El holocausto de la eutanasia

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eutanasia_0A menudo la eutanasia se centra en los aspectos técnicos que rodean el acto de morir, pero no se tienen en cuenta consideraciones más profundas. En un artículo publicado en The Calgary Herald, la profesora canadiense Margaret Somerville, profundiza en el tema:
“Tradicionalmente, hemos recurrido a la religión o a la espiritualidad para abordar el misterio de la muerte que siempre encierra incertidumbre y esta sensación produce ansiedad. Para reducir el miedo hay que tratar de tomar el control convirtiendo el misterio de la muerte en el problema de la muerte y buscar una solución técnica. La eutanasia aparece entonces como una respuesta: la muerte es vista como un problema, y no como un misterio, y la solución propuesta a ese problema es la inyección letal”.

Uno de los medios que propone Somerville consiste en llenar nuestra vida del espíritu humano. “Se trata de esa realidad intangible que cada persona debe encontrar para dar sentido a su vida; esa realidad profunda que nos hace sentirnos conectados a los demás; esa realidad sobrenatural que necesitamos para experimentar plenamente la vida humana”.

El espíritu humano es el medio a través del cual podemos generar el sentimiento de pertenencia a un Ser trascendente. Se trata de fomentar “los valores opuestos al individualismo y al narcisismo, que son precisamente las plagas que nos impiden descubrir la experiencia del espíritu humano”. 

Para superar el miedo a la muerte es necesario alimentar la esperanza. “La esperanza es el oxígeno del espíritu humano; sin ella, el espíritu muere; con ella, podemos superar los obstáculos más complejos. La esperanza nace gracias a un sentido de conexión con el futuro”.

 “Somos seres humanos en busca de sentido; esa búsqueda es la esencia de la humanidad. La eutanasia es la respuesta a una pérdida de sentido en relación con la muerte y su práctica aumenta esa pérdida. De nuestra capacidad de encontrar sentido a la vida puede depender también nuestra capacidad de encontrar sentido a la muerte”. 

Nada ni nadie puede darnos la aprobación para asesinar a un ser humano inocente, ya sea un feto, un embrión, un bebé, un adulto, un longevo o un doliente en su irremediable desenlace final.

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