La Sagrada Familia, un monumento a la fe

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El domingo 7 de noviembre Benedicto XVI visitó Barcelona para oficiar la ceremonia de dedicación de la Sagrada Familia, un acto que convirtió en “basílica” una de las joyas de la arquitectura religiosa y un símbolo inequívoco de las raíces de la cultura europea.

Fuente  Álvaro Lucas – Aceprensa

Cada año visitan la Sagrada Familia casi tres millones de personas y la mayoría queda embelesada por la capacidad expresiva de la iglesia aún inacabada, diseñada y construida por Antonio Gaudí.

“Catequesis de piedra”

El papel de la belleza artística como medio de expresión de la fe convierte la Sagrada Familia en un símbolo de las raíces espirituales de la sociedad catalana y española a pesar de la extensión de la secularización y el intento de confinar las prácticas religiosas al ámbito privado. El templo es una “gran catequesis de piedra” o “una gran cartografía de lo sagrado” –términos utilizados por el cardenal arzobispo de Barcelona, Lluís Martínez Sistach–, que se alza en medio de la calle, de lo cotidiano, sin complejos y con los brazos abiertos en un gesto de acogida al hombre en su búsqueda del sentido de la vida a través de la expresión artística.

Gaudí imaginó una iglesia de cruz latina sobre la cripta inicial en la que el altar mayor está rodeado por siete capillas absidales, dedicadas a los siete dolores y a los siete gozos de San José. Las torres de la Sagrada Familia serán 18 al final de su construcción. Encima de cada puerta hay cuatro que forman en total las doce dedicadas a los Apóstoles. En el centro está la torre cimborrio dedicada a Jesucristo, con 167 metros de altura y detrás la torre dedicada a la Virgen. Alrededor de la torre central están las de los cuatro Evangelistas.

El propio Martínez Sistach recuerda en su mensaje de preparación de la visita de Benedicto XVI que “una de las innovaciones geniales de Gaudí consistió en sacar el contenido de los retablos interiores, pasándolo al exterior, a las fachadas. Por eso cada una de ellas ofrece al visitante o al fiel la contemplación de los misterios de la infancia, pasión y resurrección del Señor, su mensaje de vida en las bienaventuranzas y los sacramentos, la profesión de fe, la creación y la glorificación de la humanidad, puerta principal del templo”. Parece como si el arquitecto intuyera el papel clave que podría desempeñar su obra en el futuro, cuando muchas personas, sin entrar en la iglesia, la recorrieran con su mirada desde fuera.

Antoni Gaudí, un cristiano ejemplar

En la construcción de una obra de la magnitud de la Sagrada Familia se puede afirmar que la fe del artista ha desempeñado un papel crucial. “Se dice que Gaudí construía el templo más bello del mundo. Pero en realidad es al revés: la Iglesia le construía a él. La belleza más grande no es la del templo, es la del espíritu”, escribe Etsuro Sotoo, japonés converso escultor de la Sagrada Familia de Gaudí.

Si bien eclipsada por las dimensiones de su obra, la figura de Antoni Gaudí se alza en cambio como un modelo de entrega en cuerpo y alma a una obra cuyo motor es la propia fe del artista. En sus comienzos, recuerda Josep María Tarragona, uno de sus biógrafos, tuvo incluso que pasar multitud de penalidades económicas y soportar las burlas del establishment catalán de la época que veía con recelos tan revolucionario proyecto.

Gaudí fue por tanto un cristiano ejemplar comprometido con la cultura y la sociedad de su tiempo. Por sus virtudes heroicas se inició su proceso de beatificación que culminó su etapa diocesana y actualmente sigue su curso en la Congregación para las Causas de los santos.

Los trabajos de la Sagrada Familia comenzaron en 1882 sobre un diseño neogótico del arquitecto Francisco de Paula. Gaudí se incorporó a la obra un año después pero se planteó el proyecto desde el principio y a partir de 1915 se dedicará exclusivamente a la Sagrada Familia hasta su muerte en 1926. Su genio y creatividad se materializaron a lo largo del tiempo en formas originales nunca utilizadas anteriormente y enfrentadas a un racionalismo imperante que reivindicaba lo simple. “En su aparente complejidad, Gaudí es mucho más sencillo –explica en la revista Nuestro Tiempo el presidente de la asociación Amigos de Gaudí, Juan Bassegoda–. Las formas geométricas que emplea no tienen de complicado más que el nombre. Un paraboloide hiperbólico es algo más simple y natural que un cubo. El único secreto de la arquitectura gaudiniana es el de ser hija de una detenida e inteligente observación de la naturaleza”. 
           
Vocación universal

La Sagrada Familia ha sido denominada como la catedral de Europa, acepción que entronca con el carácter universal que el propio Gaudí quería imprimir a un templo en el que mediante un bosque de palmeras de piedra están representadas todas las diócesis del mundo. “Gaudí pensó en un templo de verdad católico y universal, por ello simbolizó en él los cinco continentes del mundo y tiene sentido que sea el Papa quien presida su dedicación”, señala Sistach.

Su inspiración expiatoria también se integra en ese carácter universal porque el proyecto no ha recibido ninguna aportación oficial y los gastos del mismo han sido sufragados con las colectas, donaciones, y el dinero correspondiente al coste de las entradas. Se ha avanzado conforme se tenían recursos para hacer los trabajos, una de las principales razones por las que la construcción se ha dilatado en el tiempo, aunque los expertos implicados actualmente en el proyecto adelantan que la fecha prevista para su finalización gira en torno al año 2015.

Los retos de la Iglesia en Cataluña

El viaje de Benedicto XVI ha supuesto, sin duda, un impulso a la misión apostólica de la Iglesia en Cataluña, precisamente una de las regiones en las que la práctica religiosa ha disminuido en mayor medida en los últimos años en España. Este declive, representado en gran medida por el reducido número de jóvenes que se declaran católicos (un 3% en 2007), según Josep Miró y Ardèvol, responsable del Instituto de Estudios del Capital Social (INCAS) de la Universidad Abat Oliba CEU, no se debe tanto a la secularización sino a un proceso de desvinculación del que son víctimas las nuevas generaciones pero que afecta también a toda la sociedad catalana.

Esta desvinculación social no solo afecta a la Iglesia en Cataluña. Según la última encuesta del CEU sobre capital social, solo el 1% de la población adulta es miembro activo de un sindicato, y sólo el 8% está afiliado. El 90% de los trabajadores pasa de ellos. Algo parecido sucede con los partidos políticos; el 1,5% está afiliado y participa, y un escaso 3,5% se declara miembro. El conjunto de asociados a todas las organizaciones de ayuda humanitaria y ONG, alcanzan el 9% de la población. La idea de una sociedad catalana pletórica de vida asociativa es irreal.

“A pesar de ello –según el propio Miró i Ardèvol–, la Iglesia católica en Cataluña presenta socialmente mucho más que la adscripción personal a una fe. Más de un millón de personas se declaran practicantes con el compromiso que eso supone de asistir a Misa y recibir los Sacramentos. Además, Caritas recolectó casi 30 millones de euros solo en Cataluña en 2008 por encima de Madrid (24 millones) y Andalucía (22 millones)”.

2 Responses to La Sagrada Familia, un monumento a la fe

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