Héroes musulmanes silenciados

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Se han cumplido setenta y cinco años de la batalla de Túnez, que expulsó definitivamente a las potencias del Eje del norte de África, pero en los meses anteriores se produjeron en tierras magrebíes unos acontecimientos que pocos conocen y que no forman parte de lo políticamente correcto. Sería interesante recordarlos, sobre todo en unos momentos en que la situación en Oriente Medio sigue siendo de gran inestabilidad y el conflicto israelo-palestino está más enquistado que nunca.

Fuente: Antonio R. Rubio Plo. aceprensa

Se trata, ni más de menos, de recordar que existieron musulmanes que ayudaron a los judíos perseguidos por el nazismo y el régimen de Vichy en aquella fase de la Segunda Guerra Mundial.

El Estado de Israel concedió a más de veinte mil personas el galardón de “Justos de las Naciones”, por haber contribuido a salvar las vidas de judíos. Sus nombres están inscritos en el Museo del Holocausto en Jerusalén, pero se olvida públicamente la existencia de unos setenta musulmanes —entre los que se cuentan bosnios, albaneses, turcos, tunecinos o marroquíes— que también contribuyeron a esta labor de humanidad. Sin embargo, sobre ellos se cierne toda una conspiración de silencio.

Hace algún tiempo, el historiador y analista político americano Robert Satloff, director ejecutivo del Washington Institute for Near East Policy, investigó sobre estos hechos en su libro Among the Righteous: Lost Stories from the Holocaust’s Long Reach into Arab Lands. Uno de sus objetivos era combatir la propaganda de los negadores del Holocausto, argumento que también sirve para la deslegitimación de Israel. Ni que decir tiene que la existencia de unos “justos musulmanes” es un elemento discordante y debe de ser silenciado. Sin embargo, hay que recordarlo porque no estamos ante un tema político-partidista sino de pura y simple humanidad.

En tierras norteafricanas, bajo el poder de la Francia de Vichy o del ocupante nazi, se llevó a centenares de los judíos a campos de concentración o se les obligó a portar la estrella amarilla. Satloff relata que en el año 1943, en plena batalla en Túnez entre los aliados y el Afrika Korps, un grupo de hebreos fugitivos fue acogido en la granja de un campesino llamado Si Alí Sakkat. También en la ciudad costera tunecina de Mahdia, varias familias judías fueron ocultadas en la finca de una autoridad local, Jaled Abdelwahhab, que de esta forma salvó a una muchacha acosada por un oficial alemán.

La existencia de campos de concentración en el norte de África no era desconocida. Lo sabían, por ejemplo, los guionistas del mítico film Casablanca (1942) de Michael Curtiz , y ponen en boca de Strasser, el implacable comandante alemán, que sólo existen dos alternativas para un refugiado: acabar en un campo de concentración o arriesgar la vida en un lugar en que vale muy poco.

Pero una compasión de musulmanes hacia los judíos también se produjo en tierras europeas. El rector de la Gran mezquita de París, Si Kaddour Benghabrit, salvó a más de un centenar de hebreos al proporcionarles certificados que acreditaban identidades musulmanas. Con todo, tampoco se pueden ocultar otras realidades, pues hubo árabes que colaboraron con los alemanes en la persecución, e incluso formaron una unidad militar que combatió contra los aliados en Túnez.

Nos quedamos con lo positivo: las historias de héroes musulmanes, relatadas por Satloff en Among the Righteous, resultado de una investigación personal por once países en busca de testimonios que sorprendieron a los hijos y nietos de aquellas personas. Sin embargo, hay una connotación amarga en el libro: muchos parientes de aquellos héroes no se alegraron de conocer los hechos. Antes bien, les resultaba bastante incómodo y deseaban que Satloff se marchara cuanto antes de sus vidas.

En efecto, el combate del historiador con el uso de la memoria de unos gestos humanitarios para acercar así a judíos y árabes, se encontró con el muro, en gran parte infranqueable, de los prejuicios. Todo prejuicio constituye una sentencia inapelable por parte de quien ha asentado una opinión y no quiere conocer más detalles. El prejuicio suele ser además una de las múltiples facetas del odio, y no hay nada peor que envolver el odio con apelaciones a la justicia.

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