España necesita políticos que busquen sólo el bien de los ciudadanos

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Es urgente llegar a acuerdos políticos

A muchos les parece que no pueden opinar sobre la virtud del gobernante, pues no tienen competencia ninguna. Tal vez haya algún aspecto de lo que se conoce como “ética pública” en el que sí la tengan. Pero al disociarse de la virtud, esta forma de, digamos, “decencia” se limita más bien a cuestiones cosméticas (evitar la “cutrez”, o el bochorno).

Nos importa a todos que la gente sea “buena gente”. La virtud es, también, un tema político, toda vez que se refiere a la plenitud de la vida buena, y esta, a su vez, no es alcanzable para un hombre solo, al menos en el grado de suficiencia al que está llamado todo ser humano.

Está muy bien que los poderes públicos se abstengan de entrometerse en la vida personal y familiar, incluso que pongan el máximo celo en salvaguardar escrupulosamente esas distancias, pero eso es una cosa y otra bien diferente pensar que lo que ocurre en ese marco íntimo tan solo queda ahí. Que lo que una persona haga en su cocina, o en su alcoba, carezca de trascendencia pública, no significa que no tenga ningún impacto en lo que hace en su desempeño público: es la misma persona la que está y actúa en uno y otro ámbito.

La desafección que hacia “lo político” sienten muchos ciudadanos europeos, en buena medida se debe a la impresión que tienen de que, efectivamente, “los políticos” no son los mismos cuando están en público que cuando están en la intimidad. Sin embargo, precisamente una persona es fiable, o confiable –y eso es decisivo para que se le pueda confiar una magistratura pública– cuando se manifiesta como lo que es, cuando es lo que parece y no trata de embaucar.

Todo lo anterior viene a cuento, de la necesidad imperiosa que nuestro país tiene de políticos fiables y ejemplares, que no basen la mayor parte de su acción pública en la propaganda o el autobombo, mintiendo si lo consideran necesario para mantener una imagen exterior inmaculada, despreciando la genuina labor de todo político gobernante que es la generación de acuerdos ámplios con el resto de las fuerzas políticas para el bien de la nación.

Animal político es para Aristóteles animal que conversa. Y la amistad política, que surge de esa conversación y se nutre de ella, es el principal conectivo entre seres humanos. Esta es la esencia de la política, no el poder. El poder es algo que va anejo a esto, pero no puede suplantarlo. Cuando lo suplanta, la política se corrompe.

No pocos ven la amistad en clave de mera empatía, un sentimiento en el que somos más bien pasivos, algo que nos ocurre pero en lo cual no tenemos un papel activo: me cae bien esta persona; pero no es esa la amistad requerida en la política.

La amistad, que se nutre de la conversación significativa, es el constitutivo formal de la politica, por eso la amistad política es una virtud esencial, que debe conducir a acordar juntos las medidas más adecuadas para salir airosos de los problemas que la sociedad exige en cada momento. Y se puede salir adelante incluso en momentos graves como el actual, en el que los efectos económicos de la pandemía exigen ese acuerdo.

La ley del más fuerte, o la del que tiene en su mano todos los resortes del poder, no es la más natural. Sí es la que se impone en el reino animal, en la cadena trófica. En el mundo animal manda el más fuerte, el mejor adaptado, el que depreda antes de ser depredado. Ahí la ley natural es la ley de la selva. Entre humanos, lo natural es otra cosa bien distinta.

Por todo ello, en estos momentos, nuestra España no puede permitirse una lucha ideológica sin cuartel entre las distintas opciones políticas. Es este el momento adecuado en el que, las virtudes del dialogo y la búsqueda real y desinteresada del bien de las personas, debe prevalecer por encima de cualquier otra consideración.

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