Elecciones europeas: la trampa del pánico antipopulista

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La preventiva cobertura mediática de las elecciones al Parlamento Europeo celebradas del 23 al 26 de mayo, más preocupada por señalar a los que habrían de venir en 2019 que por sopesar el trabajo de los que llegaron en 2014, no ha impedido la consolidación de los populistas en algunos países. Sin embargo, el peso político de estas formaciones es desigual y quedará repartido entre varios grupos con objetivos distintos.

Las ventajas que ha traído una Europa unida son deudoras de la visión que la inspiró: la idea de los padres fundadores de que, para poner a colaborar entre sí a naciones enfrentadas, era necesario que cada una cediera parte de su soberanía y aprendiera a cooperar con las vecinas. Con esta visión en mente, se entiende el alarmismo que suscita el auge de los nacional-populistas. ¿Qué proyecto común puede haber cuando la prioridad son los intereses propios de las naciones?

FUENTE :JUAN MESEGUER-aceprensa

Ahora bien, los votantes europeos no solo tienen miedo al nacionalismo. Como recordó poco antes de las elecciones Ilke Toygür, analista del Real Instituto Elcano, “la lista de los problemas y los temores de los ciudadanos es muy larga y diversa”. Está el miedo a un futuro “más desigual y precario”, al deterioro medioambiental, a la inmigración ilegal, al terrorismo, al desempleo… Y atender esa variedad de preocupaciones exige algo más que “un mensaje de buenos contra malos”.

La explicación de Toygür, europeísta convencida, ayuda a comprender la fragmentación del nuevo Parlamento Europeo. Por mucho que las sirenas mediáticas hayan tocado a rebato para alertar de los populistas, las primeras estimaciones apuntan a que uno de cada cuatro votantes europeos se ha decantado por ellos.

La diversidad de los europeos

La participación en estas elecciones ha sido del 50,9%, la más alta en dos décadas, pero todavía lejos de las primeras, celebradas en 1979 (61,9%).

Según los resultados provisionales del Parlamento Europeo, que desglosa The Guardian con útiles gráficos, los dos grandes grupos que hasta ahora dominaban la política europea –populares y socialdemócratas– han retrocedido, pero siguen siendo los más votados. El Partido Popular Europeo (PPE) gana las elecciones con 178 escaños de los 751 en juego (pierde 43 respecto a 2014). La Alianza Progresista de Socialistas y Demócratas queda en segundo lugar, con 153 (-38). Dentro del PPE está el Fidesz, de Vícktor Orbán, que logra –en coalición con los populares húngaros– el 52,3% de los votos en su país.

En tercer lugar quedan los Liberales, con 105 escaños. Es el grupo que más ha ganado (+38), gracias a la llegada del partido de Emmanuel Macron, La República en Marcha. El cuarto grupo son los Verdes, otro de los que más ha subido, con 69 (+19).

Le sigue el grupo de los Conservadores y Reformistas, con 63 (-7). Este integra desde partidos tradicionales, como los toriesbritánicos, a otros considerados populistas con una fuerza política muy desigual. De estos, el de mayor peso es Ley y Justicia, que se impone en Polonia con el 45,3% de los votos. En cambio, el Partido Popular Danés da un bajonazo (10,7%).

La Europa de las Naciones y de las Libertades queda sexta, con 58. Este grupo aglutina a formaciones nacional-populistas destacadas, como la Liga, de Matteo Salvini, y Reagrupamiento Nacional, de Marine Le Pen –las más votadas, respectivamente, en Italia (34,3% de los votos) y Francia (23,3%)–; y otras de resultados muy discretos, como Alternativa para Alemania (11%). El Partido por la Libertad holandés, de Geert Wilders, se queda fuera de la Eurocámara.

Los dos siguientes grupos significativos también incluyen a populistas de distinto signo. El heterodoxo grupo formado por el Movimiento 5 Estrellas y el Partido del Brexit queda con 54 (+6). Y el grupo más a la izquierda, que incluye a Syriza, Podemos o Francia Insumisa, entre otros, queda con 38 (-14).

