El legado espiritual de la Madre Teresa

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Servir a Cristo en los pobres

Madre TeresaEl trabajo de las Misioneras de la Caridad ha llegado a los cinco continentes y ha servido para cambiar el modo de tratar a los pobres: “Antes mucha gente hablaba sobre los pobres, pero ahora cada vez más gente está hablando con los pobres. Esta es la gran diferencia. (…) Los pobres deben sentirse queridos y aceptados. Son Jesús para mí. Creo en esto más que en hacer grandes cosas para ellos”, declaraba a la revista Time (4-XII-89).

Pero tantas obras de misericordia no se resumen en el simple esfuerzo de brazos. “Podemos emborracharnos a trabajar -decía la Madre Teresa-. Si lo que hacemos no está permeado de amor, nuestro trabajo será inútil a los ojos de Dios” (4).

Su esfuerzo es cristiano en su origen y en su fin, y por eso ha llegado a ser tan humano. “Suelo decir a mis Hermanas que cada vez que servimos con amor a Cristo en los pobres, no lo hacemos cual si fuéramos asistentas sociales. Lo hacemos en calidad de almas contemplativas en el mundo” (5).

Aunque es común la idea vaga de que las Misioneras de la Caridad se dedican sobre todo a la atención material de los pobres, en todo el mundo se repite lo que sucedió en 1976 al inaugurar su primera casa en la capital de México: “Todas las zonas que las Hermanas visitaban por las afueras eran extremadamente pobres. Las peticiones de la gente produjeron mucha sorpresa en las Hermanas. Lo primero que pedían no era ropa, medicinas o alimentos. Se limitaban a pedir: – Hermana, háblenos de Dios” (6).

La pobreza de los ricos

Habiendo fundado su congregación en un país tan pobre como la India, ¿por qué la Madre Teresa ha permitido que sus Hermanas misioneras fuesen a países más desarrollados? A esta objeción respondía que “en los países occidentales existe otra clase de pobreza, la del espíritu, que es mucho peor. La gente ya no cree en Dios, no reza… Está insatisfecha con lo que tiene; le aterra el sufrimiento y esto le lleva a la desesperación. Es una pobreza del alma, una sequedad del corazón que resulta mucho más difícil de remediar” (7).

Es una pobreza que cada uno puede intentar remediar. “El hambre no es sólo de pan. Es mucho peor el hambre de amor. La soledad se extiende cada vez más en Occidente, y la gran pobreza es no ser querido. (…) Debemos buscar a los pobres, primero en nuestro hogar; después, entre los vecinos, en el barrio, en nuestra ciudad y en todo el mundo” (8).

Su gran preocupación por los pobres -en atención de los cuales las Misioneras añaden un cuarto voto religioso a los tres tradicionales- no altera en absoluto el orden de la caridad. Y decía: “El amor empieza al dedicarnos a quienes tenemos a nuestro lado: los miembros de nuestra propia familia. Preguntémonos si somos conscientes de que acaso nuestro marido, nuestra esposa, nuestros hijos, o nuestros padres viven aislados de los demás, de que no se sienten queridos, incluso viviendo con nosotros. ¿Nos damos cuenta de esto?” (9).

Más que dinero, la Madre Teresa pedía a la gente que diera lo que más cuesta: nuestro tiempo, la propia vida. “Prefiero que la gente nos eche una mano en el servicio a los necesitados y les ofrezca su amor concreto, empezando por los pobres de sus hogares y familias: por los que tienen más cerca” (10).

A los padres les animaba a educar a sus hijos en la sobriedad: “Los jóvenes de hoy, como los de cualquier tiempo, son generosos y buenos. Pero no debemos engañarlos estimulándoles a consumir diversiones. La única manera de que sean felices es ofrecerles la ocasión de hacer el bien” (11).

Una sencilla anécdota sucedida en la India refleja cómo exigía y con qué sentido común a las personas que viven con holgura: “Una señora comentó con la Madre Teresa que todos los meses se compraba un sari que le costaba quinientas rupias.

– Cómprese uno que le cueste cuatrocientas y dé las cien restantes a los pobres. La señora lo hizo. Al cabo de un mes, le aconsejó que se comprara uno de trescientas y diese las doscientas restantes a los pobres. La señora obedeció. Lo mismo sucedió cuando, al mes siguiente, le dijo que se comprara uno que valiese doscientas. Finalmente, cuando le aconsejó que se comprara uno de cien añadió:

– Ya está bien. Por cien rupias, todavía puede comprarse un sari digno de su posición. Está usted casada con un alto funcionario y no puede hacer de menos a su marido” (12).

Que recen más

Otro de sus públicos secretos es la importancia que concedía a la oración, a la Eucaristía diaria o a la Confesión. Las Misioneras de la Caridad empiezan el día con la Misa, la acción de gracias y un rato de oración y lo culminan con una hora de adoración a Jesús sacramentado. Porque para ella, “lo más importante que puede hacer un ser humano es rezar”.

Por eso, cuando un periodista norteamericano le preguntó: “- ¿Tiene usted algún mensaje especial para los norteamericanos, Madre?”. Ella repuso sin vacilar: “Sí, que recen más” (13).

