Intolerancia camuflada de corrección política

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LA DICTADURA DE LA CORRECCIÓN POLÍTICA VE EN EL DISCREPANTE A UN AGRESOR

La dictadura de lo políticamente correcto , a pesar de su apariencia de respeto a las opiniones de los demás, impide la confrontación de ideas, pues el que manifiesta sus dudas sobre la veracidad de algunos de los dogmas de esa corrección política, es inmediatamente tachado de antidemocratico, homofogo o racista. Se olvida que lo que ha de respetarse es la persona y la libertad que toda persona tiene para formarse criterio, en lo teórico y en lo práctico, de la manera que le parezca conveniente.

Esta confusión amenaza con instalar, paradójicamente en nombre de la libertad, una forma de sometimiento particularmente liberticida, que hoy se vende como una exigencia, precisamente, de respeto hacia las personas. A través de un juego conceptual y lingüístico perverso, ya muy acuñado en Occidente, se está imponiendo una suerte de «pensamiento único», relativista, que a no pocos les parece ser la única garantía segura para poder convivir en la que Karl Popper llamaba «sociedad abierta». Ahí la mutación semántica en cuestión desempeña un papel no menor, al igual que la autoridad con la que aparecen orlados términos de noble cuño como «respeto», «tolerancia», «democracia», «libertad», «pluralismo», etc. Es irónico que en esa «sociedad abierta» –pensada en clave radicalmente liberal–, se vayan cerrando cada vez más las posibilidades de discrepar de la corriente dominante.

Proliferan todo tipo de «correcciones» políticas, éticas o académicas al amparo de palabras que han sido semánticamente desguazadas hasta prostituirlas, convirtiéndolas en juguetes rotos, o en cromos permutables por sus contrarios. Cualquiera que se atreva a acechar la correctness, aunque sea con argumentos que no ofenden a nadie, puede encontrarse inmediatamente acusado de «fobia» y tener que afrontar querellas penales o multas siderales por «delito de odio». Va cobrando proporciones más que preocupantes la multiplicación de formas de amordazar –eso sí, con maneras muy aseadas y liberales, nada «soviéticas»– según qué tipo de discrepancias, que no se confrontan con argumentos sino con la indignación moral de quienes ven en el discrepante un agresor, o un fóbico energúmeno. Al menos deberían intranquilizarse un poquito quienes hace décadas se apuntaban al sistemático «disenso» y ahora se ponen la etiqueta de pluralistas, tolerantes y «abiertos».

Es un completo disparate –además de resultar bastante ridículo– el planteamiento de que la discrepancia fomenta el «odio», como pretenden los lobbies homosexualistas. Si para prevenir el odio, además de acabar con la discusión, se persigue penalmente la discrepancia, con multas astronómicas para quienes no estén dispuestos, por ejemplo, a que en la escuela a sus hijos se les obligue a asistir a «talleres» de visibilidad lésbica, o cosas de ese estilo, entonces no es verdad que vivimos en una sociedad pluralista. Si las únicas «diferencias» tolerables son las que se dan en materia de fútbol, no significa mucho eso de que vivimos en sociedades abiertas y plurales. En tal caso, el pluralismo social no sería esencialmente distinto al que se puede dar en un rebaño de cabras, que balan todas el mismo himno, bien que cada una con su quijada. Tal como algunos parece que lo entienden, el único planteamiento posible en un contexto democrático sería el «silencio sobre lo esencial» (Jean Guitton) o la «ley mordaza».

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