El valor educativo del perdón: parte II

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El ejemplo de los padres

Como antes decíamos, el paso previo para que un hijo se incline a perdonar a los demás es que él mismo haya experimentado el gozo interno que se deriva de sentirse perdonado. Todos los niños hacen pequeñas (o no tan pequeñas) trastadas, y a veces se portan mal con nosotros o con los demás, bien sea desobedeciendo, faltando al respeto, etc. En tales casos, hemos de ejercer la autoridad, como es evidente, y aplicar los criterios que tengamos establecidos al respecto.

Pero lo que es esencial es que nuestros hijos se den cuenta de cuándo han obrado mal y sepan reconocerlo, sin disculparse ni justificarse echándole la culpa a los demás o a las circunstancias. Sólo si una persona reconoce que ha obrado mal podrá mejorar, y el paso necesario para ello es reconciliarse y pedir perdón a quien corresponda hacerlo. De esa manera se repara el mal causado y se recuperan la armonía interior, la alegría y las ganas de mejorar.

Como siempre, la escuela está en el hogar y en la familia: si queremos que nuestro hijo aprenda a perdonar, tendremos que darle nosotros ejemplo y enseñarle cómo se hace. Cuando los hijos hacen algo malo y se dan cuenta de que lo han hecho, se sienten dolidos por el rechazo que ello ocasiona en sus padres, y buscan la reconciliación. Si son muy pequeños, tal vez seamos nosotros los que debamos dar el primer paso y dirigirnos a ellos en tono positivo y preguntándoles, por ejemplo: “¿Cómo es que, siendo un niño tan bueno, te has portado de esa manera?”.

En otras ocasiones, es muy positivo que ellos vean que también papá o mamá se disculpan ante ellos si, por ejemplo:
• Nos hemos enfadado con ellos sin motivo.
• Nos hemos enfadado de manera desproporcionada.
• Les hemos echado la culpa de algo que no han hecho.
• Les hemos hecho pagar a ellos los platos rotos de un mal día nuestro.

¿Qué obstáculos se interponen ante nosotros a la hora de pedir perdón o de perdonar? No cabe duda de que es a veces difícil hacerlo, también para nosotros, como tenemos comprobado por experiencia.
A los niños les cuesta pedir perdón, igual que a todo el mundo, y ello es debido única y solamente a la soberbia, que se manifiesta de esa manera (y de otras muchas).

Nos cuesta a nosotros, en efecto, y también a nuestros hijos reconocer públicamente que hemos actuado mal, y nos frena a la hora de hacerlo el pensamiento de que vamos a quedar mal si lo hacemos (“¿Qué van a pensar de mí?”); en otros casos es el orgullo el que nos trata de convencer de que no hay rebajarse ni humillarse pidiendo perdón; y otras veces nos cuesta reconocer el error y renunciar a querer salirnos con la nuestra.

También es bastante frecuente que los niños pidan perdón sin pedirlo en realidad, para librarse de un castigo o porque se les “obliga” a ello (por cierto, ¿sabían que es imposible obligar a alguien a que pida perdón?). A veces utilizan la palabra “perdón” como una especie de muletilla que les sale de modo automático cada vez que hacen ago mal, pero que no esconde ningún ánimo de enmienda en su conducta.
Hemos, pues, de inculcar a nuestros hijos la idea de que solo pide perdón de verdad la persona que lo hace libremente y a sabiendas de que ha obrado mal y quiere rectificar. Y, sobre todo, también la idea de que pedir perdón no humilla ni rebaja al ser humano, sino que le engrandece y le llena de deseos sinceros de mejorar como persona.

A la hora de perdonar a los demás nos suelen frenar el odio, el resentimiento y el deseo de venganza. Perdonar supone olvidar de veras la ofensa recibida, y no guardarse para sí malos deseos con respecto a la persona a la que hemos perdonado. Es muy famoso el dicho popular de “Yo perdono pero no olvido”. Esta frase encubre una realidad mil veces repetida, pero siempre la misma: quienes dicen eso no perdonan de verdad, ya que dejan la puerta abierta a una posible venganza.

Expliquemos a nuestros hijos que el dolor les va a acompañar siempre a lo largo de su vida, y que, en alguna ocasión, se toparán con personas que se porten mal con ellos, de modo más o menos deliberado. Esto, de hecho, es algo muy habitual en la infancia y en la adolescencia, ya que los chicos son a veces muy crueles y saben cómo hacer daño a alguien metiéndose con él y diciéndoles las cosas que más le duelen. Hay niños que sufren mucho en el colegio porque sus compañeros se meten con ellos y les humillan.

En cualquier caso, hemos de hacer ver a nuestros hijos que es preciso olvidar y perdonar, y no guardar resentimientos profundos que a nada conducen. Les podemos poner para ello el ejemplo de Cristo en la cruz, cuando decía el tan conocido “Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen”.
Por otra parte, recordemos a nuestros hijos que no existe en este mundo ninguna falta imperdonable. Sí que existen infinidad de faltas y daños irreparables, pero ninguna que sea imperdonable, al menos a ojos de Dios, que es el único y supremo juez de los hombres. ¿Y si Dios es capaz de perdonar cualquier falta al que se confiesa arrepentido de ella, no vamos nosotros a perdonarla?

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