El ejemplo de D. Luis de Moya

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D. Luis de Moya – El sentido del dolor

Cada vez va a ser más elevado el número de personas que habiendo superado su enfermedad por Covid 19, intenten volver a su vida normal y se encuentren con un período más o menos largo de dura recuperación. A continuación reflejamos la experiencia de D. Luis de Moya, sacerdote y médico, que quedó parapléjico después de un accidente de coche. Aunque salvando las distancias, las experiencias que nos cuenta al volver a casa, pueden servir de pauta para la convalecencia después del coronavirus.

“Enseguida entendí que era importante tener ocupado el tiempo, no sólo por virtud sino también para lograr una mejor y más pronta recuperación. No se trataba de llenarlo con cualquier actividad. Era importante que lo que hiciera me sirviera de verdad, que fuera útil. En qué ocupar el tiempo era cosa mía. Lo primero era distraerme, para descansar y liberar tensiones. Pero progresivamente pude dedicarme a leer, a atender con agilidad a las visitas y, pronto, a trabajar otra vez con la cabeza. Con suavidad, al principio, pero con decisión, a instancias de la doctora.”

“Todos los días, en esos primeros momentos, reservé un tiempo para estudiar historia. Siempre había sido consciente de su importancia para cualquier otra actividad intelectual. Ahora podría dedicarle tiempo. No me supondría un excesivo esfuerzo y sí un evidente enriquecimiento, muy útil para mi labor como sacerdote, como profesor y, en general, para mi continuo trato con la gente.”

“No era difícil organizarse, contando con la dificultad, fácilmente subsanable, de que alguien debía pasarme las páginas del libro según iba leyendo. Porque intenté, con relativo éxito, varios sistemas para pasar yo mismo las páginas sin emplear las manos, pero en definitiva no era tanto problema pedirle a quien me acompañaba –siempre estaba con alguien– que me pasara la página. Esto era más infalible y también más sencillo que los demás sistemas que probé. He de reconocer aquí mi falta de constancia y mi comodidad. Después, al utilizar el ordenador superé casi todos los problemas para leer y también para escribir.”

Aquel trabajo, aparte del valor que tenía en sí mismo, me servía como tratamiento rehabilitador de mi actividad intelectual, bastante deteriorada en las semanas anteriores por el traumatismo y la falta de ejercicio mental. Llevaba ya dos meses apartado de las tareas propias de mi trabajo, pensando lo mínimo, lo imprescindible para mantener una conversación superficial. El ritmo natural de la Clínica me llevaría, si no lo evitaba, a dejar de lado mi mundo de antes, el que me estaba esperando ya fuera de aquellas cuatro paredes.

“Por fortuna, mi médico era un médico de personas, de seres con espíritu. Y así como vigilaba los resultados de los análisis que llegaban del laboratorio, seguía también de cerca el ritmo de mi cabeza y la eficacia de mis horas de trabajo. Expresamente me advirtió que volver a una actividad como la de antes no me iba a resultar sencillo. No sabría decir si fue fácil o no, ni si ya trabajo como en otros tiempos, pero lo que es evidente es que su fortaleza y su intransigencia en los momentos de rebeldía que tuve, han contribuido de forma decisiva a mi saludable estado actual.”

“Cada jornada me sucedía lo mismo que en otros tiempos: que por la noche me encontraba con varios asuntos pendientes que debían esperar para otro día. Aunque procuraba organizarme bien, los imprevistos, las visitas ineludibles ocupaban a veces el tiempo de estudio de la historia, o el momento de contestar unas cartas… La historia, como la estudiaba solo, por mi cuenta, llevaba siempre las de perder.”

Veía con gran claridad que en el futuro debería cuidar al máximo mi formación intelectual que es, en cierta medida, el fundamento de mi labor de sacerdote. Además de mi vida de oración, necesito estudiar mucho –más que antes–, para que nadie incurra en el defecto de acercarse a mí porque despierto compasión o por mi original aspecto. Sé que ese interés sólo se mantendría mientras durara la novedad. Aparte de que siento una poderosa impresión de normalidad a pesar de las ruedas. Únicamente pretendo convencer con la fuerza de la gracia de Dios, con mi vida y con argumentos intelectuales que, de ordinario, se adquieren sólo con estudio constante y con trabajo.

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