esta terrible pandemia que nos asuela.

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