Ella afirmaba que “se puede rezar en cualquier momento, en cualquier parte. No hace falta estar en una capilla o iglesia. Se puede rezar en el trabajo: el trabajo no tiene que impedir la oración, como la oración no tiene que impedir el trabajo. (…) Sin oración yo no podría trabajar ni media hora. Dios me da fuerzas a través de la oración (…)” (14).

Y cómo rezar?: “Siempre empiezo a rezar en silencio, porque es en el silencio del corazón donde habla Dios. Dios es amigo del silencio: necesitamos escuchar a Dios porque lo que importa no es lo que nosotros le decimos sino lo que Él nos dice y nos transmite (…). Cuando tienes un corazón limpio, quiere decir que eres sincero y honesto con Dios, que no le ocultas nada, y eso le permite tomar lo que Él quiere de ti” (15).

Y se puede recobrar la limpieza de corazón, aunque se haya manchado. “Si algo te remuerde la conciencia, puedes ir a confesarte si eres católico y salir totalmente limpio, porque Dios lo perdona todo a través del sacerdote. La confesión es un maravilloso don de Dios al que podemos acercarnos manchados de pecado y salir totalmente purificados. Sin embargo, tanto si vas a la confesión como si no, tanto si eres católico como de otra religión, debes aprender al menos a pedir perdón a Dios” (16).

En una entrevista para el periódico belga De Standaard (25-XII-95) le preguntaron cuál era su testamento espiritual, el mensaje que dejaría a la posteridad. Y respondió: “Amaos los unos a los otros como Jesús os ama. En realidad no tengo nada que añadir al mensaje que nos trajo Jesús. Para poder amar hay que tener el corazón puro. Y para tener un corazón puro hay que rezar. El fruto de la oración es profundizar en la fe, y el fruto de la fe es el amor. El fruto del amor es el servicio al prójimo y esto lleva a la paz”.

Toda vida es valiosa

En coherencia con su tarea de servicio a los pobres, niños y enfermos, la Madre Teresa ha combatido con decisión la eutanasia y el aborto.

Una mujer que en sus 87 años ha ayudado a tantos moribundos y ha contemplado tantas agonías largas no veía ninguna necesidad de la eutanasia: “No tenemos derecho. Tenemos que ayudar a los moribundos cuidándoles y haciéndoles notar que aún se les quiere. Muchos de esos hombres que quieren poner fin a su vida piden eso porque sienten que no son deseados ni amados a su alrededor. Las mejores medicinas son la ternura, el cariño y el amor” (17).

A mediados de la década de los años 80 empezó a extenderse el SIDA. Muchos médicos y hospitales rechazaron a estos enfermos por el peligro de contagio. En 1986 la Madre Teresa se plantó ante el alcalde de Nueva York para que le diese un local donde atenderlos. “Antes mucha gente se suicidaba cuando descubrían que tenían el SIDA. Pues bien, ninguno de los admitidos en nuestras casas muere con desesperación o amargura. Todos, también los no católicos, mueren en paz con Dios” (18).

El mismo deseo de defender la vida, le llevó a alinearse contra la proliferación del aborto. “Un país que permite el aborto es un país muy pobre, porque tiene miedo de un niño y el miedo es siempre una gran pobreza” (19).

“Los niños que aún no han nacido son los más pobres entre los pobres. (…) Yo siempre les digo a los médicos de los hospitales de la India que no maten jamás a un niño. Si nadie lo quiere, me lo quedaré yo. Veo a Dios en los ojos de todos los niños. Acogemos a cualquier niño no deseado y posteriormente le buscamos un hogar para que sea adoptado. Todo el mundo se preocupa por los niños inocentes que mueren en las guerras y querríamos evitarlo. Pero ¿qué esperanzas hay de impedirlo si hay madres que matan a sus propios hijos” (20).

En uno de sus frecuentes manifestaciones en defensa del no nacido (21), la Madre Teresa sostenía que si la mentalidad anticonceptiva entraba en una pareja, el aborto se colaría fácilmente. Siguiendo la enseñanza de la Iglesia, las Misioneras de la Caridad enseñan a los pobres métodos naturales de planificación familiar.

La explicación de por qué los difunden tiene mucho que ver con la generosidad que mueve sus vidas: “Al destruir el poder de dar la vida con la anticoncepción, el marido y la esposa se dañan a sí mismos. Esto hace que centren toda su atención en sí mismos y que destruyan el don de la vida que hay en ellos. Al revés, cuando el marido y la esposa se aman verdaderamente, cada uno dirige toda su atención al otro, de modo recíproco, recurriendo al método natural de planificación familiar, y nunca a los métodos anticonceptivos. Una vez que el amor se destruye con el uso de los métodos anticonceptivos, el aborto es algo que entra fácilmente en la mentalidad de la pareja”.

El valor del sufrimiento

Tal vez la faceta que más admira de la Madre Teresa y de su congregación es su presteza para abordar el sufrimiento, que tanto espanta.

Pero para la Madre Teresa “el sufrimiento en sí mismo no tiene valor alguno”. Lo que cuenta, “el mayor don de que podemos disfrutar es la posibilidad de compartir la Pasión de Cristo” (22). “A quienes dicen admirar mi coraje tengo que decirles que carecería por completo de él si no estuviese convencida de que cada vez que toco el cuerpo de un leproso, el de alguien que despide un olor insoportable, estoy tocando el cuerpo de Cristo, el mismo Cristo a quien recibo en la Eucaristía” (23).

José María Garrido (Aceprensa)

 

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