La persecución de la libertad en la Revolución francesa

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Aunque en un principio la Revolución francesa no tuvo una actitud hostil frente a la Iglesia, a persecución se  produjo enseguida. El 5 de mayo de 1789, se reunieron los Estados Generales. En el momento en que tuvo lugar la toma de la Bastilla el 14 de julio de 1789, comenzaron los asaltos a iglesias y monasterios. Había empezado la persecución de la Iglesia a la que muchos, después de años de anticlericalismo y racionalismo, veían unida al orden constituido.

En la noche del 4 al 5 de agosto, los sacerdotes y obispos presentes en la Asamblea Nacional renunciaron a sus privilegios a favor del pueblo. Esa noche se cantó un Te Deum en agradecimiento a Dios por la eliminación de las clases sociales. Poco después, el 27 de agosto, se proclamaron los derechos de los ciudadanos bajo el lema de libertad, igualdad y fraternidad. El artículo 10, proclamaba la libertad de conciencia y de culto.

Poco después la Asamblea se fue radicalizando y, a propuesta del obispo Tayllerand, para cubrir las necesidades económicas de la Nación, se expropiaron los bienes eclesiásticos. La división en la Asamblea fue notoria. El 13 de febrero de 1790, fueron suprimidas las órdenes y congregaciones religiosas excepto las dedicadas a la caridad, y por tanto fueron expropiadas y vendidos sus bienes.

El 12 de julio de 1790, se aprobó la llamada Constitución Civil del clero, con la que la Iglesia Católica quedaba separada de Roma e incorporada al servicio del Estado francés. Pocos meses después, los sacerdotes y religiosos existentes debían jurar la Constitución bajo pena de muerte. Se desencadenó una violenta persecución que produjo muchos mártires, deportaciones y encarcelaciones. Se calcula que afectó a más de 40.000 sacerdotes.

Desde entonces la persecución fue constante, selectiva e insidiosa. En primer lugar se dirigió a separar a los fieles de sus sacerdotes, especialmente en las zonas rurales, donde la referencia sacramental, era clara y constante a lo largo de toda la vida. De ese modo, sin sacramentos, quedaban los cristianos desorientados.

En segundo lugar al secularizar los bienes del clero desaparecieron muchos lugares de culto, por tanto quedaban los fieles sin lugar donde escuchar la Santa Misa, confesarse, acudir a rezar ante el sagrario o ante los santos a los que tenían devoción.

Inmediatamente, se produjo la desorientación del pueblo ante los sacerdotes que habían jurado la Constitución Civil del Clero. Lógicamente, dudaban al asistir a la Misa celebrada por un juramentado o recibir la bendición de su matrimonio.

La supresión de las órdenes religiosas inmediatamente dejaron sin asistencia espiritual en la iglesias llevadas por ellos, abadías, monasterios en las que ejercían la cura pastoral. Además al suprimir las órdenes dedicadas a la enseñanza, privaban no sólo de educación católica, sino sencillamente de educación, a muchos jóvenes franceses.

Por otra parte, se redujo la red parroquial entre 1791 y 1792, hasta cuatro mil, por lo que para muchos franceses, especialmente en las zonas rurales, quedaron sin las habituales referencias diarias, pues las campanas, como en tantos lugares, marcaban el ritmo de la vida diaria.

Finalmente, la persecución de los sacerdotes llamados refractarios, es decir los que mantenían su fe y su unión al Papa, les implicaba a ellos y a quienes les escondían, dividiendo así a los propios ciudadanos.

Desde 1792 hasta 1795, comenzó la fase llamada “gobierno del terror” donde la propia revolución acabó engullendo a sus protagonistas. Tras el ajusticiamiento del rey y la reina, parte de la nobleza y del clero, también fueron guillotinados los propios revolucionarios, en medio de un gran caos.

En 1793, se suprimió el cristianismo en Francia y se entronizó a la diosa razón, se cambió el calendario, los días de la semana, se destruyeron los templos y las imágenes, para hacer desaparecer toda orientación cristiana de la vida del pueblo. En 1794, Robespierre logró eliminar a los jacobinos, e hizo que la Convención restableciera el culto a un ser supremo y aprobara la inmortalidad del alma, pero él también fue guillotinado poco después.

El Directorio que gobernó la nación de 1795 a 1799, permitió durante un breve espacio de tiempo de nuevo la religión católica. Pero el 21 de febrero de 1795, decretó por ley la separación de la Iglesia y del Estado, y comenzó de nuevo la persecución del clero.

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