El debate presupone la verdad

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Cuando comtemplamos los debates parlamentarios de los últimos tiempos en España, cada vez es más nítida la sensación de estar asistiendo a una representación de palabrería hueca que no busca la verdad y el bien auténtico de la nación.
La democracia, como foro de diálogo, presupone la verdad. Allí donde no hay verdad, no hay debate. Si se dan posiciones diversas que entran en confrontación dialógica, es porque se presupone que hay razones que pueden tener más peso que las demás.

La opinión de muchos tiene valor, no porque sean muchos, sino porque se presume que hay más facilidad de acierto cuando la misma realidad se contempla desde diferentes perspectivas. Un jurista del siglo XIII, Sinibaldo dei Fieschi, que luego fue el Papa Inocencio IV, hizo célebre la máxima latina per plures melius veritas inquiritur (a través de muchos se alcanza mejor la verdad) Que vulgarmente podríamos traducir como “cuatro ojos ven más que dos”. Pero esto no significa que por ser cuatro, y no dos, tengan razón, sino que tienen más posibilidad de tenerla, presuponiendo que todos son igualmente capaces.

En cualquier caso, ya sea un debate entre cuatro, ya sea entre cuatrocientos, únicamente es posible un discurso público racional sobre la base de un criterio común, que trascienda la voluntad individual; un discurso que permita justificar la validez de unos comportamientos y la prohibición de otros. Sobre esta base no habría lugar para un mero conflicto de intereses, sino para un diálogo verdaderamente racional, donde unos argumentos valdrían realmente más que otros, precisamente porque son más fieles a la realidad que otros.

Por principio, la democracia vive de la confianza en la posibilidad de un entendimiento racional. Donde no hay posibilidad de argumentar sobre algo que precede y vincula la voluntad de los interlocutores, no hay más que conflicto de intereses, en el que se termina imponiendo el que tenga más fuerza, no el que tenga más razón.

En las primeras líneas del De Interpretatione, Aristóteles sostiene que las lenguas que hablan los hombres son expresión de los pensamientos, y éstos, a su vez, se refieren a las cosas reales y verdaderas, que son las mismas para todos. La realidad pura y dura es el espacio común en el cual los seres humanos podemos encontrarnos y de donde surge la comunicación. «Y, así como las letras no son las mismas para todos, tampoco los sonidos son los mismos. Ahora bien, aquello de lo que esas cosas son signos primordialmente, las afecciones del alma, son las mismas para todos, y aquello de lo que éstas son semejanzas, las cosas, también las mismas.» (Aristóteles, De Interpretatione: I,1) La verdad es primariamente las cosas mismas en cuanto se abren al conocimiento y a la comunicación; y por relación con las cosas mismas, también se llama verdad a los pensamientos y los discursos que hablan de ellas. La palabra ―dice Aristóteles― existe para hacer manifiesto lo bueno y lo malo, lo justo y lo injusto. Y la comunidad de estas cosas es lo que constituye la familia y el Estado.

A este respecto escribe Aristóteles: «Si el hombre es infinitamente más sociable que las abejas y que todos los demás animales que viven en grey, es evidentemente, como he dicho muchas veces, porque la naturaleza no hace nada en vano. Pues bien, ella concede la palabra al hombre exclusivamente. Es verdad que la voz puede realmente expresar la alegría y el dolor, y así no les falta a los demás animales, porque su organización les permite sentir estas dos afecciones y comunicárselas entre sí; pero la palabra ha sido concedida para expresar el bien y el mal, y, por consiguiente, lo justo y lo injusto, y el hombre tiene esto de especial entre todos los animales: que sólo él percibe el bien y el mal, lo justo y lo injusto y todos los sentimientos del mismo orden cuya asociación constituye precisamente la familia y el Estado» (Aristóteles, La Política, I,2).

Vemos, por lo tanto que el fundamento de la democracia no es el relativismo, sino la capacidad de verdad y de entendimiento racional entre los hombres. Es precisamente la comunidad de los valores formada y puesta de manifiesto por el discurso racional, lo que da lugar a la comunidad política y hace posible la democracia.

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