En este tiempo de Semana Santa

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EMILIO MONTERO HERRERO

Les confieso que estoy emocionado, impresionado, conmovido. Hace apenas quince días estaba compartiendo ratos maravillosos, paseando tranquilamente con mi familia, sentado en alguna terraza con los amigos o yendo a misa a mi parroquia, y de repente todo ha cambiado radicalmente.

Estamos recluidos en casa, encerrados, sin poder salir, a no ser que vayas a comprar productos básicos y con la máxima precaución. Nuestras calles, como las de toda España, están desiertas y las pocas personas que deambulan solitarias son como figuras fantasmagóricas, provistas de mascarilla y guantes, que transitan a paso rápido y con un pesado silencio. Cada vez me llegan más noticias de amigos y conocidos contagiados con el virus, que están ingresados en el hospital o que han fallecido. Y es que Segovia está siendo castigada especialmente por el Covid-19. La sensación es tan surrealista que lo veo todo como si estuviera en medio de una película.

El coronavirus quizás sea una llamada de atención para que la sociedad abandone el desquicie y nos haga pensar en lo importante. Si hay algo que dificulta el ajetreo de la vida moderna, es algo tan elemental como preguntarnos qué hacemos aquí. En la vida, me refiero. De algún modo tenemos que encontrar la respuesta, aunque solo sea para que tenga sentido levantarse de la cama cada mañana. Este es el momento. Soledad, tiempo libre y la cercanía de una pandemia que puede afectarnos personalmente: ¿qué ocasión puede haber mejor?

Es un momento para reflexionar y hacer examen de conciencia. ¿Qué es lo importante en la vida? ¿Por qué descuidamos en nuestro ritmo frenético occidental, muchas veces individualista, lo más importante? ¿Por qué hace falta que ocurran estas cosas para que valoremos, como se merecen, a nuestros familiares y amigos? ¿Por qué tenemos tanto miedo a la muerte y a la enfermedad? ¿Por qué nos creamos necesidades que no tenemos y la mayoría de las cosas que tenemos no las necesitamos? Son tiempos para meditar todas estas cosas y profundizar en la orientación que estamos dando a nuestra vida.

Bajo una perspectiva cristiana esta pandemia también nos puede hacer replantear el porqué y el para qué vivimos. No estamos sobre este mundo indefinidamente, sino que disponemos de un tiempo limitado de prueba y de adquisición de méritos. Vivimos el otro plan de la Creación, ya que la enfermedad y la muerte entraron en nuestro mundo por la caída libre de nuestros primeros padres y no fueron al principio planeadas por Dios. Ahora la vida es más costosa y más frágil. Dios delega en la enfermedad y en la vejez para que pasemos de este mundo al otro. Sin embargo, disponemos de ayudas espirituales para rendir mejor y soportar todas y cada una de las pruebas que se nos vienen encima.

En este tiempo de Semana Santa la Providencia nos ha dejado que nos unamos más que nunca a la Cruz, a Cristo. Es tiempo de volver a rezar en familia, de recuperar esas preciosas costumbres que quizás hayamos descuidado. Volver al Rosario, al Vía Crucis, a leer las Sagradas Escrituras. Acercarnos a las vidas de los santos, a la oración, pidiendo a Dios que acabe con esta epidemia. En España existen numerosos santos intercesores queridos expresamente por Dios. Sin ir más lejos, San Roque, que ya nos libró de la peste.

En esta lucha contra la pandemia las distintas autoridades, los profesionales sanitarios, las Fuerzas de Seguridad, el Ejército y la sociedad en general estamos tratando de contenerla, evitar más contagios, buscar tratamientos eficaces y ganar tiempo hasta que tengamos vacunas para todos. Un virus que se está comportando también como un gran experimento social y pone a prueba nuestro sistema de vida, el teletrabajo, la conciliación laboral-familiar, el ocio on line, el empleo y la producción.

Todo esto me recuerda a San Benito Abad, declarado Patrón de Europa por el Papa Pablo VI en 1964, quien después de un tiempo de vida eremítica escribió su famosa regla, en la que se inspiraron números reglamentos para la vida monástica y religiosa. Un elemento fundamental de esa regla es la famosa máxima: “ora et labora” (ora y trabaja). Esto sigue siendo válido hoy para todos, aunque no tengamos una vocación a la vida religiosa, especialmente en estos días de prueba. San Ignacio, decía: actúa como si todo dependiera de ti, sabiendo que en realidad todo depende de Dios.

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