La mente del universo

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Los fundadores de la ciencia moderna investigaban la naturaleza movidos por la convicción de que, habiendo sido creada por Dios, había de estar regida por leyes que reflejaran el designio de su autor. Más tarde vino una época agnóstica o atea, que creyó en el principio “a más ciencia, menos religión”. Pero la cosmovisión científica actual sugiere que el universo está atravesado en su interior por una racionalidad que debe remitir a una inteligencia personal.

A este respecto, Paul Davies ha escrito: “El éxito del método científico para descubrir los secretos de la naturaleza es tan sorprendente que puede impedirnos advertir el milagro mayor de todos: que la ciencia funciona. Incluso los científicos normalmente dan por supuesto que vivimos en un cosmos racional y ordenado, sujeto a leyes precisas que pueden ser descubiertas por el razonamiento humano. Sin embargo, por qué esto es así continúa siendo un atormentador misterio”.

En efecto, la actividad científica y la cosmovisión actual que es el fruto de sus grandes logros se apoyan sobre “un supuesto crucial: que el mundo es a la vez racional e inteligible. Toda la empresa científica está construida sobre la suposición de la racionalidad de la naturaleza”.

La racionalidad de la naturaleza se encuentra estrechamente relacionada con el concepto de información. En este contexto, puede hablarse de la información como racionalidad materializada. Por ejemplo, la información genética consiste en un complejo programa de instrucciones que se despliega de acuerdo con las diferentes circunstancias y exigencias del viviente desde su generación; esa información se encuentra almacenada en unas estructuras químicas, en un soporte material, como codificada, y se descodifica, se despliega, se integra, a través de los múltiples procesos e interacciones naturales.

Algo análogo cabe decir de las diferentes organizaciones naturales, desde los niveles ínfimos hasta los más complejos. Un átomo posee una información almacenada en su estructura, se comporta de acuerdo con ella, e interacciona con otros sistemas de tal modo que se integran las respectivas informaciones. Obviamente, la información que existe en la naturaleza hace posible la existencia y el progreso de las ciencias, que representan un intento de conocer cada vez mejor las pautas naturales.

Además, la cosmovisión actual es evolutiva. Nos sitúa ante una naturaleza que se ha ido formando a través de un largo proceso evolutivo en el que han ido surgiendo nuevas pautas. También en la actualidad siguen surgiendo nuevas pautas, tanto a través de la actividad natural como de la tecnológica. Por tanto, podemos decir que la naturaleza es creativa.

La inteligibilidad de la naturaleza se encuentra estrechamente relacionada con la existencia de orden, sin él la vida podría no haber surgido. No es difícil advertir que la ordenación espacio-temporal se extiende a todos los niveles de la naturaleza, pues todo está articulado en torno a pautas. Así se explica, precisamente, que podamos estudiar científicamente la naturaleza, para lo cual se requiere elaborar modelos teóricos que puedan ser sometidos a control experimental.

La creatividad de la naturaleza es asombrosa. A pesar del enorme progreso científico y tecnológico, todavía no sabemos cómo surgió la vida sobre la tierra, ni cómo surgieron los planes principales de la organización de los vivientes.

En cualquier caso, no hay dificultad en combinar la omnisciencia y la omnipotencia divinas con la existencia de factores casuales en el acontecer natural. Christian de Duve, que recibió el premio Nobel por sus investigaciones en el ámbito de la biología, afirma, de modo gráfico, que Dios puede jugar a los dados con la seguridad de vencer. La idea básica es que juega con unos dados trucados, o sea, con una materia en la que Él mismo ha puesto unas virtualidades cuyo desarrollo acabará conduciendo a la vida consciente.

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