Un vacío en la esfera pública

En el clima de pánico antipopulista que ha dominado los meses previos a las elecciones, ha habido otros europeístas que se han atrevido a salirse del guion para repartir responsabilidades. Es el caso del constitucionalista Joseph H. Weiler, quien atribuía el auge del nacional-populismo a tres elementos: el olvido del patriotismo liberal, no nacionalista; el desinterés por articular una visión no excluyente de la identidad; y la secularización de Europa, que él vincula al deterioro de un discurso público que no solo habla “de derechos, sino también de deberes, de responsabilidad personal”.

En su opinión, los populistas habrían aprovechado este vacío cultural y religioso. “Dicho esto –añade–, yo rechazo la idea de que millones de europeos son fascistas o idiotas. Hay un hambre que la democracia constitucional tradicional no ha sabido cómo satisfacer y que han aprovechado versiones indignas del patriotismo para sacar tajada”.

En la misma línea, David Thunder reprochó hace tiempo a las élites occidentales que hubieran dejado un “vacío ético” en el espacio público, al “esquivar o reducir a fórmulas simplistas y políticamente correctas algunas cuestiones cruciales para el futuro de Occidente”. En vez de asumir con naturalidad democrática que no todo el mundo comparte la visión del mundo tenida por progresista, optaron por sustraer de la conversación pública una serie de asuntos. En ese contexto, donde los discrepantes son estereotipados como fanáticos, los populistas habrían canalizado “las frustraciones acumuladas de un pueblo que ha sido privado durante mucho tiempo de un foro público donde expresar y explorar sus inquietudes”.

A diferencia de quienes abogan por el cierre del debate, en una suerte de cordón sanitario intelectual, la propuesta de Thunder para contener a los populistas es tomarse en serio sus preocupaciones y afrontarlas. “No tenemos la costumbre de discutir con nuestros conciudadanos de modo abierto y matizado sobre los valores éticos. Por ende, no sabemos dar una respuesta ponderada y sincera a los discursos políticamente incorrectos y a veces extremistas del populista (…). Necesitamos fomentar un debate público más equilibrado e inteligente sobre la crisis de gobierno y la crisis de valores que está pasando el mundo occidental”.

Lidiar con los populistas sin antiliberalismo

Para tener este tipo de debate, es interesante tener en cuenta la distinción que hace William A. Galston entre las manifestaciones de populismo que amenazan la democracia liberal –las que ponen en jaque derechos y libertades básicas, el Estado de derecho, la división de poderes o las elecciones libres– y las que son expresión del legítimo pluralismo democrático.

Ejemplo paradigmático de esto último es el Brexit. En junio de 2016, el gobierno de David Cameron sometió a referéndum la decisión de sacar al Reino Unido de la UE o de quedarse. 17,4 millones de británicos apoyaron la salida, frente a 16,1 millones que votaron a favor de la permanencia. Y en marzo de 2017, el Parlamento británico ratificó la decisión.

Sin embargo, el proceso del Brexit ha encallado por la falta de voluntad de la clase política británica, que se resiste a irse en las duras condiciones que le pone Bruselas. Entre tanto, no han faltado las propuestas –de laboristas, tories, liberal-demócratas, nacionalistas escoceses…– a favor de un segundo referéndum. Pero eso sería “socavar la idea misma del derecho al voto”, como dice Brendan O’Neill, quien critica el antiliberalismo de quienes “exigen que el Estado anule unilateralmente” el resultado de una votación histórica.

Entre los criterios que ofrece Galston para ofrecer una respuesta liberal al populismo hay uno particularmente interesante. Entre otras cosas, porque permiten tener el debate necesario para rellenar los vacíos de los que hablan Weiler y Thunder.

Se trata de distinguir entre los elementos constitutivos de las democracias liberales y los rasgos de lo que a menudo se conoce como liberalismo o progresismo cultural. Dentro de una democracia liberal –dice Galston–, cabe adoptar posturas diferentes en cuestiones discutidas como el aborto, el matrimonio entre homosexuales o la religión.

Y lo mismo cabe decir de las disputas relativas a políticas públicas: el proteccionismo económico o la decisión sobre cuántos inmigrantes deben entrar en un país, por ejemplo, puede desafiar el cosmopolitismo, pero no los fundamentos de las democracias liberales.

En el nuevo Parlamento Europeo, más fragmentado y diverso, este criterio puede servir para saber cuándo vale la pena hacer sonar las alarmas y cuándo toca tolerar.

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