El desencanto

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Artículo de Emilio Montero Herrero

Las encuestas muestran que la opinión de los españoles sobre el escenario político deja mucho que desear. Nuestra situación económica, quizás la peor de la OCDE; el desempeño frente a la pandemia, uno de los peores en todas las estadísticas en cuanto a infectados y fallecidos; las cifras de paro, una de las peores de la zona euro, o los niveles de desigualdad social, uno de los más acentuados de Europa, entre otros indicadores, preocupan mucho a los españoles.

Sin embargo, el debate político discurre sobre ocupación y reparto de poder. Ahí tienen la marea de mociones de censura, adelantos electorales, transfuguismo y ausencia de principios sólidos, con un gobierno dividido y enfrentado como se mostró de forma pública e internacional en el asunto de la extradición de Puigdemont.

Este grado de irresponsabilidad y egoísmo del que hace gala nuestro panorama político, es buena ocasión para reflexionar sobre el momento en que vivimos y plantearnos cuáles pueden ser las causas últimas del ambiente que ahora nos rodea; de este desbarajuste sin sentido y de la ausencia de la escena pública de tantos y tantos hombres y mujeres como de seguro existen con ideas claras.

Es evidente que la creciente degradación de la vida pública en España está alcanzando un punto muy preocupante, que amenaza con desarticular el sistema sin que se pueda determinar hacia dónde nos conducirán los nuevos vientos. Lo más llamativo de todo es la ausencia seria de reflexión política entre la ciudadanía, la intoxicación de numerosos medios de comunicación, y el inmenso poder acumulado por unos partidos políticos de los que se recela como si fueran sociedades cuyo único objeto fuera el de servir a sus intereses.

De esta forma, España parece un barco que naufraga a pesar del inútil esfuerzo por taponar las vías de agua y de achicarla, con parte de la tripulación amotinada y sin que se vea a nadie capaz de llevarlo a dique seco para reparar las averías. En este sentido, es muy generalizada la opinión de que nunca tantos y tan malos estuvieron al frente del país, cumpliéndose en muchos lo que dijo Nietzsche: “La política es el campo de trabajo para ciertos cerebros mediocres”.

Y uno se pregunta qué subyace bajo este desorden que ahora vivimos, una situación en la que ni siquiera funciona el sentido común, esa “ultima ratio” que para nosotros fue lugar de encuentro; ese lugar forjado por siglos de cultura que nos permitía ponernos de acuerdo en algo sustancioso aunque fuera ya en última instancia. Pero este recurso tan razonable como compartido en otro tiempo es hoy rechazado, así que da lugar a una ruptura radical con mucha gente razonable y bien formada que aún existe; gente que se desmarca del vaivén político y se refugia en el cumplimiento del deber o en su trabajo.

Me atrevo a situar la raíz del momento que hoy vivimos en un relativismo patrocinado desde el poder político y que rechaza la existencia de cualquier base firme y convincente que pueda o deba ser aceptada por su propio peso. Una actitud que nos obligará a explicar constantemente lo evidente, pues sólo se consentirá la norma de la llamada “corrección política”, un eufemismo que no es otra cosa que una imposición ideológica. Así, pues, cualquier solución y cualquier ley escrita suele ser la consumación de la victoria de unos intereses propios sobre los de otras personas a las que se verá como disidentes, pues se ha llegado a un punto en que lo que es bueno o malo, correcto o incorrecto deberá ser conforme a la norma de comportamiento confeccionada en ese laboratorio ideológico.

Este relativismo demoledor y creciente desgobierno, además de oscurecer nuestro futuro, trata de borrar nuestra experiencia y de poner patas arriba los principios de nuestra cultura y nuestra forma de entender la vida. Muchos políticos apelan a que debemos ser más pragmáticos, pero una cosa es ser pragmático y otra cosa es tener tragaderas.

Los ciudadanos deberíamos reivindicar la intransigencia como virtud ante el bochornoso espectáculo que los políticos nos están brindando y exigirles que nos devuelvan la fe, que piensen realmente en la situación actual, que lo que requiere es un esfuerzo común de todos dejando a un lado intereses partidistas y partidarios, y que muestren más interés por España en medio de una pandemia devastadora y de una recesión sin precedentes.

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