El microorganismo que nos cambió la vida

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EMILIO MONTERO HERRERO

Parecía que la sociedad avanzaba a un ritmo de progreso casi imparable, confiando plenamente en las increíbles capacidades del hombre. Sin embargo, aquello que parecía tan lejano y tan pequeño, ha entrado en nuestras acomodadas vidas, creando muchos y serios estragos.

Por culpa de un pequeño ser vivo, tan pequeño que sólo se puede observar bajo un buen microscopio, esa confianza ha entrado en crisis, convirtiendo nuestra vida en una amenaza, con miles de personas fallecidas, más de cien mil contagiadas y millones las que padecemos, cada uno a su nivel, la gravedad y dureza de esta crisis.

Las personas necesitamos y buscamos una seguridad, nos gusta mucho hacer planes, tener el control de nuestra vida, nos gusta la planificación. Pensamos que si nos ponemos enfermos los médicos nos cuidarán, que si nos quedamos en paro la seguridad social nos subsidiará, que si tenemos dinero en la cuenta podremos afrontar todos los imprevistos y que si disponemos de un buen plan de pensiones tendremos una vejez tranquila.

Y de repente, casi sin darnos cuenta, la situación actual nos ha generado una inquietud insoportable de no saber que es lo qué va a pasar, de pensar que nuestra vida está en manos de un microorganismo genético que no controlamos y que nos puede ocasionar cosas temibles a nosotros y a nuestros seres queridos.

Nos hemos percatado que todas esas cosas que nos daban confianza no sirven, que los médicos no lo pueden todo, que nuestro negocio y nuestro empleo están en peligro de un día para otro y que todo lo que habíamos previsto se viene abajo. Y es que nuestra vida no está en nuestras manos. Está muy bien ser previsor, pero finalmente nos chocamos ante nuestra impotencia y nuestra pequeñez.

Esta desconfianza se agrava con los bulos que circulan por doquier en las redes, y con un discurso político que no termina de convencer por sus frecuentes rectificaciones y sus medidas contradictorias y desordenadas ante esta pandemia.

Llama la atención, por ejemplo, el timo bochornoso de los 650.000 test comprados a los chinos o que el acopio de material sanitario esté siendo un calvario, con pedidos que nunca llegan, cuando hay comunidades autónomas y particulares que lo obtiene sin tantos problemas. También es llamativo que no logremos saber cuándo tendremos una provisión razonable de test, o si es definitivamente necesaria la mascarilla, asunto sobre la que se han ofrecido hasta cuatro versiones. Primero que no, luego que sí, más tarde que puede y finalmente que las regalarán en el transporte público.

Y es que si queremos recuperar nuestra vida normal, además de las medidas preventivas por todos conocidas, son imprescindibles los test masivos para hacer un seguimiento correcto de la pandemia, y como consecuencia poder desarrollar los planes adecuados para erradicarla. Pero no solo test rápidos para detectar los focos de contagio de enfermos y asintomáticos, y de esta forma poder aislarlos y evitar los contagios, también los test rápidos de tipo serológico, muy útiles al detectar los anticuerpos, y por tanto para saber las personas que ya son inmunes por haber vencido a la enfermedad, lo que asegura su incorporación a sus puestos de trabajo con menos riesgos.

Otra cuestión que preocupa es la de no conocer con una mínima exactitud el cómputo de fallecidos. Todos podemos entender la avalancha, el caos, las morgues improvisadas y los tanatorios desbordados, pero lo que no se entiende es que a estas alturas no se reconozca al menos que es mucho mayor el número de fallecidos. Lo saben los registros, los tanatorios y los juzgados. Es una simplemente operación matemática. Basta con restar las personas que fallecieron el año pasado en el mismo periodo. Seguramente el resultado nos deje helados.

Otro dato muy negativo para España es que, desgraciadamente, las tasas de fallecidos y contaminados por cada millón de habitantes es la más alta del mundo, lo que junto con el mayor porcentaje de sanitarios contagiados, más de 20.000, nos sitúa con la peor tasa de incidencia del Coronavirus a nivel mundial, según el Centro Europeo de Prevención de Enfermedades.

A la vista de todas estas realidades, cualquier observador imparcial se da cuenta de que las cosas no se han hecho razonablemente bien. Las causas: ¿la nefasta autorización de las manifestaciones masivas del 8 M y otras reuniones multitudinarias?, ¿la desinformación?, ¿la improvisación?, ¿la mala gestión?, ¿mentir sobre la gravedad del coronavirus?, ¿no tomar medidas de contención en las fronteras?, ¿llegar tarde a limitar la pandemia, cuando era posible en sus inicios?, ¿no haber actuado a tiempo a pesar de conocer las reiterativas advertencias de la OMS…? Se deberá investigar con rigor las causas para que los errores no se vuelvan a repetir y pedir las responsabilidades que, en su caso, dieran lugar. El sufrimiento está abriendo muchos ojos. Ahora en la cuarentena la gente tiene mucho tiempo para informarse y reflexionar.

Al final, a pesar de los grandes problemas que pueden esperarnos de esta pandemia, veremos el final del túnel y saldremos adelante. Hay miles de personas muy inteligentes en el mundo, científicos e investigadores, que encontrarán la solución a esta tragedia.

De momento, la enseñanza que podemos sacar de esta crisis es que cuando el hombre cree que ha dominado al mundo, cuando se olvida de su pequeñez y de Dios, llega una simple partícula y nos recuerda que no somos nada, que somos frágiles y que en cualquier momento podemos morir, dejando en la tierra lo que hemos acumulado con esfuerzo, desde la ambición hasta el poder, la riqueza y la familia.

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