Evolución versus creación

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naturaleza-maravillosaTodo en el cosmos puede quizá explicarse por leyes científicas, excepto esas mismas leyes y la realidad misma del cosmos. Lo cual supone una notable excepción. Esto no es un sofisma, no es una pirueta filosófica. Stephen Hawking, al final de su Breve historia del tiempo, confiesa que hay una pregunta que la ciencia jamás será capaz de responder: ¿por qué el Universo se ha tomado la molestia de existir.

Podemos explicarlo con un ejemplo literario. Si nos preguntan por qué se vuelve loco don Quijote, responderemos lo que todo el mundo sabe: por leer demasiados libros de caballerías. Pero, qué responderíamos si nos preguntan: ¿Don Quijote se vuelve loco por leer libros de caballerías o porque quiere Cervantes?

Está claro que el Universo se explica gracias a la gravitación, el electromagnetismo y las fuerzas nuclear débil y nuclear fuerte. Pero, en realidad, ¿se explica por esas leyes o por el legislador?
Si el Universo es un conjunto de seres contingentes, que no tienen en sí mismos su razón de ser, necesariamente ha tenido que ser creado. Crear no es transformar algo sino producir radicalmente ese algo. La evolución, en cambio, se ocupa del cambio de ciertos seres que previamente existen. De esta forma se ve claro que la creación y la evolución no pueden entrar en conflicto, porque se mueven en dos planos y en dos cronologías diferentes. La evolución transcurre en el tiempo; la creación, por el contrario, es su presupuesto. Por tanto, si se crea un mundo, con él se proporciona también la evolución: se extiende la alfombra y ésta echa a rodar con sus dibujos.

Esta misma idea la expresó San Agustín, de forma incomparable, hace 1.600 años: Las simientes de los vegetales y de los animales son visibles, pero hay otras simientes invisibles y misteriosas mediante las cuales, por mandato del Creador, el agua produjo los primeros peces y las primeras aves, y la tierra los primeros brotes y animales, según su especie. Sin duda alguna, todas las cosas que vemos ya estaban previstas originariamente, pero para salir a la luz se tuvo que producir una ocasión favorable. Igual que las madres embarazadas, el mundo está fecundado por las causas de los seres. Pero estas causas no han sido creadas por el mundo sino por el Ser Supremo, sin el cual nada nace y nada muere.

No sólo los santos dicen estas cosas. En su Diccionario filosófico, Voltaire –el ilustrado que se propuso acabar con la Iglesia Católica- se imagina este diálogo con un ateo materialista:
-¿Qué es la materia? –pregunta el ateo.
-No lo sé muy bien –responde Voltaire-. Me parece extensa, sólida, resistente, con peso, divisible, móvil. Pero Dios puede haberle dado otras mil cualidades que ignoro.
-¡Traidor! –replica el materialista-. ¿Otras mil cualidades? Ya veo a dónde quieres llegar: vas a decirme que Dios puede vivificar la materia, que puede dar el instinto a los animales y que es dueño de todo.
Bien podría ocurrir –reconoce Voltaire- que Dios, en efecto, hubiera otorgado a la materia muchas cualidades que usted no sabría comprender.

José Ramón Ayllón

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