La perspectiva de género no fomenta la igualdad sino la confrontación

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La primera revolución sexual tenía por objetivo la liberación sexual; es decir, la eliminación de todas las represiones que, según los partidarios de la revolución sexual, la sociedad había impuesto a través de normas morales y de prohibiciones a la práctica de la sexualidad, para llegar a conseguir la generalización del amor libre. La sexualidad era básicamente una relación biológica, psíquica y somática, pero una relación natural.

La que llamamos segunda revolución sexual parte de la idea matriz, en virtud de la cual, la sexualidad, la relación sexual, expresa una idea de poder, una relación política. La primera revolución transformó la política en sexo; esta segunda ha transformado el sexo en política, convirtiéndola en política sexual. 

Según Foucault, al poder le interesa que haya deseo exacerbado y haya delitos, para seguir manteniéndose en el chollo; todo esto es lo que llama “la astucia del poder”.

Según Simone de Beauvoir, la mujer no nace, se hace. En ello estaba implícita la diferenciación entre el sexo, como dato biológico, y el “ser mujer”, la función social asignada por la cultura a las funciones propias de cada sexo, que posteriormente se daría en llamar género.

La novedad es que el amor, aunque sea en su versión hedonista de “hacer el amor”, ya no es una relación de naturaleza pulsional, libidinosa, gozosa o espiritual, sino un espacio político en el que se manifiesta una relación de poder.

Dicho de otra forma: la sexualidad es un producto que el poder dominante en cada época histórica utiliza para controlar la sociedad de su tiempo. Para ello, el poder elabora tecnologías del sexo, que son las técnicas de control que desarrolla para asegurar su mantenimiento.

La argentina Esther Díaz lo expresa bien: “Las verdades no valen por sí mismas, necesitan un poder que las sostenga. El poder de la verdad no es una metáfora. Únicamente se aceptan como verdaderas las proposiciones que obtienen poder de las prácticas sociales”

Las consecuencias derivadas de la idea de que el sexo es un invento artificial, de la cultura o de la política, pueden ser infinitas. En general, lo que de manera inadvertida se ha impuesto es el empleo de la palabra género por sexo, lo cual no es inocente, porque constituye el propósito intencionado de la llamada ideología de género.

El concepto de género se entiende como “rol”, o conjunto de funciones que la sociedad asigna a cada uno de los géneros.  “El vocablo género no tiene un significado biológico, sino psicológico y cultural. Los términos que mejor corresponden al sexo son macho y hembra, mientras que los que mejor califican al género son masculino y femenino, y estos pueden llegar a ser independientes del sexo biológico”.

Según el feminismo radical,  “Lo que llamamos conducta sexual es el fruto de un aprendizaje que comienza con la temprana socialización del individuo y queda reforzado por las experiencias del adulto”.

Pero pronto se utilizó un término equívoco de género, como producto exclusivo de la cultura, que ha supuesto una auténtica revolución cultural. La ideología feminista radical ha transformado la palabra género en razón de sus intereses estratégicos convirtiéndolo en un concepto valorativo que sirve para desnaturalizar el sexo y convertir el género en el significante, en instrumento o “dispositivo” político de dominación.

A partir de aquí,  existe una radical escisión entre sexo y género, y entre naturaleza y cultura. Esta es la acepción de género que ha implantado la ideología de género, en la que podemos englobar todas las tendencias feministas derivadas del feminismo radical de la igualdad,  que tuvieron un éxito definitivo al conseguir que la Conferencia de las Naciones Unidas sobre la Mujer celebrada en 1995 en Pekín adoptara una resolución en la que se consagró la llamada perspectiva de género. Desde entonces existe una gran confusión respecto de la utilización del término género, y de lo que significa perspectiva de género. En principio, nada tienen que ver la utilización del género por la ideología de género y el uso dado por la ONU o las instituciones europeas.

Pero en las leyes contra la violencia de género que se han ido elaborando estos años en España como respuesta  a la evidente violencia contra la mujer, aparece  la perspectiva nueva del feminismo de sexo-clase, que se basa en la traslación de la lucha de clases marxista a la lucha entre sexos. 

Aunque se denominan acciones legales contra la violencia de género, también  se habla, con frecuencia, de violencia machista; se vuelve a  utilizar la idea de sexo para criminalizar legalmente a uno de ellos, al masculino, (al hombre por el simple hecho de serlo). 

Está probado que existe una clara violencia contra las mujeres, pero la aplicación de estas leyes no sólo no ha evitado, o disminuido esas agresiones y muertes sino que éstas han aumentado con los años. Y una de las razones es demasiado evidente. Al establecerse una confrontación generalizada entre los sexos en la relación de pareja,  la culpabilidad se carga siempre sobre el hombre, sobre cualquier hombre. Como efecto colateral esto está produciendo  un porcentaje elevado de denuncias falsas que pueden estar dinamitando bastantes relaciones familiares, enconando los ánimos y quizá provocando más violencia.

Urge por tanto repensar serenamente las causas  y situaciones que están fomentando esa  violencia contra la mujer, para que nuestros políticos elaboren y apliquen normas legales que atajen de verdad la raíz del problema. Esto sólo puede hacerse dejando a un lado la ideología y el electoralismo y buscando medidas que fomenten sincera y lealmente la paz familiar. 

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