Eutanasia, la solución equivocada

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Fuente: Manuel González Barón ABC

«La experiencia de cerca de cincuenta años al servicio del enfermo permite sostener que cuando un paciente y su entorno experimentan los cuidados paliativos nunca más vuelven a pensar “en querer morir”.

Es sabido que el Gobierno busca aprobar una ley de eutanasia, sin consenso, sin alternativas. Me viene a la memoria un estudio elaborado junto a la doctora Lacasta en el servicio de Oncología Médica de La Paz sobre 340 pacientes en fase terminal. Quisimos detectar las causas profundas del sufrimiento y la desesperanza, así como la manera de ayudarles potenciando los factores para afrontarlos. De aquel estudio concluimos que son la familia y los amigos, los profesionales sanitarios cuando les mostramos interés y afecto, y la reflexión trascendente y religiosidad, lo que más ayuda a sobrellevar el sufrimiento al final de la vida. O lo que es lo mismo, el Amor.

El sufrimiento es un cuadro complejo. Un estado afectivo, cognitivo y negativo. Es la sensación de sentirse amenazado en la integridad física, impotencia para hacerle frente y el agotamiento de los recursos que permiten afrontarlo. (Chapman y Grabin, basado en el modelo de Lazarus-Folkma y Labrador de estrés psicológico y afrontamiento). Y la desesperanza evoluciona a medida que la enfermedad avanza. La esperanza de un paciente comienza depositándose en la posibilidad de la curación, y a medida que la enfermedad empeora la deposita en la supervivencia, y posteriormente en el alivio y control de síntomas, no solo del dolor. En esos momentos importa más la calidad que la cantidad de vida: una conversación franca y sincera, en la que emergen los posibles recursos del paciente para afrontar el sufrimiento, una despedida con sus seres queridos, tener la ocasión de perdonarse a sí mismo, perdonar y pedir perdón, dar las gracias, mostrar y recibir amor, dejar un legado, recordar momentos felices, poder hacer balance…

De esta forma se puede llegar al final de manera natural con serenidad y paz con todos, y con Dios también si se es creyente. La experiencia de cerca de cincuenta años al servicio del enfermo y muchos también al frente del servicio de Oncología Médica del Hospital Universitario La Paz, de Madrid, permiten sostener que cuando un paciente y su entorno experimentan los cuidados paliativos, nunca más vuelven a pensar «en querer morir».

Qué contraste de planteamiento frente a la eutanasia, para la que no existe una demanda social real, pues la mayoría desconoce por completo los beneficios de los cuidados paliativos y no se les ofrecen a los cerca de 80.000 enfermos graves y a sus familias que a día de hoy podrían beneficiarse. En cambio, se les presenta como alternativa la eutanasia. ¿Cómo es posible que se pretenda aprobar una ley de eutanasia sin que se haya desarrollado un plan docente universitario sobre cuidados paliativos global? El 20 de febrero de este mismo año, y en el artículo «Una propuesta indigna», también publicado en estas páginas, denunciamos que de las 42 facultades de medicina españolas, solo seis cuentan con la asignatura en su currículo, y solo cuatro disponen con una cátedra. De las 112 escuelas universitarias de enfermería, solo en 69 se imparte docencia de cuidados paliativos. No existe una especialidad con formación MIR, ni leyes de carácter nacional en materia de cuidados paliativos, ni en el Plan Nacional Contra el Cáncer, ni en el Plan Nacional de Enfermedades Transmisibles.

Pero hay un interés real y creciente en la comunidad sanitaria. Prueba de ello son los casi quinientos médicos formados, la dilatada producción científica, artículos en revistas internacionales, capítulos de libros, libros, tesis doctorales, participación en congresos y conferencias en muchos países de casi todos los continentes hablando de cuidados paliativos fruto del máster sobre esta materia en la Universidad Autónoma de Madrid.Tanto el Comité de Bioética de España como la Congregación para la Doctrina de la Fe de la Iglesia han publicado recientemente documentos apuntando a los problemas de la eutanasia. El primero, «El final de la vida y la atención en el proceso del morir en el marco del debate sobre la regulación de la eutanasia: propuestas para la reflexión y la deliberación», es un informe extenso, riguroso y exhaustivo y aprobado por unanimidad. En sus conclusiones señala que «existen sólidas razones para rechazar la transformación de la eutanasia, o auxilio al suicidio, en un derecho subjetivo».

Más adelante, y aludiendo a la compasión, añade que «no consideramos que [la eutanasia] legitime ética y legalmente una solicitud que no encuentra respaldo en una verdadera autonomía». O que «legalizar la eutanasia o el suicidio asistido supone iniciar un camino de desvalor de la protección de la vida humana cuyas fronteras son harto difíciles de prever, como la experiencia de nuestro entorno nos muestra». O que «responder con la eutanasia a la deuda que nuestra sociedad ha contraído con nuestros mayores –refiriéndose a los fallecidos en este tiempo de pandemia en circunstancias indignas– no parece el auténtico camino al que nos llama una ética del cuidado, de la responsabilidad y la reciprocidad y solidaridad intergeneracional». La carta «Samaritanus bonus», de la Congregación para la Doctrina de la Fe, de este mismo año, se podría resumir con «incurable no es nunca incuidable». «El dolor y la muerte de hecho no pueden ser los criterios últimos que midan la dignidad humana, propia de cada persona por el solo hecho de ser».

Y añade: «Suprimir a un enfermo que pide la eutanasia no es reconocer su autonomía sino desconocer el valor de su libertad, condicionada por el dolor, y el valor de su vida». «Es un crimen incluso en las situaciones límite, también cuando la petición de eutanasia nace de una angustia de una desesperación». Para nuestro estudio sobre el sufrimiento concluyo con un eslogan con el que a veces terminaba mis clases sobre los cuidados paliativos: «Contra el dolor, opioides. Contra el sufrimiento, amor».

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