El pensamiento de Stalin

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José Carlos Martín de la Hoz – Club del lector

El reciente trabajo del profesor David L. Hoffmann de la Universidad de Ohio en Estados Unidos, editado recientemente en España por ediciones Rialp, sobre la vida y la obra de Jósif Stalin (1878-1953), supera los ámbitos de una biografía convencional, para convertirse indudablemente en un fecundo y documentado estudio de filosofía de la historia y, en concreto, de la ideología marxista-leninista que merece la pena ser leído con detenimiento, no sólo por nuestros intelectuales y los jóvenes universitarios.

En efecto, en este documentado trabajo se pueden leer con provecho la amplia y ordenada historia del gobierno de Stalin de la revolución rusa, desde la muerte de Lenin cuando alcanzó el poder, hasta su muerte en 1953, cuando, finalmente el Partido comunista ruso decidió dar la noticia al mundo entero, a través de radio Moscú, en la madrugada del 6 de marzo, después de muchas horas de emitir sólo música clásica, de la muerte del estadista.

La obra culmina con la confesión secreta que realizó a puerta cerrada a los delegados el nuevo líder del Partido Comunista Ruso, Nikita Kruschev, en 1956, al término del 12º Congreso del Partido donde explicó que Stalin había recibido culto a la persona lo que iba en contra la del principios básicos del marxismo leninismo, así como reconoció que había encarcelado y ejecutado “a miles de comunistas inocentes en la Gran Purga. Siguió citando oras numerosas violaciones de la legalidad soviética. También habló mal del liderazgo de Stalin durante la Segunda Guerra Mundial. Señaló que no puso a las tropas en alerta a pesar de los numerosos avisos de que la invasión era inminente, añadiendo que muchos oficiales del ejército purgados supusieron un gran lastre durante la contienda” (258).

Enseguida, señalará que Kruschev logró parar “el culto a Stalin y la práctica de utilizar la policía secreta para arrestar a miembros del Partido” Asimismo señala que él mismo fue derrocado en 1964, sin haber criticado: ” la violencia de la deskulakización, que él había apoyado. No mencionó la horrenda hambruna de 1932-1933 que resultó en la colectivización, y reforzó el sistema de granjas colectivas en vez de desmontarlo. Tampoco critico la economía planificada estalinista ni su modelo de industrialización, aspectos de los que él como otros dirigentes se enorgullecía. La economía soviética siguió siendo enteramente controlada desde el gobierno, sin mercados libres ni propiedad privada” (259).

La conclusión es clara: Stalin aplicó la dialéctica marxista leninista con todo rigor y sin que el pulso le temblara, pues sabía que sería juzgado por la historia y por el pueblo. Las purgas, métodos de autocrítica y asesinatos en masa son pura aplicación de una ideología para la que el hombre no es nada hasta que no toma conciencia de clase y se pone al servicio del Partido y puede y debe ser eliminado en las sucesivas revoluciones internas según el materialismo dialecto vaya dictando. Es, por tanto una locura que se opone frontalmente a la dignidad de la persona humana y a la que solo se combate con el máximo respeto a la libertad y a la dignidad de cada persona humana.

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