La política moderna

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Si saltamos de la Grecia clásica al mundo occidental del siglo XXI, comprobamos que nuestra concepción de la política está determinada por nuestra herencia grecolatina. Comte-Sponville nos explica que la política es la vida común y conflictiva, bajo el dominio del Estado y por su control: es el arte de tomar el poder, de conservarlo y utilizarlo. Pero es también el arte de compartirlo; porque, en verdad, no hay otra forma de tomarlo. También nos dice que, si reinara la ética, no necesitaríamos policía, ni leyes, ni tribunales, ni ejército.

Pero el triunfo de la ética es una utopía, y por eso es necesaria la política. Si la ética me dice que debo ser justo, la política va más allá y me sanciona si no lo soy. La política no es el reino de la moral ni del amor, sino el ámbito de los conflictos de intereses que han de ser resueltos de forma pacífica. Si la obligación ética pretende validez universal, toda política se ciñe a lo particular. La ética nos dice que hay que evitar el desempleo, pero no nos proporciona una estrategia técnica para combatirlo. Deseamos que israelíes y palestinos dispongan en paz de una patria segura y reconocida, pero la conquista de ese derecho justo ha de pasar necesariamente por la negociación política. Social por naturaleza, el ser humano solo puede vivir y desarrollarse conviviendo con sus semejantes. Pero también es egoísta. Su «insociable sociabilidad», como dice Kant, hace que no pueda prescindir de los demás ni renunciar enteramente a sus propios deseos. Por esta razón necesitamos la política.

La política es la gestión pacífica de los conflictos, de las alianzas y de las relaciones de fuerza. Es, por tanto, el arte de vivir juntos en una misma ciudad y en un mismo Estado, con gentes que uno no ha elegido, y que en muchos casos son nuestros rivales, tanto o más que nuestros aliados. Esto supone compromisos, acuerdos para zanjar los desacuerdos, enfrentamientos regulados por leyes, una lucha por el poder y, sobre todo, la aceptación de una autoridad común. De otra forma solo habría violencia, que es precisamente lo que la política trata de impedir. La política es la única paz posible, y esto dice todo sobre su grandeza. Sin un poder legítimo no hay política, sino violencia del más fuerte. Queremos un poder que garantice la convivencia pacífica, y para eso le obedecemos libremente. En realidad, hacemos política para ser libres, para proteger nuestras libertades fundamentales. ¿Quién querría vivir completamente solo? ¿Quién desearía vivir en una guerra permanente de todos contra todos? La vida de los hombres sería en estos casos, como dice Hobbes, «solitaria, menesterosa, penosa, casi animal y breve».

Por eso es mejor una autoridad común, una ley común y un Estado: es mejor la política. Nos equivocaríamos si viéramos la política como una actividad secundaria y despreciable, pues la verdad es lo contrario: ocuparse de la vida común, de los destinos de una comunidad humana, es una tarea esencial de la que nadie, en mayor o menor grado, debe desentenderse. No participar en la política, cada uno en la medida de sus posibilidades, es un error y una irresponsabilidad. Es imposible la participación directa de una mayoría de ciudadanos, pero es perfectamente posible la participación indirecta y efectiva que se consigue colaborando en instituciones económicas, artísticas, culturales, deportivas, benéficas, asistenciales… De esa forma se favorece lo que debe ser toda sociedad: un ámbito pacífico de colaboración común; un conjunto de personas que, lejos de ser títeres del Estado, son capaces de organizarse con inteligencia y libertad. Solo esa libre asociación, esa creación de instituciones intermedias entre el individuo y el Estado, protege a los particulares al hacer imposible la omnipotencia del Estado.

Las personas, al unirse entre sí y dar lugar a la sociedad, no son simples súbditos o sujetos pasivos de los poderes estatales. Tienen, por el contrario, un papel activo que se concreta en forma de derechos políticos y deberes cívicos. Precisamente la libre asociación y creación de instituciones es un derecho y un deber ciudadano, una protección frente al peligro de un poder burocrático, impersonal y arbitrario. En este sentido, los medios de comunicación juegan un relevante papel político cuando defienden un espacio público libre para el debate. Al permitir la expresión de la opinión pública, ejercen un eficaz y deseable control de la autoridad.

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