San Isidro y su mujer Santa María de la Cabeza fueron dos esposos trabajadores sencillos de clase popular que vivieron en el siglo XII dedicados a las labores del campo. Su vida consistió en la búsqueda de la santidad en lo normal y cotidiano. Isidro procuraba realizar su trabajo de agricultor con la mayor perfección posible, pues sólo así podía ofrecerlo diariamente a Dios.
Madrugaba mucho para poder asistir a misa al comienzo del día. En la participación en la renovación del sacrificio de Jesús en el calvario y el la recepción diaria de la comunión, obtenía la fuerza para un trabajo intenso a lo largo del día.
En un intento malintencionado para desvirtuar su profesionalidad y tacharlo de poco trabajador, se ha popularizado la imagen de un Isidro dedicado a la oración mientras un ángel realizaba por él su trabajo del campo. Ciertamente, en su vida se produjeron hechos milagrosos debido a su santidad , pero lo único que nos dice la tradición es que sólo era ayudado por los ángeles, cuando a Isidro le resultaba materialmente imposible acudir a la misa temprana los domingos pues le cambiaban la hora de celebración y tenía que asistir a media mañana.
San Isidro, con su esposa Santa María de la Cabeza, constituyen un modelo de santos poco frecuente en la Edad Media: ni militares, ni nobles, ni clérigos, ni mártires… Eran un matrimonio, de clase humilde y popular, que llevaron una vida de virtud y santidad en lo ordinario y cotidiano. Su fiesta no sólo se celebra en Madrid sino que es raro el pueblecito en que no se le dedique algún festejo o acto por parte de los labradores y vecinos.
Su gran popularidad, que se ha conservado hasta nuestros días, quizá se deba al sencillo y claro mensaje que encierra su vida: «No es necesario apartarse del mundo ni de la sociedad para buscar y conseguir la perfección cristiana. Esta, la santidad, es asequible a cualquier persona y circunstancia, simplemente con el esfuerzo diario por realizar con amor y perfección cualquiera de las profesiones nobles presentes en nuestra sociedad». Isidro y su esposa nos marcaron el camino.