El significado histórico de la pandemia

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Jaume Aurell Nuestro Tiempo

Si preguntáramos a los ciudadanos cuáles son los acontecimientos con mayor trascendencia de los últimos cien años, posiblemente citarían tres hechos políticos —el final de la Segunda Guerra Mundial en 1945, la caída del Muro de Berlín en 1989 y el atentado de las Torres Gemelas en 2001—, tres económicos —el crack del 29, la crisis energética de 1973 y la financiera de 2007— y dos culturales —la revolución de 1968 y la primera gran expansión de internet en 1991—. Hay razones suficientes para concluir que la pandemia del coronavirus de 2020 se unirá a estos ocho momentos. Muchos intelectuales —el último de la lista, el filósofo político John N. Gray— han hablado incluso de que constituirá un «punto de inflexión» en la historia.

La humanidad ha experimentado, repetidamente, su incapacidad absoluta para prever el futuro. En los ochenta, el Muro de Berlín parecía que podía sobrevivir decenios. Y, de repente, cayó. También durante esos años, los pensadores auguraban infortunios y esperanzas con la llegada del nuevo milenio, pero ninguno vislumbró la innovación que realmente iba a cambiar nuestras vidas: internet.

Sin embargo, nadie puede negar que la experiencia que tenemos los historiadores de analizar el propio pasado humano contribuye a comprender el presente. En torno a la pandemia actual la primera cuestión es: ¿a qué otros eventos podemos compararla? Sin duda, a la peste negra que asoló Europa en 1348 y, en menor medida, a la mal llamada «gripe española» de 1918. Más allá de sus dispares efectos mortíferos —la primera diezmó a un tercio de la población europea—, ambas pillaron muy desprevenida a la sociedad y tuvieron como consecuencia un gran impacto psicológico y espiritual. Por lo que a nosotros respecta, hasta la llegada del coronavirus nos sentíamos seguros con los avances de la medicina, con nuestro sistema sanitario y el estado del bienestar. Esta inesperada pandemia ha causado un enorme desconcierto y va a obligar a revisar —todavía no sabemos de qué modo— muchas de las presunciones asentadas en el siglo XXI, como la fe ciega en el progreso científico, la supremacía del confort material sobre el cultivo espiritual, la confianza en el Estado y la estabilidad del capitalismo, no tanto para demolerlas como para reformarlas y adecuarlas al tiempo presente.

Sin pretender caer en proyecciones futuristas, esto nos permite afrontar la segunda gran cuestión: la trascendencia de la crisis actual. Aquí el conocimiento del pasado nos da otra lección: la historia nunca se explica por razones monocausales, sino multifactoriales. Siempre he pensado que el error de tendencias e ideologías como el positivismo, el psicoanálisis, el marxismo y el estructuralismo es su empeño en reducir la explicación de la historia a una sola categoría o concepto: el progreso, la psique, la clase, la estructura. Creo que esto es aplicable en el caso de la pandemia de 2020. Su influjo real dependerá, por un lado, de su ensamblaje con las otras corrientes —políticas, económicas, sociales, religiosas— que hemos experimentado en los últimos decenios; y, por otro, de nuestra respuesta personal ante esas dificultades.

Es imposible prever lo que puede pasar, porque el ejercicio de la libertad individual abre, en cada instante, innumerables posibilidades. Por tanto, el futuro lo forjaremos nosotros con nuestras propias decisiones personales. Recientemente he defendido que la civilización occidental, junto con sus evidentes torpezas, atesora también un enorme caudal en civismo y solidaridad, que habría que volver a activar, como lo hicieron los grandes estadistas de la posguerra tras 1945 o los forjadores de la primera Unión Europea. No obstante, para ello deberíamos recuperar también, especialmente entre nuestra clase dirigente, el valor de la palabra dada, el acuerdo entre lo que se dice y lo que se hace, la honestidad de huir de falsas utopías que funcionan con palabras mágicas pero que la realidad las desmiente. Esto garantizaría, al menos, una base de confianza sobre la que erigir los consensos necesarios para salir adelante. Ninguna sociedad ha podido superar la miseria material o la mediocridad espiritual sin esa premisa.

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