Ser críticos en lo que leemos o visionamos

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Vivimos en una sociedad invadida por las opiniones vertidas en las redes sociales, los mensajes de whwtsaap y las diversas posibilidades de ocio y divertimiento que nos proporcionan las televisiones o las diversas plataformas en streaming. Esa búsqueda ansiosa de llenar de contenidos y de información cada una de las horas del día, tiene una consecuencia evidente: la gente ya no se plantea la verdad de lo que lee, ve o escucha.

Detrás de esta actitud está la idea relativista según la cual nuestros valores están totalmente condicionados por la cultura en la que vivimos, que todo lo aprendemos de los demás. Ciertamente hay muchas normas aprendidas, como las del fútbol o las de tráfico, que son inventadas por los hombres, pero también hay otras muchos criterios de conducta que nos enseñan los demás pero que responden a una realidad objetiva que el hombre no ha inventado. Antes de que nuestra mente creara las reglas del fútbol, no existían, porque el fútbol es un invento de los hombres, y por eso nos podemos poner de acuerdo y cambiarlas cuando nos dé la gana. Pero no sucede lo mismo con las reglas matemáticas o físicas. Por lo tanto, el hecho de que aprendamos a través de la sociedad en la que vivimos, no prueba que todo lo que nos enseña sea relativo.

Se ha producido lo que podríamos llamar el monopolio de la perspectiva filológica, excluyendo el contenido de verdad de las diferentes opiniones por eso, como hemos dicho, la gente no se pregunté ya por la verdad de lo que lee. En el mejor de los casos, se plantea las influencias que tuvo el autor, la evolución del escritor, lo que quiso decir, etc. Comentando un pasaje del libro de C. S. Lewis “Cartas del diablo a su sobrino”, el entonces cardenal Ratzinger escribía: “El modesto demonio había manifestado a su superior la preocupación que tenía de que precisamente personas especialmente inteligentes leyeran los libros de sabiduría de los antiguos y de esta manera pudieran llegar a descubrir los vestigios de la verdad. Screwtape le tranquiliza señalándole el punto de vista histórico, al que las personas doctas del mundo occidental habían llegado, convencidos felizmente por los espíritus infernales, y este punto de vista significaba “que la única cuestión que con seguridad no se plantearía nunca sería la que trataba acerca de la verdad de lo leído; en vez de eso, se formularían preguntas acerca de las influencias y dependencias, acerca de la evolución del correspondiente escritor, acerca de su influencia histórica, etc.” (Ratzinger, 1985: cap. II.2.3).

Además, el relativismo lleva al snobismo intelectual: más pendiente de novedades que de verdades, más pendiente de quién habla que de lo que dice. Incluso, los hay tan superficiales, que valoran más los pensamientos cuando son dichos o escritos en inglés o en alemán. Como manifestación de esta actitud intelectual, el relativismo con frecuencia induce a muchas personas a escribir con una sintaxis complicada, con un léxico inusual y rebuscado, para hacer creer que sus pensamientos son muy profundos, y lo peor es que la gente se lo cree. “Entre los tontos –decía Balzac- el vacío se parece a la profundidad. Para el que es vulgar, la profundidad es incomprensible. De ahí viene quizás la admiración del pueblo por todo aquello que no comprende”

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