La Historia mundial avanza, a pesar de los desastres

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Inundaciones en Pakistán, terremoto y cólera en Haití, hambruna en Corea del Norte… cada vez que ocurre algún desastre lo vemos como un evento insólito y nos sorprende que todavía puedan ocurrir estas catástrofes en un mundo que supuestamente controlamos. Pero basta una mirada a la historia para advertir la precariedad de la condición humana ante una naturaleza inmisericorde o unos gobernantes insensatos.

Fuente: Emilio Chuvieco- Aceprensa  

Así nos lo recuerda el libro Historia mundial de los desastres (1), obra de John Withington. El autor, que trabajó hasta hace unos años como reportero de radio y televisión, ha dedicado los últimos cinco años a recopilar información histórica sobre todo tipo de desastres, aportando una visión original sobre grandes y pequeños cataclismos que han supuesto enormes pérdidas materiales y humanas. Aunque el título parece restringirse a eventos de origen natural, Withington revisa también otros muchos desastres de origen exclusivamente humano, como son los causados por guerras, accidentes industriales o terrorismo.

La lista de desastres analizados en este libro es realmente impresionante y variada. Los sucesivos capítulos se dedican a revisar los eventos más significativos relacionados con: erupciones volcánicas, terremotos, maremotos y tsunamis, inundaciones, tormentas extremas, epidemias, hambrunas, guerras, crímenes de estado, rebeliones, terrorismo, incendios, naufragios, explosiones, accidentes de distintos medios de transporte. Se cubren los desastres conocidos por el gran público, desde la explosión nuclear de Chernobyl hasta el naufragio del Titanic, los atentados del 11-S, o el accidente aéreo de los Rodeos (el más mortífero de la historia de la aviación, ocurrido en Tenerife en 1977).

La noticia de otros muchos requiere una mayor especialización histórica, como las erupciones del Krakatoa o el Tambora, el terremoto de Irán, el maremoto de Lisboa, el huracán Mitch o la epidemia de la peste negra. Este amplio recorrido incluye de cinco a ocho ejemplos en cada capítulo, algunos documentados con cierto detalle, y otros cubiertos de forma más liviana. En cualquier caso la panorámica que ofrece es bastante global, en el espacio y en el tiempo, proporcionando al lector una panorámica sintética muy difícil de obtener por otros medios.

La fragilidad de la vida humana

Creo que la obra proporciona una visión muy interesante de las desgracias que han acompañado la vida del hombre sobre la tierra, y que son connaturales a nuestro entorno natural (volcanes, terremotos, huracanes), o producidos por la ambición, la incompetencia o el egoísmo humano. Son más de 440 páginas que requieren un lector distendido, pues la lista de desastres es tan amplia que uno puede verse afectado por una depresión existencial, llegando a la fácil conclusión de que “vivimos de milagro”. .

Ciertamente la vida humana es más frágil de lo que tendemos a asumir en la sociedad contemporánea (o al menos en la más tecnológicamente avanzada). Me parece que resulta muy útil revisar esa lista para entender mejor nuestra precariedad, ya sea ante agentes naturales que no podemos controlar o ante otros sociales de los que sin duda podemos aprender. El reciente caos internacional producido por una erupción volcánica menor en Islandia resulta un buen ejemplo de que no tenemos todo controlado. Me pregunto qué ocurriría si el evento fuera de la magnitud de los que han afectado a nuestros antepasados.

Por ejemplo, la erupción del Toba, en Indonesia, se cree que acabó con el 90% de la población del planeta hace unos 70.000 años; la peste negra en el siglo XIV exterminó a un tercio de la población europea del momento; el sarampión en la América de los siglos XVI y XVII mató a casi 5 millones de personas; las hambrunas provocadas por el empecinamiento ideológico de los gobiernos ineptos de Stalin y Mao Zedong supusieron más de 15 millones de muertes prematuras. Obviamente nuestra sociedad está mejor preparada para reducir el impacto de los eventos naturales. Pero también es cierto que estamos tan seguros de nuestra técnica que somos más vulnerables ante lo imprevisible, lo que crea situaciones casi de pánico colectivo ante eventos que luego se han tornado menores. El caso de la gripe aviar resulta paradigmático.

Otra interesante consecuencia del libro, a mi modo de ver, es que los desastres naturales son tan antiguos como las fuentes que nos permiten conocerlos. Aunque resulta un tanto obvio, no está de más recordar, por ejemplo, que los desastres meteorológicos no son exclusivos del momento actual. Tenemos constancia histórica de grandes inundaciones, huracanes, sequías, tormentas de nieve o incendios en épocas remotas de la historia, donde la influencia humana sobre el clima era ciertamente menor o inexistente. No todo evento climático extremo es consecuencia del comportamiento humano.

En la Edad Media no hablaban del cambio climático, sino de la brujería o del judaísmo como responsables de los desastres. Mala ciencia, entonces y ahora, cuando achacamos a motivaciones simplistas lo que es debido a complejos factores. La influencia del hombre sobre el clima reciente es obvia y preocupante, a mi modo de ver, pero no podemos caer en el reduccionismo de que todas las anomalías climáticas son debidas a ese factor, sin analizar a fondo los múltiples aspectos que aún no conocemos con suficiente detalle.

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